viernes, enero 14

LA LOCA CARRERA

LA LOCA CARRERA

Había una vez un grupo de hombres buenos y sinceros, leales y honestos, no se cuidaban de nada más salvo en buscar lo más ideal en cada ser humano, tratando de ofrecerlo así a toda la humanidad.

Se unieron con ese fin y se esforzaron, crearon un sistema propio para gobernarse y situaron sus nobles objetivos bien altos, incluso por encima de sus propias capacidades.

Para ello se prepararon lo mejor posible y tensionaron su espíritu hasta el punto de tomar como modelo el de los viejos guerreros.

En su esfuerzo por llegar a la meta imaginada, dejaron atrás a muchos, por débiles, por inadecuados, por desviados. Quedaron así cada vez más aislados, continuando su carrera y pasando la antorcha desde los caídos a los que continuaron.

Cuando ya se acercaban al final de su alocada carrera monta√Īa arriba, descubrieron entonces que s√≥lo eran unos pocos, y al volver la vista atr√°s encontraron el camino lleno de cad√°veres y heridos a un lado y otro.

Alguien entre los pocos pregunt√≥ al l√≠der por los muchos dejados atr√°s ¿No eran acaso esos tristes ca√≠dos los m√°s cercanos entre los hombres? ¿No podr√≠an acaso ayudar tambi√©n a transmitir aunque s√≥lo fuese un poco del fuego al resto de la humanidad?

El líder quedó pensativo. Entonces a su memoria vino una vieja historia, la del viejo monje y su nuevo discípulo:

"Todos los d√≠as imperturbable el viejo monje ataviado con su t√ļnica azafr√°n y una simple escudilla, tras bajar del monasterio a los pueblos de alrededor, alargaba su mano con el cuenco para recibir las limosnas que de buena voluntad quisieran darle. Nunca, en su orgullo asc√©tico, pidi√≥ algo. 

Despu√©s, cansado, lentamente retornaba al monasterio sumido en sus profundas meditaciones. A veces hab√≠a conseguido liberarse por unos momentos de su pesada carga humana, de sus andrajosa carne y huesos, para vislumbrar en un arrebato de luz a s√≠ mismo santificado. Pero de nuevo, una y otra vez, volv√≠a a su a√Īoso cuerpo, a su rictus amargo, a sus dedos huesudos y a su espalda cargada de a√Īos sin haberlo conseguido.

En el monasterio era famoso por su sequedad, por su distanciamiento y su austeridad que ahuyentaba hasta los perros famélicos que rondaban el monasterio en busca de un pedazo de pan, un poco de arroz o simplemente una caricia.

La estéril rutina se interrumpió un día, cuando el abad del templo, no se sabe si por compasión, le asignó en su ronda diaria un joven novicio, un tanto torpe, pero de ojos limpios.

A la ma√Īana siguiente, en un d√≠a soleado y caluroso, como los dem√°s d√≠as anteriores, el viejo monje tomando su bast√≥n, y no sin un cierto fastidio, se hizo seguir con una se√Īal por el joven novicio.

Caminaron por los pueblos del alrededor, pero a nadie dirigi√≥ la palabra, ni nadie les ofreci√≥ refugio ni comida. Imperturbable el viejo monje mir√≥ indiferente la cara de sufrimiento del novicio, y sigui√≥ su camino, quiz√°s a√Īadiendo unas horas m√°s de lo acostumbrado. 

Al final del d√≠a, retornaron al monasterio. Comenzaron la larga ascensi√≥n por el camino tortuoso. El joven sudaba y se pasaba la lengua por los labios resecos, mientras que el viejo monje caminaba con la boca cerrada y abstra√≠do en s√≠ mismo. 

Pasaron junto a las aguas frescas y cantarinas de la fuente en medio del camino. El novicio vio como el viejo asceta continu√≥ ascendiendo sin prestar la menor atenci√≥n a la fuente. √Čste, de reojo, observ√≥ el sufrimiento del joven, pero decidido a darle una lecci√≥n, aceler√≥ el paso de regreso.

Y así se repitió día a día la misma historia, y una y otra vez, la vida seguía sin cambiar, la sequedad del alma del monje cada vez era mayor y su esperanza de alcanzar el ansiado samadhi más lejos todavía.

Uno de esos d√≠as, el m√°s agotador de todos, el m√°s largo y cansador, al volver lentamente al monasterio, ascendiendo por el sendero recorrido miles de veces por el viejo monje, se fij√≥ por primera vez en todo aquel tiempo en los ojos del joven, por primera vez se dio cuenta de que hab√≠a un ser humano doliente cerca de √©l. Eso le hizo pensar, y sentir que el dolor no s√≥lo era suyo, mir√≥ al joven y apretando los labios tom√≥ una determinaci√≥n. Cuando llegaron a la altura de la fuente, el joven cabizbajo intent√≥ evitar siquiera mirar a las frescas aguas. Pero sorprendido vio como el viejo monje hizo un alto en su camino, despacio cogi√≥ su escudilla y la llen√≥ de agua fresca, bebiendo de la misma y rompiendo as√≠ sus preciados votos.  Luego hizo un gesto al novicio invit√°ndole a calmar su sed.

El joven alegre y sonriente se acerc√≥ tambi√©n a refrescar sus labios y su garganta seca. Entonces el viejo monje contempl√≥ algo maravilloso, el novicio comenz√≥ a brillar con un √°ureo fuego, sus ojos brillando a√ļn m√°s, sus labios se abrieron en una sonrisa que abarcaba el universo entero, y m√ļsicas celestiales se escucharon en derredor. 

Era Shiva, el dios de los ascetas en persona, quien bendiciendo al viejo monje le dijo: "No hay mayor austeridad que amar y ayudar a quien lo necesite".

El l√≠der tras recordar la vieja historia, dio orden de parar la carrera, porque al fin y al cabo la humanidad no estaba en aquella monta√Īa, sino all√≠ en medio de todos los ca√≠dos y heridos. Dieron media vuelta y ayudaron a levantarse a los d√©biles, y dieron vida de nuevo a los muchos cad√°veres, construyendo as√≠ el mundo que so√Īaban, all√≠ mismo entre los que sufren.

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