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MEDICINA PARA UNA VIDA PLENA

miércoles, septiembre 30

El Arquetipo del Centro , la Isla Sagrada y el Paraíso


¿Y si la expulsión del Paraíso no hubiera sido un castigo, sino el comienzo de la aventura humana? Desde el antiguo símbolo del Centro, el relato de Adán, Eva, la Serpiente y el descenso a la Tierra puede adquirir un significado muy diferente. Tal vez la humanidad no perdió simplemente un paraíso: tuvo que abandonarlo para conquistar la inteligencia, la libertad y el conocimiento que le permitirían regresar algún día al Centro, ya no como una criatura inocente, sino como un ser consciente de sí mismo.

El Arquetipo del Centro, la Isla Sagrada y el Paraíso

El arquetipo del Centro y la Isla Sagrada se relaciona también con la existencia de una época, un lugar o un estado primordial: un paraíso, un espacio donde todo era posible y al que quizá pudiera retornarse míticamente.

Este Centro se identifica asimismo con un lugar acotado, sagrado, santificado. La palabra paraíso, de origen persa antiguo y relacionada con la tradición zoroástrica, designa precisamente un lugar cercado: un jardín entre muros, un recinto delimitado.

En los mitos bíblicos, este lugar es visitado por una divinidad, uno de los siete Elohim de la tradición bíblica. La aparición del ser humano es el resultado de la tierra y el agua, es decir, del barro, al que se insufla el aliento vital, neshamah, y no el espíritu, que corresponde a ruach. Se trata de un primer proyecto de ser humano, inocente y desprovisto de conocimiento: un ser dotado de una inteligencia todavía elemental y, aparentemente, desprovisto de sexo. No era todavía hombre ni mujer.

En una segunda etapa, los Arquitectos del ser humano, según la lectura exotérica de la Biblia, le proporcionan una compañera. De aquí se deriva todo un entramado teológico y social, porque el «hombre» pasa a considerarse lo primario, mientras que la «mujer» aparece como algo derivado.

Sin embargo, esta no es necesariamente la única lectura que permite el texto. Eva —o Heva, la madre de los seres— no fue hecha de una «costilla de Adán», como se nos enseñó durante siglos. La propia anatomía humana demuestra que el hombre no tiene una costilla menos que la mujer, a pesar de aquella antigua enseñanza que muchos aprendimos en el colegio.

El texto hebreo habla más bien de una separación o división a partir del tsela (צֵלָע), término que puede significar «costado» o «lado». Desde esta perspectiva, del Adán primordial, dividido por su costado, surgirían Eva, el "Adán femenino", y por otro lado el Adán masculino. Es decir ambos sexos constituyen el segundo Adán, o Humanidad, pero ahora dividida en sexos.

Y hay otro detalle significativo. Según el relato bíblico, Dios les proporcionó también unas vestiduras. En la interpretación que aquí nos interesa, la palabra utilizada puede relacionarse con la idea de piel (עֹור,ʿor),pero también significa "luz", de modo que aquel ser humano, todavía casi una entelequia luminosa, se va materializando progresivamente y adquiere una envoltura externa que rodea su cuerpo: la piel, es decir la adquisición de corporeidad física.

Esta humanidad, ahora dividida en sexos separados, necesitaba albergar una inteligencia superior, propiamente humana. Y aquí aparece la Serpiente, que en esta lectura no es simplemente la tentadora, sino la que propone de una apertura de la conciencia. La manzana —convertida posteriormente en símbolo del conocimiento y de la sabiduría— aparece junto al Árbol del Conocimiento.

La tradición esotérica, precisamente habla de un descenso gradual del ser humano, desde un estado semietéreo hasta un estado físico, y también describe la división de los sexos de manera progresiva también. Esta misma explicación la encontramos en el llamado "Dulva" del Canon del Budismo Tibetano, donde se describe una humanidad celeste e inocente, que poco a poco desciende en grado de materialidad y de egoísmo.

No obstante, este descenso y posterior perdida del paraíso no tendría por qué interpretarse como un castigo, tal como propone la lectura religiosa exotérica, sino como una consecuencia kármica de las decisiones que condujeron a los seres humanos hacia la conquista de su propia inteligencia y de su espíritu. Es el camino en el que todavía nos encontramos.

Si algo merecieron nuestros primeros ancestros, no fue el título de «pecadores originales», sino quizá el de orgullosos, desafiantes y aventureros héroes que se lanzaron a la conquista de sí mismos y del conocimiento que, según la propia tradición, habría de hacerlos superiores incluso a los ángeles.

La salida del Centro en este caso percibida simbólicamente como la pérdida de un paraíso, de una infancia de la humanidad en la que caminaba junto a los dioses.

La expulsión del Paraíso era, desde esta perspectiva, una necesidad kármica: un alejamiento necesario del Centro para entrar en la experiencia humana. Era necesario nacer lejos de la protección primordial para adquirir experiencia, conciencia y, finalmente, la capacidad de regresar por nosotros mismos.

«Desciendan del Paraíso [y habiten la Tierra]», dice el Qur'an. El término árabe utilizado en el texto coránico para esta orden es ihbiṭū (اهْبِطُوا), que significa literalmente «descended», «bajad» o «descended desde un lugar elevado hacia otro inferior». El verbo habaṭa expresa precisamente la idea de descender, bajar desde un lugar elevado.

No obstante, nuestros heroicos padres fueron anatematizados, presentados como merecedores de todas las penalidades y enfermedades. Pero ¿se puede aprender algo sin abandonar alguna vez la protección de nuestros padres? ¿Acaso no hemos hecho todos lo mismo?

¿No hubo un momento de tu infancia en que comenzaste a guardar secretos, en que ocultaste ante tus padres algunos de tus pensamientos y de tus acciones? Ese es, simbólicamente, el momento que la Biblia describe cuando Dios busca al hombre y este ya no aparece, porque se ha escondido.

Pero también es el momento de la rebelión que hizo surgir el pensamiento libre: el primer paso del ser humano hacia la libertad plena y hacia la conquista del derecho a regresar a aquel Paraíso, al Centro del que surgió, pero ahora llevando consigo la experiencia, el conocimiento y la sabiduría adquiridos durante su largo viaje.

No se trata, por tanto, de regresar al Paraíso como el niño que nunca lo abandonó, sino de regresar como un ser humano plenamente consciente, capaz de entrar de nuevo en el Centro por sus propios medios. Un ser que ya no necesita la protección de los dioses porque ha aprendido a caminar junto a ellos.

Y quizá este sea el verdadero sentido de la antigua promesa: regresar al Centro, no para recuperar la inocencia perdida, sino para conquistar una sabiduría que nos permita superar incluso aquello que fuimos al principio.


¡Ex Oriente Lux!

¡Ex oriente lux!

Ex Oriente Lux, «la luz viene de Oriente». Una antigua expresión que puede leerse también como un símbolo de la transmisión de una sabiduría que, en distintos momentos de la historia, parece reaparecer para iluminar el pensamiento humano. Del Renacimiento al Rosacrucismo, de la revolución científica al Iluminismo, cada nueva luz transforma el mundo, pero también proyecta sus propias sombras. ¿Estamos entrando ahora en otro de esos momentos de transformación? Y, si es así, ¿estaremos preparados para reconocer la luz cuando vuelva a aparecer?

Con esta exclamación saludaban los romanos al Sol y, con el tiempo, la expresión pasó a utilizarse con el significado de que toda iniciativa profunda del espíritu y del pensamiento procede de Oriente.

Para quienes creemos en la existencia de un cierto orden universal, de unos lineamientos generales a través de los cuales la humanidad, en su conjunto, se desarrolla, surge una pregunta inevitable: ¿por qué razón «aquellos que saben», los responsables de esa evolución humana, no han revelado al mundo la verdad desnuda, de manera que la oscuridad de la ignorancia pueda disiparse bajo el impulso de la luz y del conocimiento?

Creo que la razón radica en que este mundo es dual en su constitución. Nuestra mente también lo es y, por ello, es incapaz de concebir lo Absoluto. Cada vez que intenta definir algo, aparece inmediatamente su concepto contrario. O, como dirían los chinos, «no hay yin sin yang».

Cualquiera puede comprobar esa dualidad en sí mismo. Basta con intentar pensar en el Uno Absoluto y, cuando crea haberlo conseguido, observar que ese Uno se destaca sobre un fondo oscuro. Es decir, ya no es un Uno Absoluto, sino Uno y Dos al mismo tiempo.

Por consiguiente, cualquier «verdad» dada al mundo nunca podrá ser absoluta, sino relativa. Y, además, por estar inmersa en la dualidad del mundo, esa verdad, por luminosa que sea, tendrá necesariamente una sombra.

Así, tras cada avance humano aparece también el dolor y la revolución, resultado del abandono del mundo viejo, que se resiste al nacimiento del mundo nuevo. De esta manera podemos entender las palabras de uno de esos cientos de Mensajeros:

«He venido a traer fuego a la tierra, y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! Pero tengo que pasar por la prueba de un bautismo, y ¡cuánta angustia siento hasta que se cumpla! ¿Creen ustedes que vine a traer paz a la tierra? ¡Les digo que no, sino división! De ahora en adelante estarán divididos cinco en una familia, tres contra dos, y dos contra tres. Se enfrentarán el padre contra su hijo y el hijo contra su padre, la madre contra su hija y la hija contra su madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra».

Lucas 12:49-59

Cuando las nieblas de la Edad Media comenzaron a disiparse, la nueva Luz intentó liberar a la humanidad de las pesadas cadenas del mundo viejo, de una Iglesia corrompida y del oscurantismo medieval. Al principio, de forma velada, aparecieron pequeños grupos que estudiaron en secreto las ciencias y recuperaron tradiciones que habían quedado abandonadas. Aparecieron también rebeldes que comenzaron a poner en duda incluso el significado de unas Escrituras consideradas hasta entonces inviolables.

Y, una vez más, esa luz oriental brilló en Occidente durante el siglo XVII. Sus agentes ocultos, nunca descubiertos, dieron la llamada de alerta a los despiertos de Europa. Aparecieron entonces los primeros textos rosacruces, entre ellos la Fama Fraternitatis, es decir, el Manifiesto de la Fraternidad:

«...para que en parte renueven y transformen todas las artes (que en nuestra época son tan imperfectas y defectuosas); de manera que así, por fin, el hombre pueda comprender su propia nobleza y valor, y por qué se le llama microcosmos, y hasta dónde se extienden sus conocimientos de la naturaleza... creemos firmemente que si nuestros hermanos y padres hubiesen vivido bajo la clara luz que ahora nos ilumina, habrían tratado con menos miramientos al Papa, a Mahoma, a los escribas, artistas y sofistas, y habrían demostrado ser más activos no sólo con suspiros y con el deseo de que terminen y se consuman...»

Su simbolismo, relacionado con la Rosa y la Cruz, se remonta a épocas más remotas. En el tríptico bizantino Harbaville, del siglo X, aparecen la Cruz y la Rosa, aunque otras fuentes sitúan este simbolismo en épocas aún más antiguas, incluso entre los etruscos.

Triptico Harbaville - Wikipedia


La misma Fama Fraternitatis reconoce al famoso médico y alquimista Paracelso como uno de sus predecesores. Robert Fludd, médico de tradición paracélsica, astrólogo y místico inglés, utilizó también este símbolo.


La Rosa Da Miel a las Abejas (Rober Fludd)

Esta extraña orden o fraternidad se proponía, además de revivir ciertos conocimientos místicos, la reforma integral de las ciencias, del conocimiento efectivo del mundo, con el propósito de mejorar las condiciones tanto materiales como espirituales.

Se trataba, en definitiva, de una profunda y universal reforma del ser humano.

Pronto siguieron otros manifiestos: la Confessio Fraternitatis y Las bodas alquímicas de Christian Rosacruz. Muchos se adhirieron a este programa revolucionario; algunos incluso se declararon rosacruces en sus escritos, como fue el caso de Robert Fludd, Michael Maier y Thomas Vaughan.

Poco a poco, la acción de esos misteriosos orientales se desarrolló a lo largo de aquel siglo y del siguiente, dando lugar a un tremendo impulso en las ciencias y a una lucha constante contra el oscurantismo, a través del trabajo conjunto de alquimistas, masones e investigadores independientes.

Templo Rosacruz - Templo en movimiento, sin lugar y sin época

Este movimiento desembocó en la aparición de los primeros movimientos masónicos operativos, que tanta influencia tendrían durante los siglos XVIII y XIX en las reformas sociales y políticas de todo el mundo.

La Fraternidad Rosacruz sirvió de inspiración a grupos de astrónomos, matemáticos y filósofos naturales —Kepler, Rheticus, John Dee, Tycho Brahe, etc.— y dio origen al llamado «Colegio Invisible», considerado precursor directo de la Royal Society inglesa, fundada en 1660, cuyo nombre completo es The Royal Society of London for Improving Natural Knowledge, una de las sociedades científicas más antiguas del mundo.

Entre sus presidentes estuvo Isaac Newton, quien escribió más sobre alquimia que sobre la ley de la gravitación universal.

Todo este movimiento de avance cultural y científico, esta luz que precisamente llegó a denominarse «Iluminismo», generó también sus propias sombras. Estas se manifestaron, desde entonces, en la Revolución Francesa y en todas las revoluciones que siguieron sacudiendo Europa, América, Asia y África hasta nuestros días.

Gran parte de las tendencias desarrolladas tanto en el terreno de la ciencia como en el sociológico y el religioso son resultado del desarrollo de las filosofías iluministas y de sus predecesoras renacentistas.

La sociedad que nos rodea, los movimientos políticos, filosóficos y sociales y, en última instancia, nosotros mismos, estamos influenciados por los grandes temas de las filosofías posteriores al movimiento rosacruz, a través de sus múltiples expresiones y desarrollos particulares.

Ahora hemos llegado a otro gozne de la historia.

Nuestros esquemas sociales, nuestras democracias, nuestros sistemas educativos, las relaciones familiares y nuestras formas de trabajo, todo ello volverá a verse envuelto en luchas y transformaciones profundas.

Ante la ola que se avecina y que barrerá este mundo caduco y viejo, que ya no puede dar más de sí, tenemos que plantearnos seriamente nuestra propia identidad, tanto en lo individual como en lo colectivo.

Identidad como afirmación profunda de lo que uno es. E identidad también como reconocimiento de aquello que compartimos, de aquello a lo que pertenecemos: lo idéntico y lo esencial.

Una identidad que debe servir como un fuerte mástil, bien enraizado, al que podamos aferrarnos ante las tremendas olas de Acuario que se avecinan.

¿Somos herederos de ese mensaje luminoso que se proyectó y se proyecta sobre nosotros, o somos los hijos oscuros de sus sombras?

Esos orientales desconocidos, que nunca fueron realmente orientales ni occidentales, ni del norte ni del sur, porque están más allá de todas esas divisiones, una vez más arrojarán su luz sobre nosotros: la luz de la lucha y del despertar.

¿Estaremos preparados para recibirla y transmitirla?

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sábado, septiembre 26

Las Matemáticas de la Creación y el Retorno

Las Matemáticas están en la misma raíz de la Creación. Su aspecto simbólico es un mapa básico, que expresa tanto el desarrollo del Cosmos, como la del Espíritu del ser humano, porque de hecho es también un mapa de la Mente Universal, por un lado, y de nuestro propia mente por otro lado.

 

Las Matemáticas de la Creación y el Retorno


Imagine por un momento que se encuentra en medio del Desierto Blanco de Egipto, cerca del oasis de Farafra. Ante sus ojos se extiende una llanura infinita de arena y formaciones calcáreas donde no existen marcas, plantas ni piedras que sirvan de referencia. Viajando en un jeep, la sensación que se experimenta es que el horizonte permanece fijo, invariable, las arenas alrededor parecen no moverse. Es una experiencia de balanceo constante, similar a navegar en bote en un mar donde el horizonte es imperturbable e inalcanzable. En esa inmensidad, el ser humano experimenta una pérdida total de orientación; sin puntos de apoyo, la conciencia se desvanece en lo ilimitado.

Esta sensación de desamparo ante el infinito es el reflejo de nuestra búsqueda milenaria de orden frente al caos. Para los antiguos egipcios, la respuesta comenzaba con la "Ceremonia de la Extensión de la Cuerda", un ritual sagrado para delimitar el terreno y trazar los límites exactos de una manifestación, un templo, convirtiendo el espacio amorfo en un lugar de encuentro entre lo humano y lo divino. Hoy, aunque usemos la ciencia para medir el cosmos, el propósito sigue siendo el mismo: encontrar el Lenguaje Universal del Misterio. Los números no son meras herramientas para contar objetos, sino símbolos metafísicos que narran nuestra evolución desde el vacío hasta la plenitud del espíritu.

Acerquémonos a estos misterios a través de algunas palabras y de algunas imágenes que llamen a nuestra intuición. ¿Preparado para el Viaje?

El Big Bang no fue una explosión, fue una expansión de conciencia

La ciencia moderna nos habla de un origen hace 13.770 millones de años, partiendo de un punto que no era punto, sino un "punto sin dimensiones". Sin embargo, para el simbolismo comparado, este tránsito del Cero al Uno es el paso de lo Absoluto a la Unidad Creadora.

Para comprender el Cero, debemos evitar el error de considerarlo una "nada" absoluta; es, más bien, el concepto anglosajón de "No-Thing" (No-Cosa). Es una realidad, pero sin atributos definidos, similar a la "Materia Primordial", es decir la "Madre" (Mater), que en el Génesis bíblico se describe como el "Tohu va-bohu": el vacío-oscuridad inicial donde todo está en potencia pero nada ha "ex-sistido" (es decir nacido en el mundo del ser).

La tradición esotérica explica que el universo es una expansión de una ilusión provocada por el movimiento de un "punto indivisible". Imaginemos una pantalla de televisión de hace unos años o un monitor de constantes vitales de un hospital : las imágenes se forman a partir de un solo punto de luz que se mueve tan rápido que crea la ilusión de formas complejas, e incluso mundos enteros en el caso de la televisión. De la misma forma, el cosmos es la inflación a partir de ese punto original. Dicen las Estancias de Dzyan, tradición budista tibetana muy antigua:

"La última Vibración de la Séptima Eternidad palpita a través del Infinito. La Madre se hincha y se ensancha de dentro afuera como el Botón del Loto. Cunde la Vibración, y sus veloces Alas tocan al Universo entero y al Germen que mora en las Tinieblas; las Tinieblas que alientan sobre las dormidas Aguas de la Vida." (Estancias de Dzyan)

De la Dualidad a la Ogdóada

La aparición del Punto, la existencia primera, genera la dualidad: lo que es punto y lo que no es punto, lo que es arriba y abajo, derecha e izquierda, arriba y abajo. La Dualidad hace su aparición, el ritmo yin-yang de todas las cosas, que según el Tao Te king dió origen a los 10000 seres, es decir la multiplicidad de la existencia dentro de la Unidad. Pasamos así del 1 al 2, y de estos fructifican todas las cosas.

Dicen los textos sagrados hindúes que en 3 zancadas (Trivikrama) Vishnú mide y abarca el universo entero, desplegando su manifestación. La dualidad se multiplica en tres pasos, para formar la Ogdóada, símbolo del Cubo del Universo.


En la ciudad egipcia de Jemenu (Hermópolis), conocida como la "Ciudad de los Ocho", se custodiaba el misterio de las fuerzas previas a la creación. Antes de la primera montaña sagrada, existieron cuatro pares de deidades acuáticas que representaban las bases "cúbicas" del mundo: Nun y Naunet (aguas inertes), Huh y Hauhet (extensión infinita), Kek y Kauket (oscuridad) y Amun y Amunet (lo oculto).

Este orden sagrado no es exclusivo de Egipto. En la antigua China, el emperador legendario Fu-Xi, descrito como un Naga o iniciado serpiente, descubrió los 8 trigramas sagrados (Bagua) grabados en el lomo de un dragón-caballo que surgía del río Amarillo. Estos 8 signos representan, como señalamos más arriba, la dualidad Yin-Yang multiplicada hasta generar la estructura de los "10.000 seres". El número 8 nos enseña que toda manifestación posee un orden y una jerarquía a la que incluso los dioses deben ceñirse; es el puente entre el caos primordial y la estructura del mundo material.

Tu mente es un motor de tres tiempos (Voluntad, Sabiduría e Inteligencia)

El número 3 rompe la parálisis de la dualidad. Es la "Tríada Creativa" que permite la auto-observación. Para entender que esto no es poesía, sino una realidad psicológica, consideremos el experimento de una persona privada desde nacimiento de sentido táctil de sí mismo (como en la enfermedad de tabes dorsal), y además: sin vista ni oído; las palabras "arriba" o "dentro" perderían sentido. Sin embargo, incluso en ese vacío, persistirán tres fenómenos observables:

  1. Voluntad-Ley (Atma): La fuerza que canaliza el pensamiento, evitando que la mente caiga en ideas circulares o divagaciones.

  2. Sabiduría-Intuición (Budhi): La capacidad de hallar soluciones súbitas y claras que no provienen del razonamiento lógico.

  3. Inteligencia-Mente Superior (Manas): La facultad de observar el proceso de pensamiento desde fuera. Es el "yo que observa" frente al "yo que piensa", una instancia más noble y objetiva.

Estos tres aspectos del Logos son los motores que permiten al ser humano dejar de ser un autómata y comenzar a dirigir su propia evolución.

4, el "Cuadrado Fértil" y la trampa de las cuatro dimensiones

El número 4 representa la base de la manifestación física a través de los cuatro elementos: Tierra (lo sólido), Agua (la energía vital), Aire (las emociones) y Fuego (la inteligencia racional). Estos elementos forman el "Cuaternario Humano" o la personalidad.

Sin embargo, este cuaternario constituye un "yo ilusorio". Al igual que el punto que recorre la pantalla de televisión crea una imagen que desaparece al apagarse el aparato, nuestra personalidad es un resultado geométrico de estos cuatro factores. Si la salud física (Tierra) se quiebra o las emociones (Aire) se alteran gravemente, el "yo" que creíamos ser se desplaza o se desvanece. Comprender el número 4 es entender que somos, en gran medida, "bio-robots" interpretando un personaje en un escenario limitado por el espacio y el tiempo.

5, el Pentagrama: La crisis de ser un "animal racional"



Al sumar un punto central al cuadrado, surge el número 5: el hombre que despierta su quinto elemento. Los pitagóricos utilizaban la estrella de cinco puntas como símbolo de Hygeia (la diosa de la Salud o Salus), y se saludaban con la palabra "Salud", de donde procede hoy día la palabra “saludar”, vinculando el bienestar físico con la integridad espiritual.



Sin embargo, el 5 es un número de crisis. La inteligencia humana, si no está regida por la ética, se vuelve destructiva. Como advertía Platón, las almas más refinadas son las más fáciles de corromper: un hombre brillante pero sin valores puede usar su mente para el genocidio o la manipulación astuta, ejemplos no nos faltan. En este punto, la inteligencia deja de ser una "estrella de salvación" y se convierte en un "pentagrama invertido" (astucia y vicio). El 5 nos obliga a elegir: ¿seremos un animal sofisticado y depredador, o el "Hombre Estrella" que conecta su mente con el cosmos?

6, la Sabiduría que es un cuchillo que corta ilusiones



El número 6, por su forma, se asocia visualmente con una "mujer preñada", indicando que algo espiritual está gestándose en el interior del hombre que ha superado su fase puramente egoísta. Aquí surge el Sello de Salomón o Sello de Vishnú: dos triángulos entrelazados que representan el equilibrio perfecto entre la tríada espiritual y el cuaternario personal purificado.

La sabiduría en este nivel no es acumulación de datos, sino un proceso dual descrito magistralmente en el budismo:

  • Como Luz: que ilumina la verdadera naturaleza de las cosas tras el velo de las apariencias.

  • Como Cuchillo: Un filo afilado que corta a través de la maraña de impurezas mentales y prejuicios. Es el "conocimiento aplicado" que permite al buscador actuar con justicia en el mundo, discriminando lo falso de lo verdadero a través del entrenamiento espiritual.

El Misterio del 9 y el eterno retorno



El número 9 es el límite absoluto de la serie numérica simbólica. A través de la "suma teosófica", el 9 revela una propiedad fascinante: cualquier número sumado a él, al reducirse, vuelve a sí mismo (ej. 4+9=13 -> 1+3=4). Este número rige los grandes ciclos cósmicos o Yugas de la India, cuyas cifras siempre se reducen a 9:

  • Satya Yuga: 1.728.000 años (1+7+2+8 = 18 -> 9)

  • Treta Yuga: 1.296.000 años (1+2+9+6 = 18 -> 9)

  • Dwapara Yuga: 864.000 años (8+6+4 = 18 -> 9)

  • Kali Yuga: 432.000 años (4+3+2 = 9)

El 9 representa a las jerarquías más elevadas, los Sanat Kumaras o "Jóvenes Vírgenes", quienes velan por la evolución humana. Es el punto donde el final del ciclo toca el inicio, recordándonos que el tiempo es circular y que cada "muerte" es la semilla de un nuevo comienzo en una octava superior.



En última instancia, el camino de los números es el mapa de nuestro regreso a las estrellas. Como enseñaba San Pablo en 1 Corintios 15, existe un cuerpo corruptible (la personalidad limitada al 4) y un cuerpo incorruptible o espiritual (el "Huevo Áurico" o el 8/9). Nuestra personalidad es solo el actor en el escenario; el espíritu es el actor real que sobrevive a la obra.

La pregunta que nos deja esta matemática sagrada es personal: ¿Seguirás viviendo como un cuadrado limitado por tus circunstancias materiales, o te atreverás a despertar el quinto elemento, el fuego de la mente pura, para convertirte en el actor eterno de tu propia existencia? El universo ya ha trazado sus límites; ahora te toca a ti extender tu propia cuerda.

El Arquetipo del Centro , la Isla Sagrada y el Paraíso

¿Y si la expulsión del Paraíso no hubiera sido un castigo, sino el comienzo de la aventura humana? Desde el antiguo símbolo del Centro, el...