domingo, abril 17

Simbología Numérica 5 - El Número del Retorno

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CINCO el Número del Retorno

En la serie numérico-simbólica que estamos viendo, la esencia de la misma no son los números como tales, sino los pasos simbólicos que estos representan.

La serie que comienza en el 1 vuelve de nuevo al comienzo tras llegar al 9, o sea retorna al 0, aquél número que no es número, aquello que no es cosa y que está presente en toda ecuación.

Es una serie “evolutiva” cuyo punto central es el número-símbolo 5. La primera parte de la serie, del 1 al 4, representa la manifestación del universo, desde el Big Bang hasta los 4 Elementos y las 4 dimensiones (espacio + tiempo), mientras que la segunda parte de la serie, del 5 al 9, representa el retorno al origen.

El número 5 se origina por la aparición en el centro del Cuaternario de un punto central director y dinámico, aquello que no sólo lo convierte en cinco, sino que también marca el Retorno del Ser humano hasta su origen, como veremos.

En el famoso templo de Delfos, inscrito en su frontal, aparecía la famosa frase "Conócete a Ti Mismo", acompañada del consejo moral de "Nada en Exceso", y finalmente encima de éstas la letra "Épsilon" (Ε, ε) o número 5, representando ese punto dinámico o factor superior que rige todo el proceso humano de autoconocimiento y autocontrol.

Todo el conjunto evolutivo, la manifestación que parte el Big Bang ha ido desarrollando energía y materia en expansión continua. Desde el punto de vista de la evolución en nuestro planeta, la Tierra, se caracteriza por la aparición de formas atómicas elementales y los minerales, y luego por la aparición de los complejos orgánicos de la vida vegetal, animal y finalmente el hombre.

Ahora bien, si en vez de fijarnos en las formas externas que la Vida adopta, nos enfocamos en el desarrollo de la consciencia e inteligencia, diremos que el mundo atómico-mineral no posee una consciencia independiente, no observamos reacciones evidentes de ello, salvo la consciencia-mecánica frente a otros elementos o cuerpos.

Si por consciencia entendemos según la RAE «la capacidad del ser de reconocer la realidad circundante y de relacionarse con ella», entonces un imán que se acerca a una partícula de hierro, hace que ésta, siguiendo las leyes a las que está sometida, reaccione siendo atraída. A esto es a lo que me refiero como consciencia-mecánica.

Si avanzamos hacia el mundo vegetal, hay una consciencia que le permite conectarse con otros vegetales. Hoy sabemos que muchas plantas, a través de sus raíces conectan con otras, conformando así auténticos tejidos vegetales subterráneos, es una consciencia que en las plantas más evolucionadas, como los árboles, hace que dirijan sus ramas hacia el cielo, intentado desplegarlas hacia la dimensión aérea. Es una consciencia semiautomática, casi igual que la de los minerales, sólo que es más compleja. Velemir Ninkovic de la Universidad de Ciencias Agrícolas de Uppsala fue quien primero describió este fenómeno. Las plantas se comunican entre sí a través del suelo y emiten señales cuando están sometidas a un fuerte estrés.

“Hay una inteligencia, una sabiduría, una protección que se transmite de una generación a la otra. Estas plantas están conectadas en el tiempo y en el espacio, y a través de las generaciones”

Suzanne Simard, profesora de ecología forestal, Universidad British Columbia

Pero la dimensión aérea realmente es la posesión y la conquista del Reino animal, en el que la consciencia del sí mismo se va haciendo cada vez más evidente y por tanto la aparición progresiva del egoísmo, del tu y el yo como contraposición. Este reino posee en todo su esplendor una consciencia clara del espacio, a través del cual se mueve, salta, corre y vuela.

En el ser humano aparece, además del conocimiento de las tres dimensiones del espacio, el conocimiento del tiempo: la consciencia se expande hacia atrás y hacia adelante, hacia abajo a su forma física, y hacia arriba a lo espiritual. Este conocimiento del tiempo, le hace ver las consecuencias de los actos y su proyección en el tiempo, la muerte y la inmortalidad posible. Todos ellos son factores que tienen que ver no sólo con la consciencia sino además ahora con la conciencia moral. Ambas consciencia y conciencia se confunden hasta en los términos y definiciones.

¿Qué ha ocurrido en el ser humano? ¿Es la mera acumulación de masa cerebral la que ha dado el salto evolutivo? Para algunos científicos la conciencia humana es sólo un paso más en la línea evolutiva. Para el pensamiento clásico, del Norte y del Sur, del Este y del Oeste, desde hace milenios, se constata que en el ser humano ha aparecido algo nuevo, algo que no es meramente la acumulación de lo anterior.

Desde el Big Bang, simbólicamente y utilizando el lenguaje de los “ignorantes” (¡?) sabios de la antigüedad, la evolución ha ido desde el elemento Tierra (lo material y denso, base de todas las estructuras materiales), pasando por el elemento Agua (la vida, la energía, en todas sus manifestaciones, el mundo vegetal siendo su paradigma), el Aire (el mundo animal y emocional, la aparición de los sentimientos, sentidos y sensaciones) hasta completarse en el Fuego (la inteligencia superior y el atisbo de espiritualidad)

Sólo queda dar el salto al Quinto Elemento, la Quintaesencia, el Éter de los antiguos que los científicos modernos se empeñan en negar, riéndose del concepto y de los “ilusos” filósofos del pasado. En su limitada visión “cientifista” atribuyen este error a los antiguos, cuando el error fue cometido por los científicos materialistas del siglo pasado y el anterior. Y me explico:

Cuando los filósofos, ahora y en la antigüedad, hablaban de Elementos no se referían a los “Elementos Químicos” que hoy todos hemos estudiado en el colegio, pues no somos tan ignorantes. Una cosa es el carbono, el oxígeno, el nitrógeno, etc., etc., que son partículas materiales, y otra bien distinta son los Elementos Filosóficos que no tienen nada en común con los anteriores salvo el nombre, habiendo sido robado éste por los químicos modernos a los filósofos antiguos.

Los físicos, al no encajar sus teorías sobre el movimiento y el espacio, se vieron en la necesidad de postular en el siglo XIX la presencia de un “éter”, una especie de base sutil hipotética, que les permitiría explicar la transmisión de la luz, actuando este éter como materia sutil elástica sobre la que se “deslizaba” o “proyectaba” la luz.

Posteriormente, en 1887, los experimentos de los físicos Albert Abraham Michelson (Premio Nobel de Física, 1907) y Edward Morley probaron que no existía tal éter físico. Bien por ellos. Extraordinario.Demostraron que no existía aquello que los científicos, siempre cambiantes en sus opiniones, habían utilizado hasta entonces como especulación para mantener sus teorías científicas materialistas. Enhorabuena.

Pero eso no les da derecho a los científicos de hoy en día para burlarse del concepto antiguo sobre el Éter, que nada tenía que ver con el de ellos, salvo el nombre. Para los filósofos antiguos, que ante tamaña desconsideración se levantarían si pudieran de su tumba llenos de ira, el Éter era el Padre u origen de los otros 4 Elementos Clásicos, a saber, Tierra, Agua, Aire y Fuego, y no se correspondía con el concepto de los físicos que lo propusieron como solución ni con la negación del mismo por parte de los físicos anteriormente mencionados.

En el artículo anterior vimos el origen del número cinco, el paso desde el 4, fertilizado por el espíritu, al cinco, es decir la aparición de la figura piramidal. Veamos este proceso paso a paso:

El Cuatro en el universo representa las 4 dimensiones, las 4 direcciones, los 4 Elementos Clásicos, el despliegue del Big Bang en definitiva. Pero aplicado de manera más concreta en el ser humano significa el Cuaternario Humano, es decir la integración de todo lo anterior en un ser avanzado.

El ser humano también posee un aspecto material, conformado por toda su anatomía, desde los átomos integrantes de la misma, hasta los tejidos y órganos más sofisticados, como por ejemplo el cerebro. Representa simbólicamente el aspecto “Tierra” del hombre.

También hay procesos energéticos, que incluyen desde las energías electromagnéticas medibles así como otras de naturaleza más sutil que bañan nuestros sistemas orgánicos. E incluso va más allá, pues ese plano energético es donde realmente radica la estructura invisible de nuestro ser físico. Este es el plano Vital-Energético, simbolizado por la palabra “Agua”.

En el ser humano se integran además todos los aspectos que están presentes, aunque menos sofisticados, en el mundo de las emociones, sentimientos y sensaciones animales. Por su naturaleza expresiva, que se refleja incluso en la forma en que respiramos, en la actitud encogida o expansiva de nuestra psicología e incluso en nuestro cuerpo físico, se asemeja pues a ese plano aéreo o “Aire” donde se expresan todos nuestros sentimientos y emociones.

Por último, la inteligencia con todos sus atributos, que incluye la percepción de sí mismo, del mundo alrededor, el razonamiento, los aspectos intuitivos, la elaboración del tiempo y la previsión del futuro, aparece de manera clara y definida en el ser humano, y sólo parcialmente entre los animales. Por su capacidad de clarificar e iluminar, de traer a la compresión y a la vista aquello que está oscuro, se le denomina “Fuego”.

No obstante, el ser humano definido así, no es más que un “animal racional”, carece aún del elemento espiritual que lo distingue plenamente del mundo animal.

Si representamos estos 4 aspectos en un gráfico sería una especie de cuadrado como el siguiente:

La intersección de estas cuatro influencias o elementos, da lugar a la aparición de algo claramente nítido; el “yo personal”.

yo ilusorio

Las enseñanzas budistas explican que nuestra personalidad, la sensación íntima de poseer un yo, es totalmente ilusorio, se fundamenta en cuatro cosas que son evanescentes, cambiantes y carentes de yo o vacías, y por tanto ese yo humano también tiene las mismas características.

Si analizamos con cuidado cada uno de los componentes de la personalidad humana, vemos que desde lo físico hasta lo mental, no hay ninguna forma que haya permanecido igual a lo largo de nuestra biografía y ni siquiera nuestros pensamientos son los mismos. No hay nada de eterno en ello, no hay un “yo” que podamos llamar inmortal e inmutable.

Como prueba de la volatilidad de este yo, bastará con recordar qué nos sucede cuando uno de los elementos que componen este cuaternario es dañado o disminuido, como ocurre por ejemplo tras un accidente físico o una enfermedad que disminuye gravemente nuestro físico:

yo descendido

El “yo ilusorio” entonces se desplaza de su posición central, en otras palabras, la persona influenciada por una disminución física habitualmente cambia su psicología, el concepto que tiene de sí mismo, su confianza, etc. Su yo ha cambiado.

Y si la enfermedad o un nuevo problema hace desaparecer por completo el componente físico, ¿dónde queda el yo? Desaparece porque es el resultado geométrico de cuatro factores, al faltar uno de ellos deja de existir:

Es evidente por tanto que la personalidad, cuya ventura tanto nos preocupa, es una mera ilusión, y proyectarla, tal como es, en un futuro imaginario, en otro plano de existencia o incluso en una vida futura es una ilusión también. Eso sería como si un actor que interpretase un personaje, se encariñase con él, y se imaginase a sí mismo interpretando el mismo personaje en distintos lugares, fuera del teatro e incluso en otra obra de teatro.

Evidentemente, según lo anterior, sí que hay desde luego un actor verdadero, pero no es el que imaginamos, sino que se esconde detrás, muy atrás de nuestra psicología diaria, apenas atisbamos a verlo y sentirlo, raramente si acaso a través de intuiciones pasajeras. El verdadero actor se caracteriza porque no es dependiente de los 4 factores apuntados anteriormente, sino que posee su propia dinámica.

Imaginemos de nuevo el cuadrado como un plano sobre el que se sustenta el yo ilusorio:

Anteriormente vimos que el número Cinco nace de la acción de la Triada o Espíritu sobre el Cuadrado o personalidad:

Yo Superior

Este nuevo yo ( en rojo) no está en el mismo plano, se eleva por encima del cuadrado de la personalidad, o sea no es dependiente del mismo, sino que hay algo que “tira” desde arriba, un quinto elemento activo que lo eleva y le da independencia más allá de los avatares de nuestra personalidad, de las enfermedades,de los desengaños y decepciones, de los fracasos y éxitos. Ese es el yo relacionado con la Quinta Esencia o Ser Verdadero del Ser Humano, el verdadero actor detrás del escenario de nuestra vida.

Esta pirámide constituida por la acción e intervención de un quinto elemento, es el primer paso hacia el Retorno del Ser Humano, es el cambio que marca el paso del hombre cuaternario, o dependiente, al hombre que extiende sus brazos hacia las estrellas, el hombre estrella.

El mismo concepto que tenían los antiguos egipcios cuando decían que el hombre tiene su auténtico ser y alma en las estrellas, y por eso las pintaban en el techo de sus templos, representando el espíritu del hombre dirigiéndose hasta el misterio representado por el dios.

Continuará

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