Batir las palmas con una mano
Las Construcciones Mentales ¿Cómo te afectan?
Este viejo koan zen, como otros similares, nos invita a romper nuestros esquemas mentales. ¿Cómo pueden sonar las palmas si falta una de las manos?
Toda nuestra construcción mental se apoya en estructuras fundamentales como el tiempo y el espacio. Pero ¿qué ocurre si esas estructuras no están presentes en nuestra mente? En un experimento realizado con algunos animales, se les privó desde el nacimiento, mediante artificios, de una parte de la visión tridimensional del mundo. Es decir, se les permitía ver únicamente líneas verticales y ninguna horizontal, o solo horizontales y ninguna vertical. Los desafortunados sujetos del experimento (alguien debería rendir cuentas por ello) no podían moverse correctamente: caían y eran incapaces de adoptar una postura estable. En los primeros momentos de la vida necesitamos “estructurar” el mundo que nos rodea; si no lo hacemos, es como despertar en un universo paralelo donde las dimensiones no existen tal como las conocemos.
Existen, por tanto, estructuras mentales que adquirimos poco después de nacer, a través de nuestras primeras experiencias. Un recién nacido no “conoce” a nadie; después reconoce a la madre. Primero está la madre y “lo otro”, el universo indiferenciado. Luego aparece otra figura, aquello que llamamos “el padre”, y progresivamente se despierta el reconocimiento del mundo externo, aunque con frecuencia morimos sin llegar a comprenderlo del todo.
Según la tradición —por ejemplo, la platónica—, más que aprender a reconocer el mundo, vamos perdiendo la conciencia de lo infinito y de lo múltiple, de donde procedemos, y la reducimos al pequeño cajón del mundo material. A lo largo de nuestra maduración lo limitamos aún más: hombre o mujer, niño o anciano, pensionista, trabajador por cuenta ajena, cristiano, musulmán, pecador, asceta, místico… y quién sabe cuántas etiquetas más. Nuestro cajón mental no se amplía; simplemente añadimos subcajones, clasificaciones y nuevas limitaciones.
Cuando alguien nos habla de cuestiones místico-filosóficas que quedan fuera de esos cajones, tendemos a rechazarlas e incluso a enfadarnos. “¿De qué me hablas? No te entiendo. Demasiado complejo. ¡Qué rollo!”
En Aquel Entonces Nada Existía
Pues bien, hoy vamos a dedicarnos precisamente a eso: a romper los cajones. Continuamos con nuestra querida Doctrina Secreta, en su parte más difícil: la Cosmogénesis, es decir, cómo comenzó todo. Las primeras estrofas o slokas intentan explicarnos algo que no cabe en nuestros esquemas. Veamos lo que dice la Sloka 4:
«Los siete caminos hacia la dicha no existían. Las grandes causas de la miseria no existían, pues no había nadie que las produjera ni que quedara atrapado en ellas».
En este mundo todos buscamos, de una u otra manera, la felicidad. Para muchos, consiste en satisfacer necesidades físicas —incluido el dinero—: hambre, sed, sueño, descanso. Pero el texto habla de una dicha distinta, más duradera y más verdadera.
Esa dicha es la cesación del dolor que nos acosa a diario. No en un sentido dramático. Para estos filósofos, el dolor no es el pinchazo de una aguja ni un golpe físico, sino una insatisfacción constante, una inquietud que no cesa, un desasosiego permanente: lo opuesto a la serenidad. Es esa fuerza que nos impulsa desde que nos levantamos a hacer algo: tomar café, ducharnos, anticipar problemas, recordar discusiones, activar nuestras manías… y tantas otras “amenidades” cotidianas que no nos dejan en paz y nos arrastran de un lado a otro durante toda la vida.
La dicha final —el no va más— sería la serenidad absoluta, la quietud, la paz: Nirvana, Moksha.
El texto se refiere a un estado previo a la existencia del mundo, antes incluso de que el tiempo hiciera “tic-tac”: silencio, oscuridad, descanso universal (pralaya). Afirma que no existían los siete caminos que conducen al Nirvana o a la Gran Serenidad.
Surgen entonces dos preguntas:
A) ¿Qué caminos son esos? ¿Dónde puedo encontrarlos? Me interesan.
B) Si no existían, ¿tampoco existía la necesidad?
«Las grandes causas de la miseria no existían, pues no había nadie que las produjera ni que quedara atrapado en ellas.»
El Misterio de las 7 Sendas de la Felicidad
En una reunión privada de H.P. B. con sus discípulos para comentar La Doctrina Secreta, se le preguntó qué eran esos siete caminos hacia la dicha o el Nirvana. Su respuesta fue enigmática:
«Son ciertas facultades de las cuales el estudiante sabrá más cuando profundice en el sentido oculto.»
(Transacciones de la Logia Blavatsky, p. 25)
Más adelante aclaró que se trataba de facultades prácticas que debían desarrollarse.
Algunos estudiosos —como David Reigle, sanscritista y especialista en textos tibetanos— concluyen que no puede saberse con certeza a qué se refiere, aunque sospechan que se relaciona con las siete jerarquías tradicionales vinculadas a la constitución septenaria del ser humano.
Para quienes no están familiarizados con estos temas, la idea es más simple de lo que parece, aunque compleja en la práctica. Según esta tradición, el ser humano posee siete aspectos o principios: cuatro “materiales” (cuerpo físico, cuerpo energético o vital, cuerpo emocional y cuerpo mental) y tres “espirituales” (mente superior o manas, cuerpo intuicional o sabiduría, y la chispa última que nos conecta con la divinidad: Atma, o Voluntad Pura).
Esta división en siete aspectos se replica en cada uno de ellos, y nuevamente en un tercer nivel: 7 × 7 × 7, es decir, los famosos 343 “fuegos” de la tradición mística hindú.
Dicho de forma sencilla: somos un conglomerado que se repite en distintos niveles de complejidad.
Y aquí viene lo interesante: el perfeccionamiento humano no consiste en una “iluminación” al estilo Hollywood, ni en una conversión dramática con caída de rodillas ante un ángel. No. Se trata, según la tradición, de un trabajo constante y gradual sobre cada una de las expresiones de nuestro septenario humano.
Si, por ejemplo, si quiero desarrollar la Sabiduría en un plano elevado, debo implementarla en primer lugar en el plano físico, mental y emocional. Si quiero despertar Atma o la Voluntad Pura, esta debe encarnarse también en cada uno de esos mismos niveles.
La Sloka 4 de la sección de Cosmogénesis de la Doctrina Secreta afirma que esas sendas no existían. Entonces surge la pregunta: si no existían los caminos de perfeccionamiento, ¿significa que en ese plano tampoco existía el karma? ¿No había posibilidad de acción, ni positiva ni negativa?
La respuesta es No. El Dharma o Ley Última, coexistente con lo Absoluto, no estaba manifestado porque el mundo aún no existía. Nadie podía romper la Ley ni seguirla; y sin acción, no hay karma. Se trata de un período previo a la existencia del mundo: antes del tiempo y del espacio concretos que conocemos, aunque sí existían la Duración Infinita y el Espacio Abstracto.
¿Cuáles son las «grandes causas de la miseria»?
El texto se refiere a las conocidas «Nidanas»: Las 12 nidanas son las doce causaciones o “ataduras”. Constituyen la cadena de causas y efectos que conducen de una forma de existencia a otra. Se representan en la rueda del Samsara, la eterna rueda de la existencia, resultado de fuerzas ciegas impulsadas por nuestra acción errónea. Es el gran engranaje del que todos formamos parte, al que alude este texto budista:
“Inconcebible es el comienzo de este Samsara; nunca ha sido descubierto su primer origen, donde los seres, obstruidos por la ignorancia y atrapados por el anhelo, se precipitan a través de esta ronda de renacimientos.”
Estas doce causas que dan lugar al Samsara pueden resumirse en tres grandes bloques:
Avidya: La ignorancia como causa esencial. Con ella comenzamos, concluimos y emprendemos el ciclo de una nueva vida.
Phassa: El contacto o experiencia sensorial. A partir de la información recibida —filtrada por nuestros prejuicios mentales— generamos cascadas de pensamientos e imágenes asociadas que nos atrapan en circuitos mentales repetitivos.
Upadana: El apego, el aferramiento a deseos y sensaciones placenteras, que nos conduce al renacimiento y que completa la cadena del Samsara.
Estamos tratando de comprender un estado previo a la manifestación, cuando no existían los caminos de acceso al Nirvana ni la posibilidad del error, de la ignorancia y de sus consecuencias kármicas. Todos los seres estaban sumergidos en el Gran Mar de la Serenidad, que no es la felicidad de quien posee o tiene todo a su alcance, sino la de quien nada necesita.
El universo entero se hallaba en un estado de suspensión, donde las reglas de la existencia no eran aplicables: una condición en la que la dicha consistía en la ausencia de necesidad y de dolor, en la integración total, sin que nada faltase ni sobrara, en la inmersión absoluta en lo Absoluto.
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