En los últimos años, el Mindfulness ha entrado con fuerza en el ámbito de la Medicina y de la psicología. Se presenta como una herramienta para combatir el estrés, la ansiedad, la depresión y otros muchos problemas propios de nuestro tiempo. Hospitales, clínicas, centros de salud y consultas privadas ofrecen programas basados en la atención plena, y no faltan cursos y métodos que prometen mejorar rápidamente la calidad de vida.
No cabe duda de que determinadas prácticas de atención y meditación pueden tener efectos beneficiosos sobre algunas personas y en determinadas circunstancias. El problema comienza cuando una práctica que pertenece a una tradición espiritual y filosófica milenaria se separa de su contexto y se convierte simplemente en una técnica terapéutica, un procedimiento más dentro del arsenal de la Medicina.
Una simple búsqueda en Internet acerca del significado de Mindfulness arroja un resultado de 1.430.000.000 de páginas. No hay discusión: es un asunto de moda. Cursos, seminarios, libros, artículos, charlas... todo está lleno de Mindfulness.
Como sucedió en la California del siglo XIX, los buscadores de oro aguzan su olfato, husmean el horizonte, encuentran la palabra mágica y se ponen a montar cursillos de fin de semana de Mindfulness. El éxito está garantizado, porque la inmensa mayoría de las personas:
a) constatan el estado de desamparo psicológico en el que se encuentran, la ansiedad con la que viven y la falta de fines claros;
y además...
b) quieren soluciones fáciles, algo que se pueda aprender en un cursillo de fin de semana o en un libro que prometa un cambio rápido en sus vidas.
Lo peor es que, bajo ese nombre, se esconde algo muy importante, algo muy serio: una posible vía de aproximación a algunos de los problemas y enigmas fundamentales del ser humano. Pero todo eso queda enterrado bajo la bazofia del consumismo rápido, del «Aprenda inglés en 7 días» y del «Método para bajar 20 kg de peso en dos semanas».
Dicen quienes entienden de estas cosas que, «casualmente», cada vez que en la historia se ha abierto una fuente de sabiduría, un impulso civilizador, inmediatamente ha aparecido detrás su sombra oscura, el hermano oscuro, para deshacer toda esperanza de redención para la humanidad doliente.
Las escuelas de filosofía de la Antigüedad clásica, casi inmediatamente, se vieron inmersas en el fango de las llamadas escuelas sofísticas, aquellas que te enseñaban cómo engañar mejor y salir vencedor en cualquier discusión; es decir, cómo quedar bien, más allá de que fuese verdad o mentira.
Los movimientos de inquietud religiosa, filosófica y mística alrededor del siglo I pronto se vieron ahogados por el dogma cristiano, aliado con el poder de los emperadores.
Los ideales caballerescos de la Edad Media, fuente de inspiración noble en la llamada Edad Oscura, pronto fueron apropiados por las órdenes religiosas, que colaboraron en las persecuciones religiosas que acabaron en hogueras.
Así, de la misma manera, los ideales budistas de liberación del ser humano a través de un trabajo lento y seguro de despertar progresivo, a través de muchas encarnaciones, reconociendo la realidad del sufrimiento al que estamos sometidos en este mundo —las Cuatro Nobles Verdades— y señalando el camino para alcanzar la liberación —el Noble Óctuple Sendero—, se han reducido ahora a un manual de instrucciones básicas para llegar al Nirvana: unos ejercicios de respiración y una supuesta concentración.
Nadie podría haber inventado mejor plan para acabar con cualquier deseo sincero de seguir la senda del Buda.
Ya existen indicios, por parte de autores dedicados seriamente al estudio de la psicología, de que determinadas formas de práctica de Mindfulness pueden provocar, en algunas personas, estados reactivos de ansiedad y depresión.
¿Por qué?
Porque la Recta Atención (Mindfulness), la atención progresiva, es un «ejercicio de vida», un método filosófico de liberación personal, engarzado en un conjunto de tradiciones, exégesis, ejercicios, etc., que no pueden ser separados del conjunto moral y psicológico que los cobija y protege.
Es como si, inspirándose en el cristianismo, establecieramos unos cursillos de «Pasión en la Cruz». Así, todo consistiría en concentrarse en el dolor del crucificado, en el ruego ante el Padre celestial y en repetir las palabras «Señor, ¿por qué me has abandonado?» siete veces al día, juntando las manos y mirando al cielo.
¿No sería ridículo algo así? ¿Que creyéramos que, practicando solo eso todos los días, sin consideración por toda la moral y enseñanza cristiana, por toda la visión cosmogónica y teogónica del cristianismo, estaríamos a salvo y nos sentiríamos mejor?
Una antigua enseñanza transmitida por H. P. Blavatsky decía que todo símbolo, todo diagrama, toda idea desgajada del contexto del Todo, de sus conexiones superiores, se convertía fácilmente en magia negra.
Y por «magia negra» no hay que entender a alguien con un sombrero cónico, recitando palabras en lenguajes extraños y trazando círculos mágicos. No. Este es un error común.
La magia es la Magna Ciencia, la capacidad de poner en movimiento muchas fuerzas al unísono, tales como el bien, la justicia, la bondad, la belleza... Esa es la auténtica magia. Es decir, el poder extraordinario que el ser humano encierra y que, conectado e inspirado en el Todo espiritual, trabaja por el conjunto de los seres humanos, es decir, por la totalidad humana, transformándola.
Mientras que, por el contrario, la «magia negra» consiste en utilizar un conocimiento para manipular a otros, y conseguir un provecho propio con fines materialistas.
La práctica de «técnicas» desconectadas de su entorno espiritual y humanista lleva, o bien al fracaso, o bien al deseo de dominio sobre los demás. Así, la psicología, o estudio del alma humana, se convierte en la «psicología aplicada» para controlar el mercado y las masas según la conveniencia de quienes mandan. Otros muchos ejemplos podrían mencionarse.
Por tanto, bienvenido sea el Mindfulness si forma parte del contexto de la milenaria tradición del budismo universal; bienvenida sea la práctica de la Recta Atención. Su aplicación puede constituir una vía de liberación y forma parte del Noble Óctuple Sendero. Pero, para llegar a este sendero, primero tengo que saber profundamente qué es el Sufrimiento, cuáles son las Causas del Sufrimiento y cuál es el Camino que lleva a la Extinción del Sufrimiento.
Creo que esa es una tarea de toda la vida, e incluso de muchas vidas.

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