MEDICINA, ESOTERISMO Y FE
Lo esotérico, o sea, lo realmente oculto, por su propia definición no es accesible, no es comprensible, no está al alcance de todos y, en general, no conviene a quien no está preparado. Por otro lado, esta palabra se ha convertido hoy en una feria de vanidades, engañabobos e histéricos.
Ahora bien, ateniéndonos a la definición y no a la opinión, lo realmente esotérico es aquel conocimiento que subyace detrás de todo lo visible y aparente; es decir, el sustrato aún no conocido, tanto en la naturaleza como en el hombre. Los falsos esoterismos, por el contrario, se ocupan de mostrarnos toda su parafernalia: cuanto más absurdo y estrambótico, mejor.
La difusión de todo tipo de libros, programas de televisión, películas, etc., que utilizan estos conceptos arcanos ha hecho que nos hayamos acostumbrado a jugar con lo sagrado, manoseándolo hasta hacerlo irreconocible. Y por sagrado no me refiero al concepto religioso, sino a ese umbral tras el cual se oculta la realidad última, ante la que todo ser humano inclina su cabeza.
Una pobre e ignorante anciana, en un pueblo perdido, que con intensa humildad reza a un dios para que su familia esté bien y para sentirse cerca de él y seguidora de ese bien, y que además lo corrobora con sus actos, estará más cerca de la verdad que cualquier «esoterista» que suele saber de todo y hacer nada.
Y no es que, según creo, ese dios haya contestado, sino que un poder inmenso, encerrado en el propio ser humano, se desata a través de su acción benefactora y de su buena voluntad.
La medicina, que no es totalmente una ciencia, dada su profundidad y por tratar con el ser más complejo y conocido de la creación, se presta, a diferencia de otras ciencias que sí lo son realmente, a la manipulación y a la superstición. Así ha dado lugar a toda clase de bulos y creencias falsas, cayendo en manos de curanderos e ignorantes aprovechados y atrayendo a pacientes en busca de la vía fácil para escapar de la realidad de sus enfermedades.
Cuando hago esta crítica, muchos pudieran pensar que se trata de la crítica de un escéptico, de un ateo o de alguien sin fe. Y quizás tengan razón, porque si por escéptico entendemos a aquel que, antes de aceptar algo desconocido, historias fabulosas o rumores, prefiere comprobarlos por sí mismo, entonces, desde luego, me declaro culpable: sin lugar a dudas, soy un escéptico.
Si por ateo entendemos una persona que no cree en ningún dios fantoche, ni en ningún semidiós o ser humano al que necesariamente haya que adorar, entonces diré que sí, que soy un gran ateo. Porque en lo que creo, aquello que presiento, es en el gran misterio del Universo infinito, tan grande como el misterio que anida en mí mismo.
También soy un hombre sin fe teológica, porque la clase de fe que tengo es la de esperar que probablemente la corriente del arroyo descienda, como el agua de lluvia, y confío en que la piedra que se arroja contra el cielo finalmente caiga por su propio peso. Esa es la fe que tengo.
Y también he de añadir que, dado que observo el universo que me rodea, y dado que estoy dotado de pensamiento y razón para utilizarlos, y dado que veo vida por doquier, comprendo que hay una Vida Infinita que subyace detrás de todo. Para todo eso no soy escéptico: en todo eso creo y tengo fe.
La medicina, así nos cuenta la historia, surge en la mayoría de las civilizaciones de la mano del misterio, de seres superiores o especiales que dotan al hombre de ese conocimiento. Pronto ese origen misterioso se convierte en un conocimiento reglado, en un intento de observar la naturaleza y extraer conclusiones.
Dice la gran maestra H. P. Blavatsky que la medicina es la más racionalista de las ciencias, porque el médico intenta siempre buscar las causas, las condiciones y las consecuencias de la enfermedad. Así, la medicina surge como una rebelión contra la ignorancia, oponiéndose radicalmente a que la enfermedad sea solo el resultado del destino, del mal agüero o del diablo. No pocos médicos, a lo largo de la historia, tuvieron que vérselas con diversas «inquisiciones», cristianas, musulmanas, orientales y occidentales.
La medicina ocupa, por tanto, un lugar especial entre los conocimientos humanos. Participa de la ciencia, pero al mismo tiempo tiene orígenes misteriosos; trata cuerpos y almas; es crédula y también escéptica; es individualista y, al mismo tiempo, le concierne lo social.
Los buenos médicos también participan de esos elementos: se nutren de la ciencia, pero saben al mismo tiempo que hay un plano profundo en el ser humano en el que intervienen las creencias, el alma, lo psicológico y lo sagrado.
Esa posición intermedia es difícil de mantener. A menudo, el médico pretende ser solo un científico, se vuelve frío y no conecta con el ser humano; es capaz de organizar, cortar y curar el cuerpo, pero este vuelve a caer enfermo porque hay algo dentro que nadie ha curado.
Otras veces se vuelve perezoso, negligente, demasiado «humano», y pierde la capacidad de curar; apenas es capaz de cumplir con protocolos automáticos que casi ni entiende.
Este será el futuro de nuestra medicina «científica»: el «médico hipercientífico» persistirá encerrado en un laboratorio, quizás en una cabina centralizada, desde donde supervisará la marcha de ordenadores de diagnóstico y tratamiento que habrán reemplazado al otro tipo de médico, al negligente y vago.
Los pacientes se limitarán a presentar una tarjeta de identidad, o un chip insertado en el brazo. El laboratorio automatizado tomará unas muestras de sangre y tejidos, procesará unas imágenes digitalizadas y eso será todo. Convenientemente, la cinta transportadora depositará al paciente al final de un frío corredor, donde recogerá su ropa y saldrá a la calle. El tratamiento lo recibirá mediante una comunicación digital. Amazon, o algo parecido, se encargará de enviarle a casa los medicamentos. Si hubiese que operar, los robots estarán preparados.
Y creo que funcionará muy bien... pero solo físicamente.
Del otro lado tenemos a los médicos esotéricos, que solo se entienden a sí mismos, que saltan de una novedad a otra, de un nuevo remedio curalotodo a otro «curalotodo plus», que pretenden ser espirituales pero cobran bien por sus servicios.
Aquí se integran todo tipo de especímenes: médicos alternativos, astrólogos, yerbateros, radiestesistas, practicantes de cirugía espiritual, vendedores de cristales mágicos, hamerianos o quienes atribuyen las enfermedades a los «pecados» de nuestros ancestros, que hay que redimir y perdonar.
Todo esto es una aberración que obstruye y oculta el verdadero esoterismo médico; es decir, la capacidad de ir más allá, profundamente.
Necesitamos un médico nuevo y diferente, que, al mismo tiempo que estudia y está al día en todos los conocimientos científicos y no científicos, se conozca a sí mismo. Y para ello, en primerísimo lugar, es necesario que ese médico sea realmente esotérico; o sea, que sepa profundizar en el interior de su ser, en su propia psicología, en el centro de sí mismo, para curarse así de sus aberraciones y de su ignorancia, de su negligencia y de su falta de empatía con el sufriente.
Ese es el tipo de esoterismo primario que necesitamos los médicos.
Y luego, quizás, después de limpiar el espejo del alma, pudiera ser que encontrásemos tesoros ocultos de energía vivificante, secretos inexpresables que, a través de ese misterio de la simpatía y la solidaridad con todos los seres vivos, nos lleven a curar lo incurable, aliviar siempre, consolar siempre y acompañar en la enfermedad fraternalmente.
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