domingo, junio 25

La Isla del Buddha

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La Isla del Buddha

La vida transcurre a veces lenta o r√°pidamente, se desliza silenciosa o ruidosamente, hasta llegar a ese momento en que sabemos que se acerca a su fin. No queda mucho por decir, no queda mucho por hacer… o quiz√°s, por el contrario, haya tantas cosas que gritar en voz viva y callamos, tantas cosas que hacer pero ante las cuales el cuerpo ya no responde.

Todo ser vivo sigue la misma pauta, y a mi parecer tambi√©n los grupos humanos, como conjuntos vienen en oleadas, en generaciones juntas que nacen, crecen, maduran, dan de s√≠ lo mejor como exuberantes frutos, y finalmente se marchitan, decaen y mueren. Y tambi√©n ocurre con los Maestros, con las personas que tanto nos han ense√Īado, se marchan de nuestro lado, y quedamos como hu√©rfanos, tristes y abandonados, melanc√≥licos y a veces temerosos…

Ha ocurrido miles de veces, y seguirá ocurriendo, las oleadas de vida y sus maestros vendrán. Cada uno hará su papel, y luego el telón caerá sobre la escena.

En tiempos del Buddha, quiz√°s para algunos el m√°s grande ser humano que haya existido, tambi√©n le lleg√≥ a √Čl su momento de partida. Una larga vida de peregrinaje y esfuerzo llegaba a su fin, y a pesar de haber alcanzado el Nirvana, cuando era joven, renunci√≥ al mismo, a aquello que todos deseamos, para continuar ense√Ī√°ndonos hasta una edad avanzada. Sus fuerzas decayeron y enferm√≥. Tras una recuperaci√≥n transitoria, habl√≥ as√≠ con su disc√≠pulo Ananda:


Poco después que el Buddha se hubo recuperado de su enfermedad, salió de su morada y se sentó a la sombra del porche sobre un asiento extendido. Entonces el venerable Ananda se acercó al Buddha, se inclinó, y se sentó a un lado, y le dijo:

“Se√Īor, es fant√°stico que el Buddha se sienta ahora confortable y bien. Porque cuando el Buddha estaba enfermo mi cuerpo parec√≠a como si estuviera drogado. Estaba desorientado, y las ense√Īanzas no eran nada claras para m√≠. Al menos me consolaba pensando que el Buddha no se extinguir√° completamente sin al menos dejar algunas indicaciones a la Sangha, la Asamblea de los monjes mendicantes.

¿Pero qu√© espera de m√≠ la asamblea de mendicantes? He ense√Īado el Dharma sin hacer distinci√≥n entre ense√Īanzas secretas y p√ļblicas. Cuando se trata de ense√Īar, el Iluminado no tiene cerrado el pu√Īo como un maestro cualquiera. Si hay alguno que piense: “Me har√© cargo de la Sangha de los Mendicantes”, o “La Sangha de los mendicantes est√° destinada para m√≠”, que haga pues una declaraci√≥n a la Sangha. No obstante, el Iluminado no piensa de esta manera, entonces ¿por qu√© deber√≠a hacer una declaraci√≥n con respecto a la Sangha?

Ahora ya soy viejo, soy el mayor y el m√°s antiguo. Tengo una edad avanzada y he llegado a la etapa final de la vida. Ahora tengo ochenta a√Īos. As√≠ como un carro decr√©pito sigue funcionando apoy√°ndose en correas, de la misma manera, el cuerpo del Realizado se mantiene apoyado en correas, o eso podr√≠as pensar. A veces el Realizado, sin enfocarse en ning√ļn signo particular, y con el cese de ciertos sentimientos, entra y permanece en inmersi√≥n en el coraz√≥n sin dar se√Īales. S√≥lo entonces el cuerpo del Realizado moment√°neamente es aliviado.

As√≠ que ńÄnanda, s√© tu propia isla, tu propio refugio, sin otro refugio. Que las ense√Īanzas sean tu isla y tu refugio, sin otro refugio. ¿Y c√≥mo puede hacer esto un monje mendicante? Cuando un monje mendicante observa cada aspecto del cuerpo, perspicaz, consciente, atento, libre de deseo y aversi√≥n por el mundo. Cuando medita observando cada aspecto de los sentimientos, perspicaz, consciente, atento, libre de deseo y aversi√≥n por el mundo. Cuando contempla la mente, observ√°ndola perspicaz, consciente, atento, libre de deseo y aversi√≥n por el mundo.

De esta manera es como un monje mendicante, se convierte en su propia isla, su propio refugio, sin otro refugio. As√≠ es como la ense√Īanza es su isla, su refugio, sin otro refugio.

Ya sea ahora o despu√©s de que haya muerto, cualquiera que viva siendo su propia isla, su propio refugio, sin otro refugio; con la ense√Īanza como su isla y su refugio, sin otro refugio, aquellos mendicantes m√≠os que quieran practicarlo estar√°n entre los mejores de los mejores. [del MahńĀparinibbńĀnasutta]


...

Cada minuto que nos queda, cada segundo que palpita el coraz√≥n, anuncia la p√©rdida de nuestro mundo alrededor, que muere con nosotros. ¿A qui√©n acudir√©? ¡Ojal√° tuviese un Maestro! ¡Ojal√° el Maestro siguiese vivo a mi lado!.

Pero si alguno vez estuvo realmente vivo es cuando reson√≥ con tu Voz Interna, con ese otro Maestro que te acompa√Īar√° hasta el √ļltimo aliento y a√ļn m√°s. Y los versos, palabras, lecciones de tus Maestros externos hablar√°n todas al unisono, en tu memoria interna, en tu propia Isla, en la Isla Refugio, en la C√°mara Secreta donde se guardan las ense√Īanzas.

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