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MEDICINA PARA UNA VIDA PLENA

jueves, octubre 8

El Monte Meru - La Isla Sagrada III

 


Cuando observamos la representación tradicional del monte Meru rodeado por los siete dvīpas, surge una pregunta inevitable: ¿por qué esta cosmografía hindú recuerda tanto a la descripción de la Atlántida de Platón? En ambos casos encontramos un centro sagrado rodeado por tierras y aguas dispuestas en círculos concéntricos. ¿Se trata de una simple coincidencia, de un arquetipo simbólico común o del recuerdo de una tradición mucho más antigua?

El Monte Meru - La Isla Sagrada III

En la serie de artículos que hemos comenzado (ver enlaces más abajo), hemos intentado desarrollar una serie de ideas encadenadas en torno a los mitos de la Isla Sagrada, la Isla Imperecedera y el Centro, según los conceptos tradicionales. También hemos analizado estas mismas ideas en relación con el simbolismo del Paraíso, tal como aparece en la Biblia.

Si el Centro, como esquema fundamental, aparece repetidamente en las tradiciones humanas, ¿estamos ante una simple coincidencia mitológica o ante la expresión de un arquetipo universal.

Hemos visto que estos conceptos, aunque diferentes entre sí, pueden aparecer vinculados y asumir significados diversos: geológico-históricos, míticos, religiosos y simbólicos.

Cabe preguntarse cuál es la utilidad o el significado de estos estudios, especialmente en momentos tan críticos como los que vivimos, cuando la humanidad corre el riesgo de perderse de nuevo en conflictos interminables.

Cada uno de nosotros, desde un punto de vista personal, trata a lo largo de su vida de recoger principios que le den sentido. Al mismo tiempo, como el mundo que nos rodea también influye en nuestras opiniones y decisiones, queremos entender qué mecanismos han guiado hasta ahora a la humanidad. En otras palabras, tanto en lo individual como en lo colectivo, queremos saber quién soy o quiénes somos; de dónde vengo o venimos, y hacia dónde voy o vamos.

¿Y en qué confiar? ¿En qué asentar mis creencias, si quienes saben niegan a los otros, que también saben? Entonces solo me quedan dos herramientas. En el plano personal, la búsqueda de la sabiduría; es decir, aprender a vivir de la mejor manera, no en el plano material, sino como un ser verdaderamente humano, con todos mis defectos, pero con la certeza de que puedo mejorar.

Por otro lado, fuera de mí, puedo confiar en el estudio comparativo: recoger lo que dicen las religiones y cuentan las tradiciones, las opiniones de las personas más sabias y lo que la historia humana conserva en sus diversas fuentes. Y, como una especie de Sherlock Holmes, investigar: seguir los vestigios, las señales, a veces casi secretas, que pueden conducirnos hacia alguna forma de verdad. No a una verdad absoluta, porque en este mundo nada lo es, sino a una verdad quizá parcial, pero válida para el momento en que me encuentro. Así podré proseguir el camino que la vida pone ante mí, con cierta certidumbre acerca de la dirección que debo tomar.

Por tanto, querido y paciente lector, permíteme proseguir con este estudio comparativo. Las muchas voces del pasado, los símbolos y las creencias universales son nuestra mejor guía para acercarnos a la verdad. No creas a nadie a ciegas, pero escucha a todos: como aquel investigador de novelas, quizá encontremos alguna verdad que llevarnos al alma.

Y quizá sea precisamente en torno a la idea del Centro donde estas antiguas imágenes comiencen a revelar una estructura común. El Centro puede ser, como ya hemos visto, una isla, una montaña, un jardín, una ciudad sagrada o un lugar situado más allá del mundo conocido. Cambian los nombres y las formas, pero permanece una misma intuición: existe un lugar que no es simplemente un punto geográfico, sino el lugar desde el cual el mundo adquiere orden y sentido. En la tradición de la India, una de las expresiones más poderosas de esta idea es la del Monte Meru.

El Monte Meru

Generalmente, en casi todas las civilizaciones, encontramos uno o varios lugares sagrados asociados a montañas o colinas sagradas. Desde las leyendas artúricas y su Monsalvat hasta las grandes construcciones sagradas de los egipcios, las pirámides, cuyo nombre egipcio "mer" se refería precisamente al "lugar de ascenso". Curiosamente en la India el "lugar alto", la "altura primordial", se denomina Meru.

Esta es quizá la clave general, todos esos templos sagrados de la antigüedad son expresiones del Centro mítico, y al mismo tiempo son el lugar de ascenso, de conexión con lo superior.

También encontramos esta idea en Jerusalén. Según la tradición islámica, Mahoma inició desde el lugar ocupado hoy por la Cúpula de la Roca su ascensión (Mi'raj) a los cielos.

Para la tradición judía, ese mismo espacio posee una importancia extraordinaria: el Monte del Templo está asociado al lugar del Santo de los Santos y a la Piedra Fundacional, considerada en determinadas tradiciones como el punto a partir del cual se inició la creación y sobre el que se establecía la conexión entre el mundo terrestre y el divino.

Se repite cada vez el mismo patrón, un determinado lugar en la Tierra que se convierte en el Centro desde el cual se establece una relación con lo alto.

Quizá no sea casual que este simbolismo se encuentre tan profundamente arraigado en nuestra imaginación. Construimos templos en lugares elevados, levantamos torres y cúpulas hacia el cielo y, cuando dirigimos una oración hacia lo divino, con frecuencia elevamos también nuestra mirada.

En la tradición hindú y budista de la India, el mundo se organiza precisamente alrededor del monte Meru —la «montaña» o «altura»—, llamado también Sumeru, «la Montaña Sublime». La mitología y la simbología que lo acompañan son demasiado complejas como para hacer aquí un análisis exhaustivo. No obstante, podemos intentar sintetizar en unas pocas ideas sus significados fundamentales.

Según las descripciones tradicionales, existen siete continentes o dvīpas —continentes-islas— dispuestos concéntricamente alrededor del monte Meru, y cada uno de ellos está circundado por un océano. El continente central es el único que está rodeado por las aguas saladas de un océano. Este detalle es importante, porque en determinadas interpretaciones se relaciona con la Tierra propiamente dicha. Se denomina Jambudvīpa.


Pero Jambu es también el nombre de un gigantesco árbol mítico situado en el centro, cuyas ramas y frutos aparecen relacionados, según determinadas versiones, con siete grandes ríos sagrados. Más adelante volveremos sobre este detalle, porque encontraremos en él una interesante correspondencia con el ser humano.

Los otros seis continentes-islas se disponen alrededor, separados entre sí por océanos de naturaleza simbólica. Así encontramos Plakṣadvīpa, rodeado por un mar de azúcar; Śālmaladvīpa, circundado por un océano de vino; Kuśadvīpa, por un océano de mantequilla clarificada; Krauñcadvīpa, por un océano de leche cuajada; Śākadvīpa, por un océano de leche; y, finalmente, Puṣkaradvīpa, rodeado por agua dulce.

Resulta evidente que no estamos ante una descripción geográfica convencional. La propia naturaleza de estos océanos —azúcar, vino, mantequilla, leche cuajada, leche y agua dulce— nos advierte de que estamos entrando en un lenguaje simbólico.

De hecho, cabría preguntarse si las descripciones sobre Poseidonis, el último resto del continente atlante, hacen referencia también a la geografía mítica hindú. Sabemos que Platón recurre a esta leyenda sobre Poseidonis para poder hablar indirectamente sobre la Atlántida. Los conocimientos sobre geografía sagrada eran considerados secretos, solo accesible durante las iniciaciones. Así Platón nos comunica una tradición con palabras veladas. Además, hay que tener en cuenta que la representación de Jambudvīpa que se suele hacer, como la que aquí presentamos, esotéricamente no corresponde a la realidad, porque de los los 7 continentes representados, dos de ellos, , todavía no han aparecido: Śākadvīpa y Puṣkaradvīpa. En realidad solo serían 5. En todo caso, llama la atención estas dos descripciones, de Poseidonis y de los 7 continentes, que además de ser peculiares tienen una extraordinaria semejanza y algunas resonancias míticas.


Las diferentes tradiciones tampoco presentan una imagen completamente uniforme del monte Meru. Algunos textos puránicos lo relacionan con la región del polo norte; otros lo presentan como el centro del primer continente que aparece después de la consolidación de la Tierra. En el Sūrya Siddhānta, por otra parte, encontramos una concepción en la que Meru atraviesa simbólicamente el eje de la Tierra, elevándose hacia el polo norte como montaña de los dioses y prolongándose hacia el sur como una región asociada a las potencias inferiores o demoníacas.

Si añadimos a esto las enormes dimensiones que determinadas tradiciones atribuyen al monte Meru —hasta 450.000 kilómetros de altura en algunas interpretaciones—, cuando el diámetro polar de la Tierra es de unos 12.714 kilómetros, la desproporción resulta tan extraordinaria que difícilmente puede interpretarse como una descripción física ordinaria. El simbolismo numérico vuelve a adquirir aquí una importancia particular: 450 contiene nuevamente la cifra 9, número que aparece repetidamente asociado a determinadas estructuras simbólicas de la cosmología tradicional.

Todo el conjunto parece estar construido deliberadamente como un lenguaje simbólico: los siete continentes, su disposición concéntrica, los océanos de naturaleza extraordinaria, el monte situado en el centro, su proyección hacia las regiones celestes y su correspondencia con las regiones inferiores.

A pesar de de ello, hasta hoy día no han cesado las especulaciones acerca de su posible localización física. Hay quienes creen que se trata del monte Kailasa, otros que su altura indica en realidad un parámetro para su localización, etc.

Pero ¿qué representa realmente este Centro?

H. P. Blavatsky nos proporciona una pista particularmente significativa:

«El Polo Norte, el país del «Meru», es la séptima división, por corresponder al Séptimo Principio (o cuarto metafísicamente) del cálculo oculto, pues representa la región de Âtma, del alma y de la Espiritualidad puras». (La Doctrina Secreta ed. español, II, 403).

Aquí aparece una clave fundamental. El «país de Meru» deja de ser exclusivamente una región de la cosmografía tradicional y adquiere una correspondencia directa con el ser humano. Meru, asociado al séptimo principio, Ātman, pasa a representar la región superior de la constitución humana: aquello que trasciende los niveles inferiores de la conciencia.

La correspondencia resulta especialmente interesante porque las tradiciones sitúan también las raíces de Meru en el centro del mundo, en relación con el eje terrestre. De este modo, volvemos a encontrar la misma estructura que ya habíamos observado al hablar de la Isla Imperecedera.

En otras palabras, el simbolismo del Monte Meru, está relacionado de manera íntima con el ser humano, con el Centro simbólico del ser humano, y también con el Centro Mítico y Místico de la Tierra: la Isla Blanca, o Nevada, "Sveta-dwipa":

El Centro aparece simultáneamente en tres planos.

  • Existe un Centro cósmico, alrededor del cual se ordena el universo, del que todavía no hemos hablado.

  • Existe un Centro terrestre, representado por la región primordial, la Isla Sagrada o Imperecedera, que ya hemos descrito.

  • Y existe finalmente un Centro humano, que corresponde al eje interior alrededor del cual se organiza la conciencia, del que hablaremos en la próxima entrega.

El Monte Meru sería, por tanto, algo más que una montaña. Es la imagen vertical de ese Centro: el eje que une los diferentes planos de existencia.

Comienza a hacerse visible estructuras simbólicas más complejas, dentro del propio ser humano, en el Centro Mítico Espiritual, e incluso en los planos superiores de los que la humanidad depende.

Pero eso quedará para la próxima entrega.

Continuará

Próximo artículo: Sveta-Dvipa, Antaskarana, Shukra y Venus, los Manasaputras.

Enlaces a los artículos previos de esta serie:

La Isla Sagrada y la Isla Imperecedera - I

La Isla Imperecedera II - La Deriva Continental

¿Cómo era la Tierra hace 300 millones de años? - La Isla Imperecedera III

La Isla Sagrada II - el Axis Mundi

El Arquetipo del Centro , la Isla Sagrada y el Paraíso


miércoles, septiembre 30

El Arquetipo del Centro , la Isla Sagrada y el Paraíso


¿Y si la expulsión del Paraíso no hubiera sido un castigo, sino el comienzo de la aventura humana? Desde el antiguo símbolo del Centro, el relato de Adán, Eva, la Serpiente y el descenso a la Tierra puede adquirir un significado muy diferente. Tal vez la humanidad no perdió simplemente un paraíso: tuvo que abandonarlo para conquistar la inteligencia, la libertad y el conocimiento que le permitirían regresar algún día al Centro, ya no como una criatura inocente, sino como un ser consciente de sí mismo.

El Arquetipo del Centro, la Isla Sagrada y el Paraíso

El arquetipo del Centro y la Isla Sagrada se relaciona también con la existencia de una época, un lugar o un estado primordial: un paraíso, un espacio donde todo era posible y al que quizá pudiera retornarse míticamente.

Este Centro se identifica asimismo con un lugar acotado, sagrado, santificado. La palabra paraíso, de origen persa antiguo y relacionada con la tradición zoroástrica, designa precisamente un lugar cercado: un jardín entre muros, un recinto delimitado.

En los mitos bíblicos, este lugar es visitado por una divinidad, uno de los siete Elohim de la tradición bíblica. La aparición del ser humano es el resultado de la tierra y el agua, es decir, del barro, al que se insufla el aliento vital, neshamah, y no el espíritu, que corresponde a ruach. Se trata de un primer proyecto de ser humano, inocente y desprovisto de conocimiento: un ser dotado de una inteligencia todavía elemental y, aparentemente, desprovisto de sexo. No era todavía hombre ni mujer.

En una segunda etapa, los Arquitectos del ser humano, según la lectura exotérica de la Biblia, le proporcionan una compañera. De aquí se deriva todo un entramado teológico y social, porque el «hombre» pasa a considerarse lo primario, mientras que la «mujer» aparece como algo derivado.

Sin embargo, esta no es necesariamente la única lectura que permite el texto. Eva —o Heva, la madre de los seres— no fue hecha de una «costilla de Adán», como se nos enseñó durante siglos. La propia anatomía humana demuestra que el hombre no tiene una costilla menos que la mujer, a pesar de aquella antigua enseñanza que muchos aprendimos en el colegio.

El texto hebreo habla más bien de una separación o división a partir del tsela (צֵלָע), término que puede significar «costado» o «lado». Desde esta perspectiva, del Adán primordial, dividido por su costado, surgirían Eva, el "Adán femenino", y por otro lado el Adán masculino. Es decir ambos sexos constituyen el segundo Adán, o Humanidad, pero ahora dividida en sexos.

Y hay otro detalle significativo. Según el relato bíblico, Dios les proporcionó también unas vestiduras. En la interpretación que aquí nos interesa, la palabra utilizada puede relacionarse con la idea de piel (עֹור,ʿor),pero también significa "luz", de modo que aquel ser humano, todavía casi una entelequia luminosa, se va materializando progresivamente y adquiere una envoltura externa que rodea su cuerpo: la piel, es decir la adquisición de corporeidad física.

Esta humanidad, ahora dividida en sexos separados, necesitaba albergar una inteligencia superior, propiamente humana. Y aquí aparece la Serpiente, que en esta lectura no es simplemente la tentadora, sino la que propone de una apertura de la conciencia. La manzana —convertida posteriormente en símbolo del conocimiento y de la sabiduría— aparece junto al Árbol del Conocimiento.

La tradición esotérica, precisamente habla de un descenso gradual del ser humano, desde un estado semietéreo hasta un estado físico, y también describe la división de los sexos de manera progresiva también. Esta misma explicación la encontramos en el llamado "Dulva" del Canon del Budismo Tibetano, donde se describe una humanidad celeste e inocente, que poco a poco desciende en grado de materialidad y de egoísmo.

No obstante, este descenso y posterior perdida del paraíso no tendría por qué interpretarse como un castigo, tal como propone la lectura religiosa exotérica, sino como una consecuencia kármica de las decisiones que condujeron a los seres humanos hacia la conquista de su propia inteligencia y de su espíritu. Es el camino en el que todavía nos encontramos.

Si algo merecieron nuestros primeros ancestros, no fue el título de «pecadores originales», sino quizá el de orgullosos, desafiantes y aventureros héroes que se lanzaron a la conquista de sí mismos y del conocimiento que, según la propia tradición, habría de hacerlos superiores incluso a los ángeles.

La salida del Centro en este caso percibida simbólicamente como la pérdida de un paraíso, de una infancia de la humanidad en la que caminaba junto a los dioses.

La expulsión del Paraíso era, desde esta perspectiva, una necesidad kármica: un alejamiento necesario del Centro para entrar en la experiencia humana. Era necesario nacer lejos de la protección primordial para adquirir experiencia, conciencia y, finalmente, la capacidad de regresar por nosotros mismos.

«Desciendan del Paraíso [y habiten la Tierra]», dice el Qur'an. El término árabe utilizado en el texto coránico para esta orden es ihbiṭū (اهْبِطُوا), que significa literalmente «descended», «bajad» o «descended desde un lugar elevado hacia otro inferior». El verbo habaṭa expresa precisamente la idea de descender, bajar desde un lugar elevado.

No obstante, nuestros heroicos padres fueron anatematizados, presentados como merecedores de todas las penalidades y enfermedades. Pero ¿se puede aprender algo sin abandonar alguna vez la protección de nuestros padres? ¿Acaso no hemos hecho todos lo mismo?

¿No hubo un momento de tu infancia en que comenzaste a guardar secretos, en que ocultaste ante tus padres algunos de tus pensamientos y de tus acciones? Ese es, simbólicamente, el momento que la Biblia describe cuando Dios busca al hombre y este ya no aparece, porque se ha escondido.

Pero también es el momento de la rebelión que hizo surgir el pensamiento libre: el primer paso del ser humano hacia la libertad plena y hacia la conquista del derecho a regresar a aquel Paraíso, al Centro del que surgió, pero ahora llevando consigo la experiencia, el conocimiento y la sabiduría adquiridos durante su largo viaje.

No se trata, por tanto, de regresar al Paraíso como el niño que nunca lo abandonó, sino de regresar como un ser humano plenamente consciente, capaz de entrar de nuevo en el Centro por sus propios medios. Un ser que ya no necesita la protección de los dioses porque ha aprendido a caminar junto a ellos.

Y quizá este sea el verdadero sentido de la antigua promesa: regresar al Centro, no para recuperar la inocencia perdida, sino para conquistar una sabiduría que nos permita superar incluso aquello que fuimos al principio.


¡Ex Oriente Lux!

¡Ex oriente lux!

Ex Oriente Lux, «la luz viene de Oriente». Una antigua expresión que puede leerse también como un símbolo de la transmisión de una sabiduría que, en distintos momentos de la historia, parece reaparecer para iluminar el pensamiento humano. Del Renacimiento al Rosacrucismo, de la revolución científica al Iluminismo, cada nueva luz transforma el mundo, pero también proyecta sus propias sombras. ¿Estamos entrando ahora en otro de esos momentos de transformación? Y, si es así, ¿estaremos preparados para reconocer la luz cuando vuelva a aparecer?

Con esta exclamación saludaban los romanos al Sol y, con el tiempo, la expresión pasó a utilizarse con el significado de que toda iniciativa profunda del espíritu y del pensamiento procede de Oriente.

Para quienes creemos en la existencia de un cierto orden universal, de unos lineamientos generales a través de los cuales la humanidad, en su conjunto, se desarrolla, surge una pregunta inevitable: ¿por qué razón «aquellos que saben», los responsables de esa evolución humana, no han revelado al mundo la verdad desnuda, de manera que la oscuridad de la ignorancia pueda disiparse bajo el impulso de la luz y del conocimiento?

Creo que la razón radica en que este mundo es dual en su constitución. Nuestra mente también lo es y, por ello, es incapaz de concebir lo Absoluto. Cada vez que intenta definir algo, aparece inmediatamente su concepto contrario. O, como dirían los chinos, «no hay yin sin yang».

Cualquiera puede comprobar esa dualidad en sí mismo. Basta con intentar pensar en el Uno Absoluto y, cuando crea haberlo conseguido, observar que ese Uno se destaca sobre un fondo oscuro. Es decir, ya no es un Uno Absoluto, sino Uno y Dos al mismo tiempo.

Por consiguiente, cualquier «verdad» dada al mundo nunca podrá ser absoluta, sino relativa. Y, además, por estar inmersa en la dualidad del mundo, esa verdad, por luminosa que sea, tendrá necesariamente una sombra.

Así, tras cada avance humano aparece también el dolor y la revolución, resultado del abandono del mundo viejo, que se resiste al nacimiento del mundo nuevo. De esta manera podemos entender las palabras de uno de esos cientos de Mensajeros:

«He venido a traer fuego a la tierra, y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! Pero tengo que pasar por la prueba de un bautismo, y ¡cuánta angustia siento hasta que se cumpla! ¿Creen ustedes que vine a traer paz a la tierra? ¡Les digo que no, sino división! De ahora en adelante estarán divididos cinco en una familia, tres contra dos, y dos contra tres. Se enfrentarán el padre contra su hijo y el hijo contra su padre, la madre contra su hija y la hija contra su madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra».

Lucas 12:49-59

Cuando las nieblas de la Edad Media comenzaron a disiparse, la nueva Luz intentó liberar a la humanidad de las pesadas cadenas del mundo viejo, de una Iglesia corrompida y del oscurantismo medieval. Al principio, de forma velada, aparecieron pequeños grupos que estudiaron en secreto las ciencias y recuperaron tradiciones que habían quedado abandonadas. Aparecieron también rebeldes que comenzaron a poner en duda incluso el significado de unas Escrituras consideradas hasta entonces inviolables.

Y, una vez más, esa luz oriental brilló en Occidente durante el siglo XVII. Sus agentes ocultos, nunca descubiertos, dieron la llamada de alerta a los despiertos de Europa. Aparecieron entonces los primeros textos rosacruces, entre ellos la Fama Fraternitatis, es decir, el Manifiesto de la Fraternidad:

«...para que en parte renueven y transformen todas las artes (que en nuestra época son tan imperfectas y defectuosas); de manera que así, por fin, el hombre pueda comprender su propia nobleza y valor, y por qué se le llama microcosmos, y hasta dónde se extienden sus conocimientos de la naturaleza... creemos firmemente que si nuestros hermanos y padres hubiesen vivido bajo la clara luz que ahora nos ilumina, habrían tratado con menos miramientos al Papa, a Mahoma, a los escribas, artistas y sofistas, y habrían demostrado ser más activos no sólo con suspiros y con el deseo de que terminen y se consuman...»

Su simbolismo, relacionado con la Rosa y la Cruz, se remonta a épocas más remotas. En el tríptico bizantino Harbaville, del siglo X, aparecen la Cruz y la Rosa, aunque otras fuentes sitúan este simbolismo en épocas aún más antiguas, incluso entre los etruscos.

Triptico Harbaville - Wikipedia


La misma Fama Fraternitatis reconoce al famoso médico y alquimista Paracelso como uno de sus predecesores. Robert Fludd, médico de tradición paracélsica, astrólogo y místico inglés, utilizó también este símbolo.


La Rosa Da Miel a las Abejas (Rober Fludd)

Esta extraña orden o fraternidad se proponía, además de revivir ciertos conocimientos místicos, la reforma integral de las ciencias, del conocimiento efectivo del mundo, con el propósito de mejorar las condiciones tanto materiales como espirituales.

Se trataba, en definitiva, de una profunda y universal reforma del ser humano.

Pronto siguieron otros manifiestos: la Confessio Fraternitatis y Las bodas alquímicas de Christian Rosacruz. Muchos se adhirieron a este programa revolucionario; algunos incluso se declararon rosacruces en sus escritos, como fue el caso de Robert Fludd, Michael Maier y Thomas Vaughan.

Poco a poco, la acción de esos misteriosos orientales se desarrolló a lo largo de aquel siglo y del siguiente, dando lugar a un tremendo impulso en las ciencias y a una lucha constante contra el oscurantismo, a través del trabajo conjunto de alquimistas, masones e investigadores independientes.

Templo Rosacruz - Templo en movimiento, sin lugar y sin época

Este movimiento desembocó en la aparición de los primeros movimientos masónicos operativos, que tanta influencia tendrían durante los siglos XVIII y XIX en las reformas sociales y políticas de todo el mundo.

La Fraternidad Rosacruz sirvió de inspiración a grupos de astrónomos, matemáticos y filósofos naturales —Kepler, Rheticus, John Dee, Tycho Brahe, etc.— y dio origen al llamado «Colegio Invisible», considerado precursor directo de la Royal Society inglesa, fundada en 1660, cuyo nombre completo es The Royal Society of London for Improving Natural Knowledge, una de las sociedades científicas más antiguas del mundo.

Entre sus presidentes estuvo Isaac Newton, quien escribió más sobre alquimia que sobre la ley de la gravitación universal.

Todo este movimiento de avance cultural y científico, esta luz que precisamente llegó a denominarse «Iluminismo», generó también sus propias sombras. Estas se manifestaron, desde entonces, en la Revolución Francesa y en todas las revoluciones que siguieron sacudiendo Europa, América, Asia y África hasta nuestros días.

Gran parte de las tendencias desarrolladas tanto en el terreno de la ciencia como en el sociológico y el religioso son resultado del desarrollo de las filosofías iluministas y de sus predecesoras renacentistas.

La sociedad que nos rodea, los movimientos políticos, filosóficos y sociales y, en última instancia, nosotros mismos, estamos influenciados por los grandes temas de las filosofías posteriores al movimiento rosacruz, a través de sus múltiples expresiones y desarrollos particulares.

Ahora hemos llegado a otro gozne de la historia.

Nuestros esquemas sociales, nuestras democracias, nuestros sistemas educativos, las relaciones familiares y nuestras formas de trabajo, todo ello volverá a verse envuelto en luchas y transformaciones profundas.

Ante la ola que se avecina y que barrerá este mundo caduco y viejo, que ya no puede dar más de sí, tenemos que plantearnos seriamente nuestra propia identidad, tanto en lo individual como en lo colectivo.

Identidad como afirmación profunda de lo que uno es. E identidad también como reconocimiento de aquello que compartimos, de aquello a lo que pertenecemos: lo idéntico y lo esencial.

Una identidad que debe servir como un fuerte mástil, bien enraizado, al que podamos aferrarnos ante las tremendas olas de Acuario que se avecinan.

¿Somos herederos de ese mensaje luminoso que se proyectó y se proyecta sobre nosotros, o somos los hijos oscuros de sus sombras?

Esos orientales desconocidos, que nunca fueron realmente orientales ni occidentales, ni del norte ni del sur, porque están más allá de todas esas divisiones, una vez más arrojarán su luz sobre nosotros: la luz de la lucha y del despertar.

¿Estaremos preparados para recibirla y transmitirla?

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