sábado, febrero 19

Manierismo, Barroco y el Final de la Filosofía

 Manierismo, Barroco y el Final de la Filosofía

Lo que indudablemente nos muestra que una sociedad, un individuo, una familia, una empresa, o cualquier otro grupo ha llegado a un punto de agotamiento y falta de creatividad es la repetición de las mismas cosas, la insistencia en el análisis pormenorizado de los conceptos, exprimiendo y retorciendo sus últimos significados hasta llegar al hastío.

Como reacción ante ese agotamiento de las ideas, se banalizan estas, se las decora, se aplaude lo intrascendente, mientras que se saca de la manga un pañuelo de encaje para saludar y reverenciar y con la otra se abre la caja de rapé para estornudar con elegancia.

Así de lo sereno y clásico, de la fuerza diamantina de las ideas claras que penetran en la mente como espadas flamígeras abriendo camino en la oscuridad del ser humano, se cae en la repetición bíblica, en las salmodias, en las ceremonias que ya nadie entiende. Sólo nos queda los formalismos huecos y la pretensión del conocimiento vacío, porque éste ya no impulsa al cambio verdadero ni a la acción redentora.

Así hemos pasado de lo arcaico, a lo clásico, para luego continuar en el manierismo, exageración expresiva de lo clásico, luego lo barroco, que no es más que recargar una y otra vez lo que ya se sabe, y el rococó que es un barroco juguetón y meramente decorativo.

Pues bien, la filosofía no es ajena a todo esto. Siempre, aunque no con este nombre, ha habido hombres y movimientos en busca de la verdad profunda, como reacción ante el asombro de este mundo y ante el sin sentido de la vida y de las cosas que nos rodean, también ante los impulsos del alma que nos arrebatan y que no sabemos de donde proceden. Todos hemos sido y somos filósofos, la filosofía no es una profesión, ni una cátedra. Ese fue el gran pecado de Hegel, que convirtió en profesión lo que había sido hasta entonces VIDA.

Hegel

La filosofía de los clásicos surge bajo la acción de una varita mágica: la inspiración e impulso de las escuelas más profundas del conocimiento, eso que los griegos y romanos llamaban "los misterios", o sea la contemplación de la verdad aunque sólo fuese bajo velos (mystae), y que los antiguos egipcios enseñaban en las llamadas "Casas de la Vida", bajo el patronazgo de Osiris, y que lo antiguos hindúes llamaban la "Gupta Vidya", el conocimiento o visión secreta, y que los chinos ocultaban bajo el nombre de las "Cien Escuelas del Pensamiento". 

Todos esos sabios de esas escuelas internas sólo levantaron una pequeña esquina del Velo de Isis, la Naturaleza Oculta, donando así al mundo algunas ideas básicas, especie de esquemas generales, que luego los entusiastas pupilos elaboraron de mil maneras, como si fuese las variaciones de un mismo tema musical.

Trabajaron con energía sobre estas ideas, con convencimiento, con auténtica vida infundida en eso que dieron en llamar filosofía. ¡Qué nombre tan bello, qué preñado de significados!: "Amante de la Sabiduría", dos palabras que ligaban al ser humano, el amante, con la amada sabiduría. Revolucionaron así el mundo, y hasta hoy podemos escuchar su eco, aunque cada vez más lejano.

Luego los filósofos desaparecieron, quedaron sólo los "de carrera", que se distrajeron en sus propios pensamientos, que llegaron incluso a creer que la filosofía era eso justamente, cosas del pensamiento. ¡Idiotas! La filosofía es cosa del SER HUMANO, que no sólo es pensamiento racional, también es instinto, también es intuición, alma y cuerpo, y universo, y esta vida y la otra. La filosofía es capaz de incendiar tu alma, la mía, y hasta el mundo entero, y eso que ahora llaman así sólo consiste en retahílas de palabras y pensamientos sueltos que no van a ningún lado salvo a morir en una fría cátedra.

Así, tristemente, de lo clásico hemos pasado al barroco, al rococó, al romanticismo, que no tenía nada de romántico salvo la intuición, y al modernismo sin alma.

Lo clásico no era clásico, mil veces tenemos que repetir esto para que no nos confundamos. Lo que hoy llamamos clásico era entonces revolución, y si queremos ser clásicos, lo seremos, pero no ahora sino en el futuro, porque ahora tenemos que ser revolucionarios. Tenemos que plantearnos las preguntas, y sobre todo actuar cuando lleguemos a las conclusiones.

No repitas a Platón, viaja como él hizo hasta la tierra del misterio, y juégatela incluso con los tiranos. No leas libros de Giordano Bruno, sino que enfréntate a las inquisiciones de hoy en día, las que paralizan y secuestran el pensamiento y la acción del hombre libre. Ten el valor como el de los estoicos para encarar la vida burguesa de carril que nos ofrecen, y desprenderte de lo que no es necesario. Predica como Confucio hasta el fin de tus días la verdad de lo que conoces, forma a otros sin que te de vergüenza, porque si te rechazan la vergüenza será de ellos. Atrévete como Spinoza a decir tu verdad y vive una vida acorde a tus ideas. Eso y mil cosas más, pero desde luego lo que nunca debes hacer es sentarte a leer textos de filosofía, subrayar cientos de palabras, y seguir sentado ahí donde estás. No vayas a una "clase de filosofía" sin que te duela el alma o sin que salte del pecho llena de alegría.

Pregunta, si amas, discute si amas, anhela si amas, búscala hasta en tus sueños a ella, la Filosofía.