Es invierno. Fuera de la cueva todo está cubierto de nieve. Los pequeños se refugian junto a su madre, bajo mantas de piel, en lo más profundo del refugio. Tras abrigarte con gruesas vestimentas, tomas el hacha y la lanza y, sin apenas mirar atrás, sales a enfrentarte a la naturaleza. Apartas el cabello desordenado que cae sobre tu frente y observas, hasta donde te alcanzan los ojos, el horizonte hostil. Allí está la comida; allí está la posibilidad de sobrevivir un día más, quizá unas lunas más. Pero también están los lobos, tan hambrientos como tú, los osos pardos —poderosos y peligrosos— y los precipicios sin fondo junto a los cuales tendrás que avanzar sin resbalar y caer en la sima profunda. El viento furioso puede dejarte helado en cuanto te detengas.
Tu presa, esos enormes mamuts, a pesar de su tamaño se mueven con agilidad; son astutos y peligrosos. La última vez, cuatro de los que integraban la partida resultaron heridos; tres murieron entre grandes dolores y congelados. Tú sobreviviste, pero te cuesta mover las piernas, y la herida persistente del brazo casi te impide levantar el hacha. Aun así, hay que sobrevivir a toda costa. Lanzas una última mirada triste hacia la cueva desde la distancia, porque presientes que no volverás...
