sábado, noviembre 20

La Voz del Silencio 05

La Voz del Silencio 05 - Los Tres Vestíbulos

Caminante del Cielo

Hoy trataremos del paso final de los 3 Vestíbulos. 

Supuestamente ya nos hemos asentado en el Vestíbulo de la Sabiduría, que en su “nivel básico” consiste en desechar primero los conceptos erróneos del Vestíbulo de la Ignorancia, ya comentados, y además dejar de lado las falsas espiritualidades y espejismos del Vestíbulo de la Instrucción. Éste último es muy difícil de superar dado que en el mismo texto se dice que hay una serpiente enroscada detrás de cada flor de aroma estupefaciente. Tras caer embriagado por su aroma, o sea sus falsas expectativas, las creencias que nos hace creer más grande que los demás y separados, son los halagos pseudo-espirituales que hacen que nos olvidemos que hay una serpiente agazapada esperando para atacar. Y puesto que no se trata de una sola flor sino de un floreciente jardín de engaños, la consecuencia es que hay muchas flores donde adormilarse y caer, y las peores y más peligrosas son aquellas en las que la serpiente enroscada en su tallo no sólo nos muerde y envenena sino que además penetra en nuestra sangre y toma posesión de nosotros mismos, convirtiéndonos en discípulos del lado oscuro y en torres infinitas de vanidad y orgullo.


Si, a pesar de todo, conseguimos superar ese “nivel básico” de entrada en el Vestíbulo de la Sabiduría, nos tocaría entonces entrar en el “nivel avanzado” que nos permitiría pasar a la otra orilla, pero es algo aún más difícil porque este nivel superior requiere algo insólito, algo doloroso y fundamental: aniquilar el yo (¡?).


“Si desde el Vestíbulo de la Sabiduría pretendes pasar al Valle de Bienaventuranza, cierra por completo tus sentidos, discípulo, a la grande y espantable herejía de la separatividad (a) que te aparta de los demás.”


“No permitas que tú, «Nacido del Cielo» (b), sumergido en el mar de Maya, te desprendas del Padre Universal (ALMA) (c)...” 


En las doctrinas de los grandes Arhats, o primeros seguidores del Buda, tales como Aryasanga o Nagarjuna y la escuela Yogacharya, a la que pertenece este texto, se explica que existe una naturaleza fundamental en cada uno de nosotros, es lo que se denomina La Naturaleza o Fuente del Buda, o Budhadathu, o sea la semilla o embrión del Buda o iluminación que está presente en todos los seres humanos.



Estas escuelas enfatizan en muchos casos la necesidad de trabajar primero con el concepto de “vacío” del yo (sunyata), o sea que lo que llamamos el yo no es más que un devenir, algo compuesto y sin verdadera esencia autónoma.  Discutir este punto sería algo bastante complicado, por eso me ciño a experiencias y conocimientos propios más sencillos:


(b) Efectivamente, somos originados por el cielo, somos “Nacidos del Cielo”, como dice el texto, somos un rayo que es aparentemente individual, y que proyectado sobre este mundo lleva impreso una semilla o embrión de la iluminación final. No obstante, en origen todos somos una Luz Única, pero en su descenso al atravesar el espacio-tiempo, o sea la materia multiforme, la luz parece dividirse en innumerables reflejos, que parecen vivir durante cierto tiempo como si fuesen entidades individuales. Por tanto no existe una “individualidad” real o “yo” autónomo, sino que es un “yo proyectado”, como un rayo perdido que va saltando de piedra en piedra, de hierba en hierba, conforme  la pantalla del mundo gira y se mueve. 


(a) Lo que realmente existe es una Unidad Fundamental, aunque polifacética, de la que todos formamos parte, y el “yo verdadero”, que no es de este plano, es un yo “combinado” (porque sin dejar de ser yo, es al mismo tiempo un yo y tú, y él…y... nosotros ) no es de este mundo, sino que sólo se proyecta sobre el plano material dando lugar a un “yo ilusorio” y “separado”....


Este yo ilusorio es el que nos hace daño, porque tememos y sufrimos por su causa, deseamos cosas para él, seguimos sus indicaciones y necesidades, en definitiva estamos condicionados por ese falso yo. Su existencia misma es el resultado de la “herejía de la separatividad”, porque es la fuente de todo egoísmo, de todo odio, de toda vanidad, e incluso llegamos a creer que también es nuestra alma eterna que también se proyecta sobre otra vida, sobre otro plano. En realidad, todo sufrimiento parte de ese instinto de autoprotección de ese falso yo. Hay que liberarse del mismo, trabajar sin angustia, hay que intentar, aunque sea muy difícil, ser cada día un poco menos yo y ser Nosotros un poco más.


“...antes  bien, deja que el ígneo Poder se retire al recinto más interno, la cámara del corazón y morada de la Madre del Mundo.”


“Entonces, desde el corazón aquel Poder ascenderá a la región sexta, la región media, el lugar situado entre tus ojos, cuando se convierte en el aliento del ALMA UNA, la voz que todo la llena, la voz de tu Maestro.”


El yo ficticio es el que afirma su existencia a costa de cortar los lazos con el Alma Universal, perdiéndose así entre los vericuetos del mundo externo e ilusorio, donde busca apoyarse y proyectarse en una existencia que piensa que es eterna pero que solo es perecedera. Entonces el texto nos dice que en vez de proseguir en esa lucha vana, debemos refugiar nuestra conciencia en el centro mismo que es el corazón:


El corazón es el centro de la Conciencia Espiritual, de la misma manera que el Cerebro es el centro de la Conciencia Intelectual. Pero esta Conciencia Espiritual no puede ser guiada por una persona, ni  puede tampoco ser dirigida por él, hasta que esté completamente unida con Buddhi-Manas (El Yo Espiritual) (H.P. Blavatsky)


En pocas palabras, el corazón como conciencia tiene muchos significados, pero lo que podemos entender es que posee una relación especial con el Verdadero Centro del Ser. Por eso cuando afirmamos algo fuertemente lo hacemos golpeando la región del corazón, o bien decimos “lo digo de corazón”. No nos golpeamos la frente, ni decimos te lo digo desde mi cerebro (¡¡¡)  Del Centro del Corazón nace el deseo de eternidad y la pena y dolor por las caídas en el sendero, y del Corazón surge también ese sentimiento que nos une a los demás, la Concordia o el corazón con corazón. Un misterio, pero es así.


Desgraciadamente, este sentimiento tan maravilloso del corazón, que nos une a los demás, que nos conecta empáticamente con todo lo superior, con la Verdad, la Belleza, con lo Justo y Bueno, es inconstante. Este corazón humano es veleidoso y frágil. Pero en el Centro del mismo, ayudándose de la pureza el discípulo sabio, encuentra éste su refugio, crece y concentra allí el fuego misterioso llamado el “Poder” y “Madre del Mundo” (Kundalini), el poder que brilla en los ojos, y que por medio de la voluntad pura ascenderá hasta la región sexta, o región del Ojo Espiritual, al que los egipcios llamaban Ojo de Ra y que situaban en el entrecejo, que es donde radica el Ojo que puede ver el Interior, que puede ver el Interior de Todo, y que puede ver al Maestro, que eres Tú Mismo.


“Sólo entonces podrás tú convertirte en «Paseante del Cielo», que camina con el viento por encima de las olas, y cuyos pasos las olas no alcanzan.”


Continuará

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