viernes, abril 8

Simbología Numérica 4 - El Cuadrado Fértil

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EL NÚMERO 4

En la entrega anterior vimos cómo los pitagóricos expresaron la generación de los números simbólicos (no confundir con los aritméticos que usamos cada día) por medio de la llamada Tetractys.

El desarrollo simbólico-numérico comienza en la unidad y desde ahí llega a completar su base con el número cuatro. Todos esos números en conjunto suman 10, que corresponde al final de un ciclo numérico y comienzo de otro. Usando la llamada “suma teosófica” podemos ver como la nueva serie es repetición en otro nivel de lo mismo, así:

Primera serie: 0,1,2,3,4,5,6,7,8,9

Segunda Serie:

10 = 1+0 = 1

11 = 1+1 = 2

12 = 1+2 = 3

13 = 1+3 = 4 … etc.

Tercera serie

20 = 2 + 0 = 2

21 = 2 + 1 = 3

22 = 2 + 2 = 4… etc.

La Tetractys llega a su base con el número cuatro. Precisamente ahí se termina el simbolismo de los números más metafísicos, y comienzan los números más relacionados con el mundo, aquellos que tienen que ver con la creación y evolución de lo creado, hasta volver a su origen. Pero no nos adelantemos.

ANTIGUO EGIPTO: CREACIÓN Y NÚMEROS

Los egipcios entendían también los comienzos como una secuencia numérica más o menos explícita. Así en sus teogonías, las secuencias generativas de los “dioses” representaba en realidad el nacimiento de todo lo manifestado desde la Oscuridad de las Aguas Primordiales del Nun. Digamos que era el “Big Bang” a la egipcia.

Estas Aguas Primordiales del Caos, contenían oculto en el interior, o sea no manifiesto pero en potencia, un dios, o quizás sea mejor decir un concepto: Atum, una palabra que curiosamente en la lengua egipcia significa al mismo tiempo TODO y NADA.

Su jeroglífico muestra un sol, naciente o poniente, junto al trineo que conduce a través del desierto los restos funerarios.

Es el recorrido de la vida hasta el lugar de la muerte, a su paso por este desierto, hasta llegar a las cámaras funerarios donde desaparecerá de la vista de todos, como el mismo sol: el Todo de los comienzos de la creación y el Nada cuando se sumerge en las aguas para desaparecer, según dice el Libro de los Muertos Egipcio “como una serpiente desconocida”.

Pero antes de que veamos cómo comenzaron las cosas, tendremos que imaginar el silencio que precede a su manifestación, es el silencio que todos podemos experimentar agazapados en la noche y esperando el amanecer junto al desierto:

“La Forma Una de Existencia, sin límites, infinita, sin causa, se extendía sola en Sueño sin Ensueño; y la Vida palpitaba inconsciente en el Espacio Universal, en toda la extensión de aquella Omnipresencia que percibe el Ojo Abierto de Dangma.”

“Las Estancias de Dzyan”, Cosmogénesis.

¿Pero qué es lo que impulsa a manifestarse a Atum en su papel de iniciador de Todo?: Jepri, el dios escarabajo y término que procede de una raíz que significa “Venir a la Existencia”, el escarabajo egipcio es símbolo de la evolución del tiempo, y del nacimiento y movimiento de la conciencia. Ha sonado la hora, el tiempo se ha puesto en marcha y este ciclo de creación ha comenzado.

“La última Vibración de la Séptima Eternidad palpita a través del Infinito. La Madre se hincha y se ensancha de dentro afuera como el Botón del Loto. Cunde la Vibración, y sus veloces Alas tocan al Universo entero y al Germen que mora en las Tinieblas; las Tinieblas que alientan sobre las dormidas Aguas de la Vida.”

“Las Estancias de Dzyan”, Cosmogénesis.

Entonces Atum, “El que existe por sí mismo”, porque es increado, se pone en movimiento se transforma, y a través de su conciencia solar, Ra, pasa a ser Atum-Ra, el Uno, “El Poderoso Señor del Cielo y de la dos Tierras”, como reza el jeroglífico:

De las mismas entrañas de las aguas del Nun surge entonces el Sol, empujado por la Necesidad del Tiempo, navegando sobre la Barca de los Millones de Años y dando origen a la Enéada entera, los 9 dioses que junto al “Desconocido” conforman el número perfecto.

Pero no vayamos tan deprisa, la Evolución tomó millones de años, y nosotros nos tomaremos solo unos minutos, merece la pena. Primero surgió el número Dos, la Dualidad: Shu, la luz de Ra y el fuego, y Tefnut, la humedad y oscuridad, conforman así el Yin y el Yang de la creación, como dirían los chinos. Ambos, junto a Atúm-Ra, forman el Tres inicial.

De estos dioses primordiales se genera otra pareja que completa los 4 elementos: Nut, el cielo y el aire, y Geb la tierra. Así se llega al número cuatro, base de toda manifestación: Tierra, Agua, Aire y Fuego. Sólo un paso más y llegamos a los Cinco dioses que están en contacto con los humanos: Osiris, Isis, Nephtys, Seth y Horus el Mayor. Pero eso lo dejamos para otra ocasión

En la Antigua China, el “Camino del Cielo”, el Tao, es aquello que está más allá de lo que se puede explicar. Dice el sagrado libro, el “Tao-Te King”:

“El Tao que puede ser expresado no es el verdadero Tao. El nombre que se le puede dar no es su verdadero nombre. Sin nombre es el principio del universo; y con nombre, es la madre de todas las cosas…”

Todas estas teogonías comienzan de la misma manera, con el Oscuro Abismo inicial, el Tohu va-bohu de la Biblia, oscuro porque la mente humana no puede captarlo. Desde ahí surgirá la semilla, que dará origen a todas las cosas.

Esa semilla, el Uno siempre en movimiento, se expande en el dos, se combina para formar el tres, y ahora forma el 4: Es el Uno siempre presente, quien en su movimiento incesante genera el 4 a partir del 3:

Esa misma proyección ilusoria del punto, como el que se mueve en una pantalla del televisor, es lo que crea la ilusión de todo lo existente.

Cuando se establece el Cuatro, aparecen los 4 Constituyentes básicos, las Cuatro Modalidades que los clásicos atribuían a los Elementos Madre de todo el Universo.

Tierra, como representante de todo lo sólido, de todo lo que la Ciencia moderna conoce, lo que está en la base de los átomos, de las partículas subatómicas, de los elementos químicos, que no hay que confundir con estos Elementos Madre, formando así toda clase de compuestos.

Agua, como representación de todo el movimiento que subyace en la Vida, la Energía pura, en sus múltiples manifestaciones.

Aire, aquello que expande o contrae al ser, lo que le permite elevarse o caer emocionalmente, lo que respira o espira, el movimiento en las tres dimensiones, y también todos los sentimientos y sensaciones. En definitiva todo lo que conlleva el “Ánima”, de la que nada carece, ni los animales, ni los vegetales, ni los átomos, aunque en estos últimos solo en embrión.

Fuego, como la raíz “penúltima” que organiza inteligentemente el mundo, es la base de toda idea que genera las formas, desde el pensamiento hasta la racionalización de las intuiciones que llegan desde el Espíritu, y que sin la ayuda de este fuego mental, quedarían reducidas a impulsos sin sentido.

Cuatro son también las direcciones del Espacio en el que la manifestación se asienta y en las que nos movemos, y 4 son las Dimensiones en las que habitamos, y en el 4 toma asiento lo espiritual, pues en caso contrario éste no podría manifestarse. Así nace uno de los símbolos más antiguos que conocemos de la cultura egipcia: la Pirámide, o sea el Tres o Espíritu en el Cuatro del Mundo.

Y cuando la pirámide como símbolo se refiere al ser humano, se transforma entonces en la piedra Ben Ben,

La pequeña pirámide que corona los obeliscos, sobre la que se posa el Ave Celeste Egipcia, el Bennu, que como el Kalahamsa de los hindúes o como el Fénix de los griegos, se asienta en sus interminables ciclos sobre el mundo, haciendo que el Ternario Espiritual tome de nuevo asiento en los seres humanos y a veces, en las épocas doradas, en los pueblos.

Así el Tres se manifiesta en el 4, fertilizándolo y formando el sagrado emblema de la Pirámide, que es el mismo Hombre consagrado, y sin cuya presencia sólo seríamos animales que se arrastran sobre su cuaternario inferior.

Continuará

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