Hace unos meses suspendí los artículos que escribía con cierta regularidad. ¿Por qué? La situación en el mundo era tan grave —y sigue siéndolo— que me pareció casi una ofensa ante tanto dolor escribir acerca de simbolismo, de historia, de cosmogénesis o de budismo.
De mis Maestros aprendí algunas cosas; una de ellas es denunciar el Mal allá donde exista.
«...Nosotros denunciamos con indignación los malos sistemas y organizaciones, sociales y religiosas y, sobre todas las cosas, la mojigatería y la hipocresía; pero nos abstenemos de censurar a las personas» (Artículo H.P. Blavatsky "¿Es la denuncia un deber?").
Hoy, ante la oleada de crímenes llevados a cabo por regímenes supuestamente democráticos —auténticos crímenes contra inocentes—, nos sentimos impotentes, clamando al cielo por el fin de esta atrocidad. Pero la «prudencia», la «santa prudencia», nos vuelve hipócritas; hace que volvamos la cara hacia otro lado, que retiremos la vista del horror, como si así fuese a desaparecer. En aras de «no molestar» al vecino, tratamos de no pensar en ello y de olvidar el genocidio organizado. Sin embargo, la vergüenza no es nuestra, sino de aquellos que participan, de una u otra manera, en mantener esta situación.
¿Por qué reinicio la escritura en este blog? Porque mi única arma es la palabra, y porque mis Maestros sostenían que la verdadera revolución —la que de verdad cambiaría el mundo— era la revolución del Ser Humano, de su conciencia. Así que seguiré escribiendo sobre sabiduría, sobre filosofía, sobre humanismo, porque quizá a alguien le sirva; y entonces, poco a poco, cambiaremos el mundo, porque nosotros habremos cambiado primero.
Tú, si te llamas filósofo, si te consideras "espiritualista", o seguidor de algún maestro religioso, por favor, no mires para otro lado, porque así traicionas aquello que dices defender. No olvides, y no apoyes a aquellos que lo ocultan.
No voy, por tanto, a levantar pancartas —aunque quizás alguna vez lo haga— ni voy a enzarzarme en discusiones políticas; pero, desde luego, tengo que llamar a las cosas por su nombre. Lo que está pasando en el mundo solo tiene dos palabras que lo califiquen: GENOCIDIO y BARBARIE.
