sábado, febrero 29

Conócete a Ti Mismo IV - "El Quinto Elemento, la Épsilon del Mandato Délfico"

El Quinto Elemento, la Épsilon del Mandato Délfico


Observemos de nuevo a la naturaleza, y prestemos atención al hombre. El hombre se destaca del resto del mundo animal de forma clara. Y no se trata aquí de una visión antropocéntrica, sino zoológica: todos los animales ocupan un nicho biológico, sobreviven y ayudan a sobrevivir a otras especies, lo cual es lógico, porque la biosfera es en sí misma un ser vivo, con sus tejidos y órganos complejos, del que la ecología ha hecho objeto de estudio. Este ser vivo, la biosfera, tiene también su propósito, y sus mecanismos de adaptación, que se reflejan en las leyes ecológicas. Las especies que no cumplen esas leyes, tarde o temprano son barridas del mapa de la vida en la tierra. 

Y precisamente el hombre se distingue por una contradicción permanente: a pesar de formar parte de esa biosfera, su comportamiento se ha caracterizado a lo largo de la historia en desligarse de ella, e incluso oponerse a sus leyes. De alguna manera esa independencia con respecto a las leyes naturales, está íntimamente unida a otro factor importante, la capacidad del hombre de acelerar su paso evolutivo, de controlar sus propios procesos evolutivos.

Desde luego que alguien podría señalar que ese comportamiento "antinatural" del hombre, forma también parte de la naturaleza. Pero eso no sería más que un juego de palabras, o bien estamos hablando de dos términos distintos, naturaleza entendida como el “medio natural en la tierra”, y naturaleza como “el fin último o naturaleza universal o sentido de la vida”, que aparentemente puede ser contradictorio con la anterior definición. No obstante, eso sería trasladar a otra dimensión el sentido de lo natural, o sea a lo supernatural, que es precisamente lo que el cientifismo materialista trata de evitar. 

Hay muchas definiciones del hombre, una de ellas dice que lo que realmente caracteriza al hombre es su capacidad de orar, de poseer un instinto religioso. Pero esta afirmación tiene que ser analizada en más detalle. Lo que sí existe claramente en el hombre es una tendencia irresistible al aprendizaje. El deseo de conocimiento es una constante en la historia de la evolución humana, la curiosidad en todas sus formas se manifiesta en el ser humano más que en cualquier otra especie. 

Cuando esta curiosidad aparece en otros animales, ésta pronto cesa al crecer y penetrar en la edad adulta. En el ser humano, biológicamente, esta necesidad de establecer mecanismos sólidos de aprendizaje, se traduce en un periodo infantil más alargado. En el hombre, a diferencia de los animales, no sólo no desaparece con la madurez el deseo de conocimiento, sino que se especializa, se adentra en terrenos aún más abstractos y menos relacionados con la experiencia directa. Del "conoce inconsciente y pasivamente" el mundo exterior, propio de los animales, se pasa al "conoce consciente y activamente" del hombre, y aún más, "conócete a ti mismo conscientemente", propio del hombre filosófo.


El tercer mandato délfico, simbolizado por la Épsilon, o sea el conocimiento de lo celeste o divino, es la búsqueda de un quinto elemento o quintaesencia, de algo más allá de los cuatro elementos constituidos por lo físico, vital, emocional y mental.  El quinto elemento, la épsilon de Delfos, supone la aparición, aunque solo sea en potencia, de algo nuevo, que por su propia dinámica exige su propio desarrollo y perfección. Ese es el factor inicial que pone en movimiento a los otros componentes del ser humano. Precisamente la presencia o introducción de ese factor quinto es la que produce disturbio e inquietud, es lo que inspira y lleva a la búsqueda de un nuevo punto de equilibrio, que ya no es el equilibrio de los 4 elementos, sino otro basado en un principio superior.

El hombre cuaternario se inscribe en el cuadrado material.
El hombre superior que despierta el quinto elemento o quintaesencia
se inscribe en el círculo de los celeste
Un hombre que sólo fuese cuaternario, no poseería ningún factor extra que le impulse a la búsqueda de sí mismo, ni su yo podría tener otro objetivo más allá de su supervivencia material. Ese quinto factor en potencia es el que llama desde el interior, el que nos obliga a la introspección, y que exige ser conocido, y para ello tenemos que ascender la montaña de nuestra personalidad para encontrarnos en las alturas con ese "cielo", el quinto elemento o quintaesencia del ser humano. 

Ahora bien, si el ser humano es fundamentalmente mental, ese "cielo" tiene que poseer de alguna manera una característica que lo liga al conocimiento, el apetito insaciable del ser humano, pero un tipo de conocimiento que está relacionado con el auto conocimiento, con la conciencia de sí mismo. 

Si definimos la sabiduría animal o natural como un conocimiento integrado en una práctica, una sabiduría vital que conduce a la supremacía evolutiva, a la supervivencia del más fuerte, a menos que ese conocimiento de sí mismo no se lleve también a una conclusión práctica, el hombre permanecerá en un estado intermedio de desequilibrio, pues ni será un ser cuaternario, ni tampoco un ser quinario y completo. Ese desequilibrio, ese malestar vital es el que necesariamente empuja al hombre para superarse y encontrar un plano superior de equilibrio.

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