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La Isla del Buddha

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La Isla del Buddha

La vida transcurre a veces lenta o rápidamente, se desliza silenciosa o ruidosamente, hasta llegar a ese momento en que sabemos que se acerca a su fin. No queda mucho por decir, no queda mucho por hacer… o quizás, por el contrario, haya tantas cosas que gritar en voz viva y callamos, tantas cosas que hacer pero ante las cuales el cuerpo ya no responde.

Todo ser vivo sigue la misma pauta, y a mi parecer también los grupos humanos, como conjuntos vienen en oleadas, en generaciones juntas que nacen, crecen, maduran, dan de sí lo mejor como exuberantes frutos, y finalmente se marchitan, decaen y mueren. Y también ocurre con los Maestros, con las personas que tanto nos han enseñado, se marchan de nuestro lado, y quedamos como huérfanos, tristes y abandonados, melancólicos y a veces temerosos…

Ha ocurrido miles de veces, y seguirá ocurriendo, las oleadas de vida y sus maestros vendrán. Cada uno hará su papel, y luego el telón caerá sobre la escena.

En tiempos del Buddha, quizás para algunos el más grande ser humano que haya existido, también le llegó a Él su momento de partida. Una larga vida de peregrinaje y esfuerzo llegaba a su fin, y a pesar de haber alcanzado el Nirvana, cuando era joven, renunció al mismo, a aquello que todos deseamos, para continuar enseñándonos hasta una edad avanzada. Sus fuerzas decayeron y enfermó. Tras una recuperación transitoria, habló así con su discípulo Ananda:


Poco después que el Buddha se hubo recuperado de su enfermedad, salió de su morada y se sentó a la sombra del porche sobre un asiento extendido. Entonces el venerable Ananda se acercó al Buddha, se inclinó, y se sentó a un lado, y le dijo:

“Señor, es fantástico que el Buddha se sienta ahora confortable y bien. Porque cuando el Buddha estaba enfermo mi cuerpo parecía como si estuviera drogado. Estaba desorientado, y las enseñanzas no eran nada claras para mí. Al menos me consolaba pensando que el Buddha no se extinguirá completamente sin al menos dejar algunas indicaciones a la Sangha, la Asamblea de los monjes mendicantes.

¿Pero qué espera de mí la asamblea de mendicantes? He enseñado el Dharma sin hacer distinción entre enseñanzas secretas y públicas. Cuando se trata de enseñar, el Iluminado no tiene cerrado el puño como un maestro cualquiera. Si hay alguno que piense: “Me haré cargo de la Sangha de los Mendicantes”, o “La Sangha de los mendicantes está destinada para mí”, que haga pues una declaración a la Sangha. No obstante, el Iluminado no piensa de esta manera, entonces ¿por qué debería hacer una declaración con respecto a la Sangha?

Ahora ya soy viejo, soy el mayor y el más antiguo. Tengo una edad avanzada y he llegado a la etapa final de la vida. Ahora tengo ochenta años. Así como un carro decrépito sigue funcionando apoyándose en correas, de la misma manera, el cuerpo del Realizado se mantiene apoyado en correas, o eso podrías pensar. A veces el Realizado, sin enfocarse en ningún signo particular, y con el cese de ciertos sentimientos, entra y permanece en inmersión en el corazón sin dar señales. Sólo entonces el cuerpo del Realizado momentáneamente es aliviado.

Así que Ānanda, sé tu propia isla, tu propio refugio, sin otro refugio. Que las enseñanzas sean tu isla y tu refugio, sin otro refugio. ¿Y cómo puede hacer esto un monje mendicante? Cuando un monje mendicante observa cada aspecto del cuerpo, perspicaz, consciente, atento, libre de deseo y aversión por el mundo. Cuando medita observando cada aspecto de los sentimientos, perspicaz, consciente, atento, libre de deseo y aversión por el mundo. Cuando contempla la mente, observándola perspicaz, consciente, atento, libre de deseo y aversión por el mundo.

De esta manera es como un monje mendicante, se convierte en su propia isla, su propio refugio, sin otro refugio. Así es como la enseñanza es su isla, su refugio, sin otro refugio.

Ya sea ahora o después de que haya muerto, cualquiera que viva siendo su propia isla, su propio refugio, sin otro refugio; con la enseñanza como su isla y su refugio, sin otro refugio, aquellos mendicantes míos que quieran practicarlo estarán entre los mejores de los mejores. [del Mahāparinibbānasutta]


...

Cada minuto que nos queda, cada segundo que palpita el corazón, anuncia la pérdida de nuestro mundo alrededor, que muere con nosotros. ¿A quién acudiré? ¡Ojalá tuviese un Maestro! ¡Ojalá el Maestro siguiese vivo a mi lado!.

Pero si alguno vez estuvo realmente vivo es cuando resonó con tu Voz Interna, con ese otro Maestro que te acompañará hasta el último aliento y aún más. Y los versos, palabras, lecciones de tus Maestros externos hablarán todas al unisono, en tu memoria interna, en tu propia Isla, en la Isla Refugio, en la Cámara Secreta donde se guardan las enseñanzas.

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