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MEDICINA PARA UNA VIDA PLENA

jueves, octubre 15

Simbolismo Astrológico del Tarot Egipcio

 


El Tarot Egipcio y su Simbolismo Astrológico

¿Y si el Tarot fuera algo más que un conjunto de cartas para adivinar el futuro? Tras sus imágenes podría esconderse un lenguaje simbólico relacionado con la astrología, los misterios del antiguo Egipto y el camino iniciático del ser humano. Exploraremos el Tarot egipcio de Falconnier y Wegener, sus correspondencias zodiacales y su posible relación con el zodiaco de Denderah, siguiendo una interpretación que nos invita a descubrir un orden oculto tras los arcanos.

El simbolismo astrológico constituye una de las claves tradicionales para interpretar numerosos elementos religiosos, textos herméticos, tratados de alquimia e incluso concepciones antiguas de la medicina. Vamos a explorar una de estas claves: el Tarot y, en particular, el llamado Tarot egipcio.

Al igual que la astrología, el Tarot se ha utilizado ampliamente con fines adivinatorios. Lo encontramos en ferias, gabinetes esotéricos y programas informáticos que prometen revelar el futuro. Internet está lleno de páginas dedicadas a echar las cartas. Este es, por desgracia, el destino que a veces sufren las tradiciones simbólicas: sus imágenes terminan convertidas en instrumentos de entretenimiento o en un negocio que poco tiene que ver con su posible profundidad original.

Sin embargo, que estos símbolos hayan sido utilizados de manera superficial o con fines dudosos no significa que debamos renunciar a explorar su contenido.

Según determinadas interpretaciones esotéricas, los arcanos o cartas del tarot forman una secuencia ordenada que puede leerse como un libro simbólico. Sus imágenes según algunas fuentes se relacionarían con la psicología humana, el desarrollo interior del discípulo y cierto simbolismo astrológico. Desde esta perspectiva, el Tarot no sería primordialmente un instrumento de adivinación, sino un sistema de imágenes destinado a transmitir enseñanzas sobre el ser humano y su evolución interior y obtenidas a través de una meditación personal profunda.

Antes de estudiar esta interpretación, conviene conocer brevemente la historia de las distintas variantes del tarot y distinguir entre los testimonios históricos y las hipótesis que han surgido en torno a su significado.

El llamado Tarot Egipcio ocupa un lugar particular en esta historia. Las versiones que conocemos son relativamente modernas y se desarrollaron en el contexto del interés ocultista por Egipto. Muchos estudiosos consideran que no existe evidencia histórica suficiente para atribuir el origen del tarot al antiguo Egipto. Sin embargo, su iconografía y las correspondencias que le atribuyeron diversos autores ofrecen un campo de estudio interesante para la historia del esoterismo.

Existe un variado número de versiones del tarot, entre las cuales se encuentra el llamado Tarot Egipcio. Entre los tarotistas profesionales en general, no se aprecia la importancia del Tarot Egipcio, al que consideran la mayoría de las veces como espurio, tardío, y desde luego como no egipcio.

La versión que analizaremos aquí es la de Robert Falconnier, ilustrada por Maurice Otto Wegener y publicada en 1896 bajo el título Les XXII lames hermétiques du tarot divinatoire. A partir de esta edición examinaremos las relaciones que el autor establece entre las cartas, los signos zodiacales y determinados símbolos egipcios.

Se considera pues, como señalamos anteriormente, un modelo de tarot tardío y derivado.

Sin embargo, para los historiadores los primeros tarots, los considerados por ellos como originales, son aquellos publicados en Italia durante el Renacimiento.

Pueden mencionarse algunas primeras series que contienen parte de los elementos simbólicos que más tarde encontraremos en todas las ediciones posteriores. Estos son los llamados Tarocchi, entre ellos el más conocido es el realizado por Andrea Mantegna, pintor y grabador. Otro ejemplo es el tarot Visconti-Sforza, creado entre 1442 a 1447 y pintado a mano.

Posteriormente, cuando aparece la imprenta, se popularizan y se utilizan como sistema de juego, un ejemplo es el llamado Tarot de los Marselleses.

Orígenes Modernos del Tarot Egipcio

Es Antoine Court de Gèbelin (1725-1784), autor de "Le Monde primitiv analysé et comparé avec le monde moderne" y miembro de la Francmasonería, quien primero interpreta el Tarot como un repositorio de la sabiduría arcana atemporal y esotérica y en relación con la tradición egipcia.



Señala Court de Gèbelin que la palabra tarot procede de la conjunción de dos palabras egipcias “ta”, camino, y “ro”o “ros”, real, o sea el camino real o del rey, y su inverso templario, quizás relacionado, “rota” o sea el giro, algo que como veremos puede tener que ver con el Camino Real que gira, o el Zodiaco de Denderah. Estas interpretaciones "egipcias" son muy dudosas y, como veremos, apuntan más a su propagación a partir de grupos masónicos, a los que el mismo Court de Gèbelin pertenecía.


Posteriormente Jean Baptiste Pitois (1811-1877), también conocido bajo el pseudónimo de Paul Christian es quien escribe "La Historia de la Magia, del mundo sobrenatural y de la fatalidad a través de los tiempos y los pueblos". Dicho libro contiene una peculiar aproximación a la astrología a la que también relaciona con el Tarot. En este trabajo describe los arcanos mayores relacionándolos con el simbolismo egipcio y con las constelaciones.

En ambas casos, Court de Gèbelin y Paul Christian, se limitan a descripciones, pero las imágenes no se publican.

Estos autores afirman que los arcanos egipcios del tarot son muy antiguos, forman un conjunto de símbolos y no meramente unas "cartas" de juego. A partir del Renacimiento, dado el retorno del hermetismo, es cuando este conocimiento parcialmente se "desliza" al exterior, o sea se “exoteriza” y es utilizado privadamente en dibujos hechos a mano por artistas para algunas familias nobles, como el Tarot de Mantegna.

Luego, con la aparición de la imprenta, se popularizan y se utilizan como sistemas de juego y adivinación.

A partir del siglo XVIII y XIX, algunos ocultistas en contacto con conocimientos derivados de algunos grupos masónicos y rosa-cruces, desvelan poco a poco, primero solo como descripciones y luego como conjunto de dibujos simbólicos (Wegener), el llamado Tarot Egipcio tal como lo conocemos hoy, que aun siendo más reciente en su aparición pública y gráfica sin embargo en su simbolismo es más cercano al original egipcio, aunque con figuras egipcias influenciadas por el espíritu decimonónico, presentando incluso algunas de ellas claros signos masónicos. (tarots 3,16,19,22)

Es importante subrayar que en las primeras descripciones del Tarot Egipcio se señala la existencia de una relación estrecha con la Astrología, como veremos más adelante, aunque los símbolos astrológicos utilizados solo en parte están en relación con los símbolos astrológicos utilizados en el Egipto antiguo (época ptolomaica), sin embargo la idea general, el sentido interno de su orden y disposición sí que tienen una relación directa.

Los tarots considerados hoy en día por los tarotistas como primitivos u originales (Mantegna, Visconti-Sforza, el de los Bohemios, el de los Marselleses, etc.), son posiblemente malas copias parciales del verdadero y además han perdido la conexión astrológica. Existe actualmente una gran profusión de diferentes tipos de tarots que ha incrementado aún más la confusión sobre su significado, hay tarots con tendencias psicoanalíticas, wiccan, eróticos, artísticos, etc., prácticamente cualquier modelo o forma que se considere negocio ha proliferado a través de Internet.

Pero antes de adentrarnos en su significado, debemos tener en cuenta que el Tarot sigue una secuencia determinada, que es muy importante conocer para poder entender su clave. Aquí es donde la mayoría de las interpretaciones de los tarots modernos e incluso del tatot egipcio cometen errores al determinar el orden correcto de la serie. Este orden viene determinado por las letras y los signos astrológicos que lo acompañan.

Las Letras "Hebreas" del Tarot

Las letras que aparecen en esta versión del Tarot no corresponden exactamente a las formas habituales del alfabeto hebreo, sino que más bien se trata de una variante gráfica difundida en la literatura mágica y ocultista europea. Uno de sus primeros testimonios impresos se encuentra en la obra de Teseo Ambrosio (1469-1540), Introductio in chaldaicam linguam (1539). Posteriormente, Claude Duret las incluyó en su Thresor de l'histoire des langues de cest univers (1613), donde aparecen asociadas a los caracteres mágicos del arcángel Rafael. También figuran en la obra Archidoxis magica, falsamente atribuida a Paracelso y, mucho más tarde, aparece también en la lámina XV de la edición de The Key of Solomon preparada por S. L. MacGregor Mathers en 1888-1889.

Este alfabeto, conocido modernamente como «Alfabeto de los Magos», fue utilizado en determinados círculos ocultistas post paracélsicos para inscribir talismanes y otros objetos a los que atribuían propiedades mágicas. Su presencia en esta tradición permite situar las letras del Tarot dentro de una corriente del simbolismo mágico occidental, aunque no demuestra por sí misma que procedan del antiguo Egipto ni que constituyan una clave original del Tarot.

La identificación de estas grafías resulta importante para el análisis que proponemos. En nuestra interpretación, las letras no son simples adornos, sino elementos que ayudan a establecer el orden de lectura de los arcanos y sus correspondencias simbólicas. Por ello, antes de examinar la secuencia de las cartas, conviene tener en cuenta el alfabeto hebreo convencional y las variantes mágicas que aparecen en las fuentes ocultistas.

La disposición de las letras y su relación con los signos astrológicos constituyen, por tanto, uno de los puntos de partida de nuestra lectura. A partir de ellas examinaremos si es posible establecer un orden diferente del que adoptan muchas de las interpretaciones modernas del Tarot. Estas letras hebreas corresponden a los Caracteres o Letras del Arcángel Rafael o al llamado Alfabeto de los Magos:



Ahora bien, una vez determinado el orden de los arcanos, utilizando como referencia las letras hebreas modificadas, la pregunta que surge es: ¿hay que empezar la serie por la la letra Z o por la letra A?

En el Tarot Egipcio, los dos arcanos que corresponden a esas letras, Z y A (Tzaddy y Aleph) son los siguientes:


Continuará



lunes, octubre 12

ISIS SIN VELO E ISIS VELADA

 

Isis sin Velo e Isis Velada

¿Qué misterio se esconde tras la enigmática sonrisa de la Mona Lisa? Quizá Leonardo da Vinci no pintó simplemente el retrato de una mujer, sino una representación simbólica de la Naturaleza, la eterna Isis Velada. A través de los elementos ocultos en el paisaje y de su posible simbolismo alquímico, exploraremos una interpretación fascinante: la de una Naturaleza que levanta lentamente su velo ante los ojos de quien ha dedicado toda su vida a descubrir sus secretos.

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Se ha especulado mucho sobre el significado de la Mona Lisa y de otros cuadros famosos de Leonardo da Vinci. Incluso se ha querido identificar su rostro con el del propio Leonardo. Claro que, si uno se empeña, hasta el rostro de Lenin, bigote incluido, puede parecérsele.

El misterio está en saber por qué Leonardo no quiso desprenderse de la Mona Lisa. Es razonable pensar que no se trataba simplemente de conservarla para venderla a mejor precio, sino de que aquella obra tenía para él un valor especial, quizá un significado que solo él comprendía. Para explorar esta posibilidad, debemos preguntarnos quién era Leonardo y qué impulsaba realmente su trabajo.

Leonardo era pintor, pero también ingeniero, anatomista, matemático, arquitecto, músico, estudioso de la botánica y dibujante, entre muchas otras cosas. ¿Qué había detrás de esa extraordinaria diversidad de intereses? ¿Qué impulso común lo llevaba a investigar campos tan diferentes?

Lo que unía todas aquellas actividades era su amor por la Naturaleza, por sus misterios y sus secretos. Cada una de ellas constituía una vía para explorar sus múltiples manifestaciones. Su pasión de toda la vida fue, por tanto, la búsqueda incansable de los secretos de la Naturaleza: la búsqueda de la Isis Velada. Y cabe imaginar que, como recompensa a su esfuerzo perseverante, la diosa fue levantando parcialmente su velo y revelando algunos de sus secretos ante los ojos de aquel enamorado investigador.

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El famoso cuadro, tal como ha llegado hasta nosotros, presenta unos elementos del paisaje que merecen nuestra atención. A ambos lados de la figura se distinguen unas formas que podrían interpretarse como restos de dos columnas laterales. En el paisaje del fondo, a la izquierda, un camino serpenteante parece evocar la llamada vía seca de los alquimistas; a la derecha, una cascada de agua podría relacionarse simbólicamente con la vía húmeda. La "vía seca" en la Alquimia se refería a una metodología alquímica más rápida que utilizaba el fuego a altas temperaturas, mientras que la la "vía húmeda" era la metodología más tradicional, utilizando agua y otros disolventes, camino que era más seguro aunque mucho más lento.

Las flechas señalan también las zonas en las que, según esta interpretación, quedarían vestigios de las columnas.

En las dos versiones que mostramos a continuación, esos elementos arquitectónicos parecen más visibles. La primera corresponde a una versión conservada en la Walters Art Gallery; la segunda, a otra versión atribuida a uno de los discípulos de Leonardo. La comparación entre estas imágenes permite apreciar mejor las diferencias y los detalles que sustentan esta lectura.

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Desde esta perspectiva simbólica, podemos contemplar a la dama de la Mona Lisa como la Isis Desvelada, la eterna compañera de Leonardo, la Naturaleza que, tras haber mantenido ocultos sus secretos, deja entrever algo de su misterio al investigador incansable. Su velo parece reposar suavemente sobre el hombro izquierdo, mientras su enigmático rostro se revela ante quien ha dedicado su vida a buscar la verdad que se esconde tras las apariencias.

Así, la Mona Lisa se convierte, para nosotros, en una imagen del encuentro entre el buscador y la Naturaleza: Isis, que vela sus secretos, pero que también permite descubrirlos a quien persevera en su búsqueda.


jueves, octubre 8

El Monte Meru - La Isla Sagrada III

 


Cuando observamos la representación tradicional del monte Meru rodeado por los siete dvīpas, surge una pregunta inevitable: ¿por qué esta cosmografía hindú recuerda tanto a la descripción de la Atlántida de Platón? En ambos casos encontramos un centro sagrado rodeado por tierras y aguas dispuestas en círculos concéntricos. ¿Se trata de una simple coincidencia, de un arquetipo simbólico común o del recuerdo de una tradición mucho más antigua?

El Monte Meru - La Isla Sagrada III

En la serie de artículos que hemos comenzado (ver enlaces más abajo), hemos intentado desarrollar una serie de ideas encadenadas en torno a los mitos de la Isla Sagrada, la Isla Imperecedera y el Centro, según los conceptos tradicionales. También hemos analizado estas mismas ideas en relación con el simbolismo del Paraíso, tal como aparece en la Biblia.

Si el Centro, como esquema fundamental, aparece repetidamente en las tradiciones humanas, ¿estamos ante una simple coincidencia mitológica o ante la expresión de un arquetipo universal.

Hemos visto que estos conceptos, aunque diferentes entre sí, pueden aparecer vinculados y asumir significados diversos: geológico-históricos, míticos, religiosos y simbólicos.

Cabe preguntarse cuál es la utilidad o el significado de estos estudios, especialmente en momentos tan críticos como los que vivimos, cuando la humanidad corre el riesgo de perderse de nuevo en conflictos interminables.

Cada uno de nosotros, desde un punto de vista personal, trata a lo largo de su vida de recoger principios que le den sentido. Al mismo tiempo, como el mundo que nos rodea también influye en nuestras opiniones y decisiones, queremos entender qué mecanismos han guiado hasta ahora a la humanidad. En otras palabras, tanto en lo individual como en lo colectivo, queremos saber quién soy o quiénes somos; de dónde vengo o venimos, y hacia dónde voy o vamos.

¿Y en qué confiar? ¿En qué asentar mis creencias, si quienes saben niegan a los otros, que también saben? Entonces solo me quedan dos herramientas. En el plano personal, la búsqueda de la sabiduría; es decir, aprender a vivir de la mejor manera, no en el plano material, sino como un ser verdaderamente humano, con todos mis defectos, pero con la certeza de que puedo mejorar.

Por otro lado, fuera de mí, puedo confiar en el estudio comparativo: recoger lo que dicen las religiones y cuentan las tradiciones, las opiniones de las personas más sabias y lo que la historia humana conserva en sus diversas fuentes. Y, como una especie de Sherlock Holmes, investigar: seguir los vestigios, las señales, a veces casi secretas, que pueden conducirnos hacia alguna forma de verdad. No a una verdad absoluta, porque en este mundo nada lo es, sino a una verdad quizá parcial, pero válida para el momento en que me encuentro. Así podré proseguir el camino que la vida pone ante mí, con cierta certidumbre acerca de la dirección que debo tomar.

Por tanto, querido y paciente lector, permíteme proseguir con este estudio comparativo. Las muchas voces del pasado, los símbolos y las creencias universales son nuestra mejor guía para acercarnos a la verdad. No creas a nadie a ciegas, pero escucha a todos: como aquel investigador de novelas, quizá encontremos alguna verdad que llevarnos al alma.

Y quizá sea precisamente en torno a la idea del Centro donde estas antiguas imágenes comiencen a revelar una estructura común. El Centro puede ser, como ya hemos visto, una isla, una montaña, un jardín, una ciudad sagrada o un lugar situado más allá del mundo conocido. Cambian los nombres y las formas, pero permanece una misma intuición: existe un lugar que no es simplemente un punto geográfico, sino el lugar desde el cual el mundo adquiere orden y sentido. En la tradición de la India, una de las expresiones más poderosas de esta idea es la del Monte Meru.

El Monte Meru

Generalmente, en casi todas las civilizaciones, encontramos uno o varios lugares sagrados asociados a montañas o colinas sagradas. Desde las leyendas artúricas y su Monsalvat hasta las grandes construcciones sagradas de los egipcios, las pirámides, cuyo nombre egipcio "mer" se refería precisamente al "lugar de ascenso". Curiosamente en la India el "lugar alto", la "altura primordial", se denomina Meru.

Esta es quizá la clave general, todos esos templos sagrados de la antigüedad son expresiones del Centro mítico, y al mismo tiempo son el lugar de ascenso, de conexión con lo superior.

También encontramos esta idea en Jerusalén. Según la tradición islámica, Mahoma inició desde el lugar ocupado hoy por la Cúpula de la Roca su ascensión (Mi'raj) a los cielos.

Para la tradición judía, ese mismo espacio posee una importancia extraordinaria: el Monte del Templo está asociado al lugar del Santo de los Santos y a la Piedra Fundacional, considerada en determinadas tradiciones como el punto a partir del cual se inició la creación y sobre el que se establecía la conexión entre el mundo terrestre y el divino.

Se repite cada vez el mismo patrón, un determinado lugar en la Tierra que se convierte en el Centro desde el cual se establece una relación con lo alto.

Quizá no sea casual que este simbolismo se encuentre tan profundamente arraigado en nuestra imaginación. Construimos templos en lugares elevados, levantamos torres y cúpulas hacia el cielo y, cuando dirigimos una oración hacia lo divino, con frecuencia elevamos también nuestra mirada.

En la tradición hindú y budista de la India, el mundo se organiza precisamente alrededor del monte Meru —la «montaña» o «altura»—, llamado también Sumeru, «la Montaña Sublime». La mitología y la simbología que lo acompañan son demasiado complejas como para hacer aquí un análisis exhaustivo. No obstante, podemos intentar sintetizar en unas pocas ideas sus significados fundamentales.

Según las descripciones tradicionales, existen siete continentes o dvīpas —continentes-islas— dispuestos concéntricamente alrededor del monte Meru, y cada uno de ellos está circundado por un océano. El continente central es el único que está rodeado por las aguas saladas de un océano. Este detalle es importante, porque en determinadas interpretaciones se relaciona con la Tierra propiamente dicha. Se denomina Jambudvīpa.


Pero Jambu es también el nombre de un gigantesco árbol mítico situado en el centro, cuyas ramas y frutos aparecen relacionados, según determinadas versiones, con siete grandes ríos sagrados. Más adelante volveremos sobre este detalle, porque encontraremos en él una interesante correspondencia con el ser humano.

Los otros seis continentes-islas se disponen alrededor, separados entre sí por océanos de naturaleza simbólica. Así encontramos Plakṣadvīpa, rodeado por un mar de azúcar; Śālmaladvīpa, circundado por un océano de vino; Kuśadvīpa, por un océano de mantequilla clarificada; Krauñcadvīpa, por un océano de leche cuajada; Śākadvīpa, por un océano de leche; y, finalmente, Puṣkaradvīpa, rodeado por agua dulce.

Resulta evidente que no estamos ante una descripción geográfica convencional. La propia naturaleza de estos océanos —azúcar, vino, mantequilla, leche cuajada, leche y agua dulce— nos advierte de que estamos entrando en un lenguaje simbólico.

De hecho, cabría preguntarse si las descripciones sobre Poseidonis, el último resto del continente atlante, hacen referencia también a la geografía mítica hindú. Sabemos que Platón recurre a esta leyenda sobre Poseidonis para poder hablar indirectamente sobre la Atlántida. Los conocimientos sobre geografía sagrada eran considerados secretos, solo accesible durante las iniciaciones. Así Platón nos comunica una tradición con palabras veladas. Además, hay que tener en cuenta que la representación de Jambudvīpa que se suele hacer, como la que aquí presentamos, esotéricamente no corresponde a la realidad, porque de los los 7 continentes representados, dos de ellos, , todavía no han aparecido: Śākadvīpa y Puṣkaradvīpa. En realidad solo serían 5. En todo caso, llama la atención estas dos descripciones, de Poseidonis y de los 7 continentes, que además de ser peculiares tienen una extraordinaria semejanza y algunas resonancias míticas.


Las diferentes tradiciones tampoco presentan una imagen completamente uniforme del monte Meru. Algunos textos puránicos lo relacionan con la región del polo norte; otros lo presentan como el centro del primer continente que aparece después de la consolidación de la Tierra. En el Sūrya Siddhānta, por otra parte, encontramos una concepción en la que Meru atraviesa simbólicamente el eje de la Tierra, elevándose hacia el polo norte como montaña de los dioses y prolongándose hacia el sur como una región asociada a las potencias inferiores o demoníacas.

Si añadimos a esto las enormes dimensiones que determinadas tradiciones atribuyen al monte Meru —hasta 450.000 kilómetros de altura en algunas interpretaciones—, cuando el diámetro polar de la Tierra es de unos 12.714 kilómetros, la desproporción resulta tan extraordinaria que difícilmente puede interpretarse como una descripción física ordinaria. El simbolismo numérico vuelve a adquirir aquí una importancia particular: 450 contiene nuevamente la cifra 9, número que aparece repetidamente asociado a determinadas estructuras simbólicas de la cosmología tradicional.

Todo el conjunto parece estar construido deliberadamente como un lenguaje simbólico: los siete continentes, su disposición concéntrica, los océanos de naturaleza extraordinaria, el monte situado en el centro, su proyección hacia las regiones celestes y su correspondencia con las regiones inferiores.

A pesar de de ello, hasta hoy día no han cesado las especulaciones acerca de su posible localización física. Hay quienes creen que se trata del monte Kailasa, otros que su altura indica en realidad un parámetro para su localización, etc.

Pero ¿qué representa realmente este Centro?

H. P. Blavatsky nos proporciona una pista particularmente significativa:

«El Polo Norte, el país del «Meru», es la séptima división, por corresponder al Séptimo Principio (o cuarto metafísicamente) del cálculo oculto, pues representa la región de Âtma, del alma y de la Espiritualidad puras». (La Doctrina Secreta ed. español, II, 403).

Aquí aparece una clave fundamental. El «país de Meru» deja de ser exclusivamente una región de la cosmografía tradicional y adquiere una correspondencia directa con el ser humano. Meru, asociado al séptimo principio, Ātman, pasa a representar la región superior de la constitución humana: aquello que trasciende los niveles inferiores de la conciencia.

La correspondencia resulta especialmente interesante porque las tradiciones sitúan también las raíces de Meru en el centro del mundo, en relación con el eje terrestre. De este modo, volvemos a encontrar la misma estructura que ya habíamos observado al hablar de la Isla Imperecedera.

En otras palabras, el simbolismo del Monte Meru, está relacionado de manera íntima con el ser humano, con el Centro simbólico del ser humano, y también con el Centro Mítico y Místico de la Tierra: la Isla Blanca, o Nevada, "Sveta-dwipa":

El Centro aparece simultáneamente en tres planos.

  • Existe un Centro cósmico, alrededor del cual se ordena el universo, del que todavía no hemos hablado.

  • Existe un Centro terrestre, representado por la región primordial, la Isla Sagrada o Imperecedera, que ya hemos descrito.

  • Y existe finalmente un Centro humano, que corresponde al eje interior alrededor del cual se organiza la conciencia, del que hablaremos en la próxima entrega.

El Monte Meru sería, por tanto, algo más que una montaña. Es la imagen vertical de ese Centro: el eje que une los diferentes planos de existencia.

Comienza a hacerse visible estructuras simbólicas más complejas, dentro del propio ser humano, en el Centro Mítico Espiritual, e incluso en los planos superiores de los que la humanidad depende.

Pero eso quedará para la próxima entrega.

Continuará

Próximo artículo: Sveta-Dvipa, Antaskarana, Shukra y Venus, los Manasaputras.

Enlaces a los artículos previos de esta serie:

La Isla Sagrada y la Isla Imperecedera - I

La Isla Imperecedera II - La Deriva Continental

¿Cómo era la Tierra hace 300 millones de años? - La Isla Imperecedera III

La Isla Sagrada II - el Axis Mundi

El Arquetipo del Centro , la Isla Sagrada y el Paraíso


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