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MEDICINA PARA UNA VIDA PLENA

lunes, septiembre 21

La Medicina en los Diálogos Platónicos

 

LA MEDICINA EN LOS DIÁLOGOS PLATÓNICOS

Una y otra vez, persistentemente, los medios de comunicación hablan de la aparición de nuevas enfermedades, nuevas epidemias cuyas causas desconocemos y de las que nos preguntamos por qué han aparecido precisamente ahora. Los investigadores se afanan en encontrar sus causas y aplicar remedios más o menos adecuados, mientras que, en algún lugar del mundo, se gestan otras amenazas.

La salud y la enfermedad no solo dependen del individuo que las padece, sino también de múltiples causas relacionadas con las variaciones energéticas de la Tierra, las influencias cósmicas y, sobre todo, con la mayor o menor salud de los sistemas sociales y culturales en los que vivimos insertos. La Medicina se ha convertido, en muchos casos, en una especie de «basurero» que recoge los despojos triturados producidos por una sociedad enferma.

Aunque los sistemas educativos modernos tratan de incluir enseñanzas acerca de la salud y de cómo prevenir la enfermedad, esta formación se centra en la «calidad» o composición de lo que comemos, o en la forma de higienizar nuestras costumbres. Pero en ningún caso educan al individuo para reconocer su propia constitución especial, ni aconsejan acerca de formas de vida adecuadas a las características de cada persona, ni tampoco forman su carácter moral para saber enfrentarse a la enfermedad.

Siempre hay que culpar a los otros, a Dios o al gobierno de lo que nos ocurre; siempre hay que buscar a alguien que pague por nuestros propios errores de conducta. Como consecuencia, cada vez se dan más casos de denuncias contra los sistemas sanitarios públicos o contra los profesionales de la Medicina.

No obstante, la verdad es mucho más simple, tal como Platón nos enseña:

«Tratar enfermedades, excepto las producidas por epidemias y heridas, es algo vergonzoso porque es el resultado de llenar el cuerpo de líquidos y alimentos como si de una ciénaga se tratase. Así que nuevas enfermedades aparecen y se multiplican, y los médicos tienen que inventar nuevos nombres para ellas».

Platón, amante de la Medicina, a la que muchas veces compara en su acción con la tarea de gobernar un Estado, sin embargo, no era médico, y quizá a eso se debía su franqueza al hablar de la Medicina y de los médicos, tal como pensaba, sin ningún tipo de restricción.

Así, en La República, Platón explica que, aunque los discípulos de Asclepio conocían todo el arte médico, en los tiempos antiguos no aplicaban la medicina valetudinaria u hospitalaria por considerarla algo impropio.

Luego, con el correr del tiempo y el cambio de las costumbres, aparecieron personas ricas y desocupadas que «dedicaron su vida a estar enfermos», a curar su enfermedad. Así se cita el caso de un tal Heródico, quien llegó a una edad muy avanzada a fuerza de estar curando siempre sus males, llevando un régimen de vida y dietético muy preciso que no podía abandonar en ningún momento y que no le permitía dedicarse a otra cosa.

Y no es que los hijos de Asclepio desconocieran cómo tratar este tipo de «muerte larga», sino que, en otros tiempos, en un Estado bien organizado, según los conceptos antiguos, cada uno tenía una ocupación que atender. No tenían tiempo para estar enfermos y, si un doctor les aconsejaba tal o cual régimen, su contestación era que no podían dedicarse a seguirlo; así que volvían a su ocupación y bien curaban o morían, resolviéndose en ambos casos el problema.

Platón consideraba al médico como un hombre de Estado, que no aplica sus curas salvo a aquellos que tienen una ocupación y son de provecho para los demás, y que no provee medicinas ni remedios para aquellas personas que se deleitan en los vicios del cuerpo y malgastan su tiempo en los cuidados del mismo, sin dedicarlo a otras cosas más útiles.

Los Diálogos platónicos abundan en referencias acerca de la Medicina. A continuación veremos algunas de ellas.

CÁRMIDES

En este diálogo, Platón nos recuerda la importancia de una cura global, que tenga en cuenta el alma y el cuerpo.

Sócrates menciona que aprendió de los médicos de Tracia, famosos por su ciencia médica y capaces, según algunos, de conceder incluso la inmortalidad, ciertos encantamientos que ayudaban a serenar el alma y facilitar la curación. Estos médicos tracios le dijeron que:

«No debes intentar curar los ojos sin curar la cabeza, o la cabeza sin tener en cuenta el cuerpo, y de la misma manera no debes intentar curar el cuerpo sin tener en cuenta el alma; porque esta es la razón por la que la cura de muchas enfermedades es desconocida por los médicos de la Hélade, porque son ignorantes de la totalidad, la cual también debe ser estudiada; pues la parte nunca puede estar sana a menos que la totalidad esté sana... El mayor error de nuestros días en el tratamiento del cuerpo humano consiste en que los médicos separan el alma del cuerpo». (Cármides, 156e–157c)

Así, Sócrates aprendió de ellos a utilizar ciertas palabras que introducían moderación en el alma, y cuando hay moderación, la salud puede ser impartida rápidamente.

CRÁTILO Y SOFISTA

En estos dos diálogos, Platón apunta la idea de que la pureza es un elemento necesario en la cura: la eliminación de toda aquella suciedad que impide la salud, tanto física como moral.

Así, en el Crátilo se habla de Apolo como dios que creó el arte médico y la música, y que por ello se le denomina Dios de la Armonía. Su nombre se equipara al de «Apoluon», el purificador, y por eso sus seguidores, los médicos, practican antes que nada las purificaciones y purgaciones, las fumigaciones con drogas mágicas o medicinales, así como los lavados y aspersiones lustrales, teniendo todo esto como objeto purificar al hombre tanto en su cuerpo como en su alma.

Platón hace una distinción entre las purificaciones internas realizadas por los médicos y las externas, practicadas por masajistas, cosmética, etc., y también entre las purificaciones reales y aquellas que solo se basan en purificar de elementos inanimados el cuerpo. Esto nos recuerda la moderna manía de los cleansing, a los que son tan aficionados algunos movimientos vegetarianos minoritarios y de tipo New Age:

«Existen purificaciones de los cuerpos vivientes tanto en sus partes internas como en sus partes externas, de las cuales las primeras son debidamente efectuadas por medio de la medicina y la gimnasia, y las segundas por el no muy digno arte de los masajistas y bañistas; existe también la purificación de las sustancias inanimadas; para ello están las técnicas de rellenar y restaurar en general, que se entretienen en tal serie de detalles minuciosos y tienen tal variedad de nombres que llegan a ser consideradas incluso ridículas».

TIMEO

En el Timeo, Platón nos enseña la importancia de la constitución general de la persona y el valor del movimiento —gimnasia, música o las artes derivadas de las Musas— para mantener la salud.

Platón explica que todo lo bueno es bello y no carece de proporción y, por consiguiente, el animal que es bello es aquel que posee la debida proporción.

Hay dos clases de proporciones o simetrías: aquellas menores que consideramos al analizar los cuerpos y aquellas mayores, no visibles, que son las que existen entre el alma y el cuerpo. Esta última es la que tiene más importancia en la producción de vicio o virtud, o de salud y enfermedad.

Así, cuando un armazón pequeño o débil es el vehículo de un alma poderosa, o viceversa, cuando un alma pequeña ocupa un cuerpo grande, entonces dicho animal no es bello, porque carece de la más importante de las simetrías, al menos para aquellos que tienen ojos para ver.

«Cuando en este compuesto (cuerpo y alma) hay un alma apasionada más poderosa que el cuerpo, el alma, digo, convulsiona y llena con desórdenes la totalidad de la naturaleza del hombre; y cuando está llena de ímpetu persiguiendo alguna clase de aprendizaje o estudio, la debilita; o también, al enseñar o discutir, en privado o en público, cuando surgen disputas o controversias, inflama y disuelve la estructura compuesta del hombre e introduce reumas1; la mayoría de los profesores de medicina no entienden la naturaleza de este fenómeno, quienes lo adscriben a cosas opuestas a la verdadera causa. Una vez más, cuando un cuerpo es grande y muy fuerte, unido a un alma pequeña y una inteligencia débil, entonces, dado que existen dos tipos de deseos naturales en el hombre —uno por la comida para el cuerpo y el otro de sabiduría para la parte más divina en nosotros—, entonces, digo, que los movimientos del más fuerte, al conseguir lo mejor e incrementar su propio poder, haciendo que el alma esté más embotada, estúpida y olvidadiza, engendra ignorancia, que es la mayor de las enfermedades...».

La solución que Platón propone es que el cuerpo no debe moverse sin participación del alma, ni esta sin el cuerpo. Así, una persona dedicada intensamente, por ejemplo, a las matemáticas u otra tarea intelectual, tiene que dedicar tiempo a la gimnasia. Y aquel que dedica atención a su cuerpo debe también dedicar atención a la música y a la filosofía.

A imitación de la Madre Naturaleza, el cuerpo debe estar en suave y continuo movimiento, que es la mejor defensa para cualquier movimiento externo. Por ejemplo, una persona que practicase regularmente tai chi, deporte, etc., podría adaptarse más fácilmente a los cambios climáticos.

Hay tres clases de movimientos:

  • El movimiento producido por uno mismo, que es mejor que el movimiento procedente del exterior porque está de acuerdo con nuestro cuerpo y pensamiento: la Gimnasia.

  • El movimiento hecho surgir por medio de actividades suaves que no fatiguen, como el navegar.

  • El movimiento producido por purgaciones y otras medicinas, que es muy desaconsejable, excepto en casos de extrema necesidad y en enfermedades muy peligrosas, pues el cuerpo tiene un tiempo determinado de subsistencia y, si por medio de medicinas alargamos dicho periodo, creamos muchas más enfermedades y sufrimientos por causa de estas medicinas.

GORGIAS

En este diálogo, Platón completa las anteriores ideas, comparando las ciencias dedicadas al cuerpo y al alma, tanto del hombre como de la sociedad.

Así, siendo el alma y el cuerpo dos, requieren también dos artes. En la sociedad, a lo primero estaría dedicado el arte de la política y otra parte sería la legislación. En la Medicina, lo segundo se subdivide en dos: la gimnasia —equivalente a la legislación— y la medicina —la aplicación concreta de la justicia—.

De esta manera tenemos cuatro artes —legislación, justicia, gimnasia y medicina— que, debido a la adulación y la lisonja, han sido sustituidas por cuatro remedos o imitaciones.

De tal manera que la gastronomía, el arte de cocinar, una forma de adulación, toma el nombre de Medicina, y la fatiga física y el mero agotamiento, otra forma de adulación o lisonja, toma el nombre de Gimnasia.

Platón expresa las relaciones entre estos términos como si fuesen relaciones matemáticas:

Fatiga / gimnasia = gastronomía / medicina

Fatiga / gimnasia = sofística / legislación

Gastronomía / medicina = retórica / justicia

(Gorgias, 464b–466a)

Finalmente, afirma que, tal como la legislación es superior a la práctica de la ley o justicia, la gimnasia asimismo es superior a la medicina.

EL BANQUETE O SYMPOSIUM


En este diálogo, dedicado a Afrodita, no podía Platón dejar pasar la ocasión para expresar sus ideas acerca de la relación existente entre el Amor y la Medicina.

Define perfectamente la Medicina como dependiente del Amor y de la Armonía, y cómo la cura se efectúa por medio de la oposición armónica de los contrarios.

Dado que hay dos tipos de amor, representados por Afrodita Urania, o el amor celeste, y Afrodita Pandemos, o el amor vulgar del pueblo, según la mitología griega, también, de la misma manera, hay dos tipos de deseos en el cuerpo, que son diferentes: uno es el deseo de lo saludable y el otro, el deseo de lo morboso o enfermizo.

El médico tiene que animar y fomentar los deseos sanos. El arte de la Medicina consiste en el conocimiento de los deseos del cuerpo y en saber cómo satisfacerlos o no. El mejor médico es aquel que sabe reconocer el deseo saludable del deseo enfermizo, cómo convertir uno en el otro y también cómo reconciliar los elementos más hostiles dentro del cuerpo, armonizándolos. (Banquete, 186a–e)

En la Música se observa el mismo procedimiento: la reconciliación o armonía de los opuestos. La Música, como la Medicina, también se atiene al principio del Amor.

El curso de las estaciones presenta también esos dos tipos de amor o deseos —Afrodita Urania y Afrodita Pandemos—. Así, la humedad, la sequedad, lo caliente y lo frío alcanzan el amor armonioso del uno y del otro, mezclándose de forma temperada, a imitación de lo que ocurre en el hombre cuando los diversos elementos —frío, caliente, seco y húmedo— se acompasan y atemperan, armonizándose de acuerdo con las leyes del amor.

EL MÉDICO EN LAS LEYES, LA REPÚBLICA Y EL POLÍTICO

Platón define en La República al médico por sus fines:

«No médico, en tanto que es médico, considera su propio bien en lo que prescribe, sino el bien del paciente; pues el médico verdadero es también un soberano que tiene como su súbdito al cuerpo, y no es un mero hacedor de dinero...». (República, I, 342b–d)

En El Político complementa esta idea:

«Justamente como el médico, ya sea que nos cure contra nuestra voluntad o con nuestro consentimiento, y cualquiera que sea su modo de tratamiento —incisión, cauterio o infligiendo algún dolor—, ya sea que practique de acuerdo con un libro o no, ya sea rico o pobre, tanto si purga como si hace reducir de alguna manera o incluso engorda sus pacientes, es en todo caso un médico, en tanto en cuanto ejerza su autoridad sobre ellos de acuerdo con las reglas del arte, y solo si les hace bien, los cura y los salva. Y esto lo dejamos asentado como el único test apropiado para el arte de la medicina, o para cualquier otro arte o mandato». (El Político, 293a–c)


En cuanto a sus cualidades personales, Platón apunta lo siguiente:

«Los médicos más habilidosos son aquellos quienes, desde su juventud, han combinado con el conocimiento de su arte la mayor experiencia posible sobre la enfermedad; es mejor que no sean ellos mismos muy robustos en salud, y deben haber padecido toda clase de enfermedades en sus propias personas. Ya que el cuerpo, tal como yo entiendo, no es el instrumento con el cual ellos curan los cuerpos; en tal caso nunca les podríamos permitir estar o haber estado enfermos. Más bien ellos curan el cuerpo con la mente, y la mente que se ha vuelto enferma no puede curar nada».

En cuanto al comportamiento con los pacientes y los distintos tipos de médicos, Platón hace en Las Leyes una clara distinción entre los meros técnicos de la Medicina y los auténticos médicos.

Hay dos clases de médicos: aquellos que han aprendido de forma científica y aquellos otros que han aprendido solo por la experiencia. Como también hay dos clases de pacientes: los hombres libres y los esclavos.

El médico de esclavos los atiende sin escuchar sus quejas ni observar sus individualidades, prescribe un tratamiento estándar para todos y corre para ver al siguiente, actuando como un tirano en las prescripciones que les da.

Los médicos de hombres libres van más allá: buscan las razones lejanas del padecimiento y tratan de averiguar acerca de la auténtica naturaleza de la enfermedad; obtienen información de su familia y amigos y no los tratan hasta haberlos convencido de la necesidad del tratamiento, trayéndolos así bajo su persuasión. (Leyes, IV, 720c–e)

CONCLUSIÓN

En conclusión, los Diálogos de Platón abundan en referencias, ejemplos y citas relacionados con la Medicina y los médicos. Son una fuente de inspiración valiosísima, pues clarifican con simples trazos lo que la Medicina debe ser y la comparan con la justicia y la política en la sociedad.

Precisamente, los trabajos de Platón toman frecuentemente al buen médico como ejemplo del buen político.

No quisiera cerrar este pequeño artículo sin recordar una vez más el viejo lema, tan repetido pero tan poco comprendido:

Mens sana in corpore sano.

Jīvaka, el médico del Buda

 

Jīvaka, EL MÉDICO DEL BUDA

Si bien muchas de las figuras de los médicos sabios de la India permanecen en la semioscuridad de la Historia, en el caso que nos ocupa, el médico real Jīvaka, hay pocas dudas sobre su biografía.

No solo desarrolló su práctica al lado del rey Bimbisara, sino que atendió al propio Buda, convirtiéndose en su médico personal. Nació en Rajgir; se dice que era el resultado de la unión ilegítima de Salvati, una cortesana, y del propio rey Bimbisara, aunque, según otros relatos, el padre habría sido el príncipe Abhaya.

Salvati abandonó a su hijo inmediatamente después de nacer y lo dejó en manos de una sirviente, quien arrojó la cesta que lo contenía a las puertas del palacio real. Cuando fue encontrado, informaron inmediatamente al príncipe Abhaya, quien, al comprobar que todavía estaba vivo, ordenó que fuera puesto al cuidado de las mujeres del palacio.

Se le dio el nombre de Jīvaka, que significaba «vivía». Todavía muy joven, apenas un adolescente, decidió estudiar medicina y, sin que nadie lo supiera, abandonó el palacio para dirigirse a Taxila (Peshawar), una gran universidad de la época en la que se decía que se congregaban más de 10.000 estudiantes.

Takshasila, tal como los griegos la llamaron, estaba situada en el noroeste de la India. Su nombre aparece incluso mencionado en el Ramayana y en otros Puranas, y constituyó uno de los focos de esplendor de la cultura india. Su posición privilegiada, a los pies del Hindukush y de los Himalayas, la convirtió no solo en un importante puesto de intercambio comercial, sino también en un centro de estudios de gran importancia. Se dice que el rishi Atreya enseñó allí, así como Panini, el gran sanscritista y gramático, y el famoso médico Charaka.

LA CUALIDAD DE LA OBSERVACIÓN Y LA DEDUCCIÓN

La despierta inteligencia de Jīvaka, de la que tenemos noticias a través de un gran número de anécdotas, pudo desarrollarse en aquel ambiente hasta sus límites.

Se cuenta, en relación con su habilidad para la observación y el razonamiento, que en cierta ocasión un grupo de estudiantes observó las huellas de un elefante en medio del camino que transitaban. Jīvaka, que formaba parte del grupo, comentó entonces:

«Ciertamente, estas son las huellas de los pasos de un elefante, y aún puedo decir algo más: de un elefante hembra, ciega de su ojo derecho y a punto de dar a luz».

Ante la duda de los demás, no solo reafirmó lo que había dicho, sino que además añadió que una mujer montaba el elefante y que ella también estaba ciega del ojo derecho y se encontraba en estado de buena esperanza.

A su vuelta, los estudiantes le contaron al profesor lo que Jīvaka había dicho y, al ser preguntado, Jīvaka dio la siguiente explicación:

«Yo fui criado en palacio, por lo tanto, conozco bien que las huellas de un elefante macho son redondas y las de un elefante hembra son oblongas. El elefante comía en el camino solo de las hojas del lado izquierdo, porque no podía ver las del lado derecho. Estaba embarazada porque presionaba con más fuerza en el lado derecho con sus pies.

»Acerca de la conductora del elefante, se pueden ver sus pasos cuando descendió del mismo. Recogía flores solo del lado izquierdo y sus talones se marcaban fuertemente, por lo que deduzco que también era ciega del ojo derecho y que estaba embarazada. Señor, si no me cree, mande a alguien al lugar para saber la verdad».

Las deducciones de Jīvaka fueron ciertas.

NO HAY LÍMITES AL CONOCIMIENTO

Después de siete años, finalizó sus estudios en Taxila. Se dice que el joven estudiante había asimilado todos los conocimientos y, aun así, no veía que hubiese un final para ellos. Preguntó, pues, a su profesor:

«Señor, he estudiado durante los últimos siete años y, aun así, ¿no hay final para este estudio?».

El profesor, entendiendo su problema, le dijo:

«Hijo mío, todavía hay una prueba más que tendrás que pasar antes de ir al mundo a practicar la medicina. Tendrás que recorrer veinte kilómetros en cada dirección desde Taxila y traerme algo que no sirva como remedio para la medicina».

Jīvaka empleó más de un mes en aquella tarea. Al final, regresó con las manos vacías y le dijo a su profesor:

«Señor, no pude encontrar nada».

Su profesor aprobó lo que había hecho y lo envió de vuelta a su casa para que comenzara su carrera médica. Incluso se dice que le dio algún dinero para el viaje, aunque parece ser que dicha cantidad no fue suficiente, pues en cierto momento se encontró en mitad de su viaje y sin fondos.

Y como no hay mejor aliciente para el ingenio que el hambre, Jīvaka buscó la forma de utilizar sus habilidades. Había oído decir que cierta señora muy rica de la ciudad de Saket sufría de indecibles dolores de cabeza desde hacía varios años y que ningún médico había conseguido curarla.

Sin dilación, mandó informar, por medio de sus sirvientes, de su presencia, pero la señora, desconfiando de lo que un joven médico pudiera ofrecerle, rechazó recibirlo. Jīvaka insistió y propuso curarla sin recibir nada a cambio de sus servicios. Si tenía éxito, la señora podría pagarle con lo que ella quisiera.

Finalmente, ella aceptó. Jīvaka preparó con grasa y ciertas hierbas hervidas un líquido que administró a la paciente a través de la nariz. El líquido fue expulsado por la boca, la señora fue curada y le dio a Jīvaka no solo una buena cantidad de dinero, sino también un sirviente y un coche con un caballo.

De esta suerte, regresó de nuevo a Rajgir, ofreciendo sus ganancias al príncipe como pago por haber sido criado en palacio. El príncipe rechazó la oferta y le pidió que se quedase a practicar en la corte.

Poco tiempo después, el rey Bimbisara, quien padecía de una fístula crónica que sangraba ocasionalmente, pidió sus servicios. Jīvaka consiguió curar la fístula con la simple aplicación de un ungüento. El rey lo recompensó haciéndole médico real y médico de la fraternidad de los monjes budistas, además de médico personal de Buda.

TODO SIRVE EN MEDICINA

Se dice que en Vaisali había un hombre que sufría un intenso dolor en el oído, producido por un ciempiés que había penetrado en su interior y había hecho allí su nido.

Jīvaka pidió al hombre que construyera una cabaña hecha de follaje, pusiera una alfombra azul en medio de ella, colocara un tambor y calentara la habitación. Cuando todo ello estuvo dispuesto, Jīvaka mandó al hombre que se echara en el interior. Luego roció con agua el suelo e hizo sonar el tambor, como se acostumbraba en las fiestas durante la época de las cosechas.

El ciempiés creyó que el verano había llegado y se asomó hacia afuera del oído. Entonces Jīvaka colocó cerca de la oreja un pedacito de carne. El insecto volvió a entrar y después salió de nuevo, trayendo consigo a sus crías para alimentarlas. Así fue como el hombre fue curado.

CONVENCER AL PACIENTE PARA SEGUIR EL TRATAMIENTO

Otra famosa historia nos recuerda la importancia no solo de aplicar el tratamiento correcto, sino también de conseguir que el enfermo lo siga fielmente.

Había un hombre muy rico en Rajgir que sufría de fuertes dolores de cabeza desde hacía largo tiempo.

El médico que lo atendía dijo que moriría en siete días y que no había esperanza de curación. El enfermo era apreciado en la corte, porque había prestado muy buenos servicios tanto al pueblo como al rey. Así que, cuando la historia llegó a oídos del rey, este ordenó a Jīvaka que fuese a atenderlo.

Cuando Jīvaka llegó a la casa del enfermo, lo examinó cuidadosamente y, después de pensar detenidamente, le dijo:

«¿Qué me darás si te curo?».

El hombre le contestó:

«Señor, todo lo que poseo será vuestro y también seré vuestro esclavo».

Jīvaka entonces dijo:

«Bien, ¿serás capaz de permanecer echado sobre un costado durante siete meses?».

El hombre asintió.

Jīvaka le preguntó otra vez:

«¿Serás capaz de permanecer echado sobre el otro lado durante otros siete meses y luego sobre tu espalda durante siete meses más?».

El hombre contestó afirmativamente.

Entonces Jīvaka le pidió que se extendiera sobre la cama y lo ató fuertemente a ella. A continuación, procedió a hacer una incisión en la piel de la cabeza y finalmente extrajo dos gusanos.

Después de terminar la operación, Jīvaka dijo que los médicos que lo habían atendido anteriormente estaban en lo cierto: los gusanos le habrían matado en pocos días.

Después de aquello, el hombre permaneció echado sobre un lado durante siete días, hasta que finalmente le dijo a Jīvaka:

«Señor, no puedo permanecer sobre un lado más tiempo».

Jīvaka le dijo:

«Pero tú me lo prometiste».

Entonces el hombre dijo:

«Cierto, pero no puedo mantener la promesa por más tiempo».

Jīvaka sonrió y dijo:

«Bueno, está bien. Si no te hubiera instruido de la forma en que lo hice, entonces no hubieras sido capaz de permanecer sobre un lado ni siquiera durante siete días».

Desafortunadamente, no poseemos los trabajos de este gran médico, pero sí abundan las historias que, de alguna manera, nos enseñan que lo primero y lo más importante es la intención genuina de curar, aunque muchas veces sea malinterpretada por los pacientes. El resto, los medios, vienen por añadidura: la naturaleza entera estará siempre a disposición de aquel que sabe desarrollar hasta el máximo sus conocimientos y habilidades.

domingo, septiembre 20

Arte y Fantasía en Medicina

 


ARTE Y FANTASÍA EN MEDICINA

La tradición nos enseña que la Medicina, ante todo, era un Arte. Todos entendemos que en lo artístico siempre existe un elemento de experiencia aquilatada, pero ¿contiene algo más este concepto en su significado?

Paracelso nos indica, utilizando el lenguaje velado de la época, que la primera diferencia de actitud que habría que establecer es distinguir, en el Arte, entre los médicos «cristianos» y los médicos «paganos».

Esta forma de designar a los médicos merece una explicación. Paracelso vivió en medio de las turbulencias que aparecieron a causa de la Reforma Protestante, en una época de fuerte presión por parte de la Inquisición. Solo seis años antes de su nacimiento se publicó el famoso Malleus Maleficarum (El Martillo de las Brujas), obra que fue editada más de una docena de veces durante la vida de Paracelso y que dejó sentir especialmente su influencia en los territorios de habla germánica, donde Paracelso ejercía su labor como médico. Debido a todo lo anterior, Paracelso se vio obligado a utilizar, a veces, un lenguaje oscuro y, otras, un lenguaje disfrazado de cristianismo, para que sus trabajos pudiesen ver la luz.



Así, lo que Paracelso trata de explicar veladamente al hablar de médicos cristianos y médicos paganos es que, aunque se posea una gran cantidad de conocimientos, siempre hay que tener presente, ante las enfermedades, la «Entidad de Dios». Con ello se refiere a las causas que están más allá del plano material, relacionadas con las sutiles leyes del Karma y del destino personal; es decir, con el curso de la enfermedad, a veces influenciado por causas remotas de las que no tenemos ni siquiera memoria.

El médico «cristiano» sería, pues, aquel que tendría siempre en cuenta esta «Entidad de Dios», es decir, aquel que posee un profundo sentido de conexión con el misterio de sí mismo y con el misterio último del universo, al que solemos llamar Dios.

Por otro lado, los médicos «paganos» serían aquellos que solo confían en sus conocimientos científicos adquiridos en las facultades de Medicina. Y aunque es cierto que puedan curar de la misma manera que los «cristianos», eso no afecta al concepto, pues Paracelso entiende que esa «Entidad Divina» —no un dios personal, sino el elemento espiritual oculto— determinará también, en cierta manera, el momento en que el paciente curará y proveerá al enfermo del médico que necesita en el momento oportuno.

Hoy podríamos traducir estos términos llamando al médico pagano médico científico o convencional, y al médico cristiano, médico filósofo. Ambos pueden curar; ambos pueden tener éxito. La diferencia no está en los resultados, sino en lo que sucede en el interior de cada tipo de médico, en su conciencia en evolución.

El médico científico opera frecuentemente contra la naturaleza, quiere obtener resultados a toda costa, como si él mismo fuese una suerte de dios. El médico filósofo, sin embargo, «espera confiado la hora y el tiempo en que ha de manifestarse la voluntad de Dios».

No se refiere aquí a ningún tipo de mojigatería religiosa, sino a la confianza y al sentido profundo que proporciona saber que formamos parte de un inmenso universo, del cual no conocemos todas sus leyes, pero que, de una manera u otra, nos llevará hacia el final evolutivo y hacia la liberación de cada ser viviente.

Imaginemos dos hombres que tienen el mismo trabajo y desempeñan la misma función en un ministerio estatal que, por ejemplo, suministra apoyo e información a los agricultores. Sus despachos están situados uno enfrente del otro y son iguales. Realizan el mismo trabajo, con la misma diligencia, le dedican el mismo tiempo y sus salarios son iguales.

No obstante, uno de ellos es consciente de que trabaja para el Estado y para los agricultores y, en cada palabra y gesto, es consciente de ello; trata de ayudarles en todo lo que puede. El otro funcionario también ayuda a los agricultores, y lo hace muy bien, pero lo hace para ganar un sueldo, para obtener el sustento de su familia.

El primero, en relación con su trabajo, es un «hombre superior», porque su conciencia abarca algo más grande que él mismo. El segundo, en relación con su trabajo, no se diferencia del pequeño pájaro que tiene su nido en un árbol cercano a la ventana de su despacho. Este pequeño pájaro también trabaja duro: va y viene trayendo alimento a sus pequeñuelos.

El primero hace de su trabajo un Arte, porque no solo aporta su experiencia, sino también otro tipo de conciencia.

EL ARTE Y LA FANTASÍA

«Observad en lo que vengo a deciros las dos partes o cosas que el hombre utiliza en su trabajo: el Arte y la Fantasía.»
Paracelso

Por Fantasía, Paracelso entiende una acción superficial, basada en prejuicios y en la que hay mucha vanidad: «solo es una forma de ambición para daros a conocer a vuestro alrededor, a fuerza de sostener las más insólitas afirmaciones».

¿Cuántos trabajos y estudios científicos tienen hoy como principal fin la publicación en una revista médica o científica prestigiosa? Ya no se hacen estudios para el paciente, sino para la fama, para la industria farmacéutica. Se investiga lo que esta quiere. Nos recuerdan estos científicos al fariseo que, antes de entrar en el templo, da su limosna allí donde todos puedan verlo.

Y entonces, ¿qué es el Arte?

El Arte, según Paracelso, es la unión de la Sabiduría, la Razón y la Inteligencia.

La Sabiduría, que no es lo mismo que los meros conocimientos, aunque los incluye, pues la Sabiduría es la experiencia reposada, meditada y encarnada: es parte de uno mismo y no un simple almacén de datos adjuntos que perecen con la muerte y se desvanecen con el último hálito de nuestro cerebro.

La Sabiduría tiene en cuenta lo de Arriba y lo de Abajo, y sabe cómo coordinarlos. Y en el médico esta es una cualidad esencial, porque trata con seres hechos de lo de Arriba y de lo de Abajo, y él mismo tiene que ser capaz de asimilar ambos mundos en su interior.

Esa Sabiduría se expresa en el mundo objetivo por medio del Juicio, o sea, la toma de una decisión a partir de un razonamiento lógico e iluminado; es decir, la Razón guiada desde arriba, desde esa Sabiduría.

Dice H. P. Blavatsky que la Medicina es la más cartesiana de las ciencias, pues la toma de decisiones siempre se basa en árboles lógicos. Lo que Descartes no enseñó es que, en Medicina, la Razón sola no es suficiente, pues puede hacer de los médicos monstruos de orgullo y convertir a los pacientes en objetos. Sin embargo, la Razón Iluminada es la razón y el juicio del sabio.

Y, finalmente, la Inteligencia es el arma que nos ayuda a elegir lo esencial, que descarta el polvo y la paja del grano. Pero, para poder ejercerla, el médico tiene que poseer una inteligencia capaz de penetrar en «el cristal de los hombres», o sea, una inteligencia también llena de Sabiduría; una inteligencia que no se deja engañar porque «ve claramente», porque posee vidya, o sea, visión interior, en contraste con nuestro intelecto, que está oscurecido por la avidya, o la ignorancia del que no ve las cosas tal como son, la ignorancia del que no puede ver la Verdad.

Por eso, el médico filósofo trabaja, tal como nos enseña Paracelso, con el Arte y no con la fantasía oscurecida y materialista.

La Medicina en los Diálogos Platónicos

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