lunes, diciembre 15

Supervivencia de la Medicina en la Neo-Edad Media

Supervivencia de la Medicina en la Neo-Edad Media

En un artículo anterior, señalamos que tanto médicos como pacientes están sujetos a un sistema que los restringe y frustra.

Si bien existen "islas" dentro de los sistemas de salud que les permiten escapar de esta presión, estas pronto desaparecerán. La llegada de la era de la inteligencia artificial, que introduce rápidamente en los medios científicos, sociales y educativos, ya ha comenzado a interferir en el diagnóstico y la selección de métodos de tratamiento. Aunque se presenta como un mero suministro de información, no debemos olvidar que sirve a los intereses del sistema.

Se ha vuelto común que los usuarios busquen consejo a través de estos sistemas, a los que otorgan gran importancia e incluso reverencia. La formación y preparación en IA para futuros profesionales médicos ya se está incorporando en las facultades de medicina y universidades.

Las presiones socioeconómicas impulsan un sistema en el que los médicos se convierten en recopiladores de datos, modificadores de microtratamientos y proveedores de servicios de IA, especialmente a medida que se imponen "protocolos" globalmente, ahora estandarizados por máquinas inteligentes. Si la enfermedad, el diagnóstico y el tratamiento son puramente mecánicos y físicos, como se percibe hoy en día a los humanos —en esencia, robots biológicos avanzados sin psicología independiente (ya que la psicología/psiquiatría actual se basa en la teoría del origen físico-químico de la enfermedad mental y en la idea de que el comportamiento solo es modificable mediante entrenamiento conductual y medicación)—, entonces tendría todo el sentido que se crea que la inteligencia artificial, con cada vez menos supervisión de especialistas en la materia, gestionará eficazmente la salud.

En consecuencia, el papel del médico disminuiría. Solo los programadores de máquinas, junto con los informáticos y los biólogos —que no serían médicos en el sentido tradicional— proporcionarían la información necesaria a las máquinas. En última instancia, las grandes compañías farmacéuticas, las aseguradoras y los proveedores de clínicas y hospitales, como parte de un paquete integrado, definirían la salud, la enfermedad y el tratamiento. El médico, tal como lo conocemos hoy, dejaría de existir.

Este sería el modelo postcapitalista definitivo, donde el Estado habría perdido su importancia y los gobernantes serían grandes conglomerados y corporaciones que poseerían, como en la Edad Media, las tierras bajo su control exclusivo. Hace unos años, la idea de un nuevo colapso de la civilización parecía descabellada, casi una fantasía catastrófica. Hoy, sin embargo, se ha convertido en una amenaza tangible. Si bien nada es irreversible, las señales alarmantes —la ruptura de las cadenas de suministro debido a conflictos geopolíticos, la imposición arbitraria de sanciones económicas por parte de las potencias mundiales, el costo exorbitante de los medicamentos y la creciente disponibilidad de tratamientos invasivos basados ​​en tecnologías ultra caras— apuntan a un futuro donde el acceso a la medicina moderna será un privilegio inalcanzable para muchos.

En este escenario, las medicinas tradicionales y las prácticas alternativas emergen no como un medio, sino como una necesidad para la supervivencia. De hecho, serán el último recurso para las comunidades aisladas, especialmente en regiones donde el colapso social y político ha dejado a las poblaciones fuera del alcance de los medicamentos y la tecnología de los países ricos.

Pero el problema no se limita al mundo en desarrollo. Incluso en potencias como Estados Unidos, el sistema de salud, basado en un modelo privado y excluyente, deja a millones de personas sin cobertura. Irónicamente, a pesar de su riqueza y avances científicos, este país exhibe peores indicadores que muchos otros países desarrollados: disminución de la esperanza de vida, altas tasas de mortalidad materna e infantil, aumento de las tasas de suicidio y de muertes evitables por falta de atención temprana.

Esta situación encarna una contradicción fatal: ni el presupuesto de investigación de un millonario ni los avances médicos garantizan el bienestar social cuando el sistema prioriza el lucro despiadado de unos pocos. Lejos de democratizar la atención médica, la globalización financiera ha concentrado los privilegios en una élite cada vez más pequeña, abandonando a su suerte a grandes segmentos de la población. La pregunta inevitable es: ¿estamos presenciando el ocaso de la medicina tal como la conocemos?

Quizás, pero no será el ocaso de la medicina científica en sí, sino del modelo social que la ha alimentado y explotado en beneficio propio, negando al mismo tiempo cualquier alternativa. El fracaso de este modelo socioeconómico dejará a millones de personas indefensas y sin los medios para combatir la enfermedad.

¿Qué podemos hacer, como médicos y profesionales de la salud en general? 

En primer lugar, debemos examinar los fundamentos éticos de nuestra práctica y analizar nuestras verdaderas responsabilidades y alcance.

En segundo lugar, debemos buscar medios sencillos y naturales que podamos emplear sin recurrir a un desarrollo excesivo cuando sea innecesario. El concepto de medicina integrativa y la aplicación de estos estudios complementarán adecuadamente, en algunos casos, y sustituirán a los fármacos en otros.

En tercer lugar, debemos abordar el aspecto psicológico de la enfermedad, es decir, descubrir los mecanismos mentales que pueden estar en la raíz de las conductas nocivas del paciente o de las que le generan sufrimiento. Lejos de la mentalidad del paciente o de recurrir a supuestos "antepasados" de la enfermedad actual, esta es más bien una psicología clásica, sana y natural que ayuda al paciente a superar sus debilidades.

En cuarto lugar, y no menos importante, el espíritu de esta nueva medicina debe reconectarse con el espíritu del médico, con la clara comprensión de que la medicina auténtica no puede implementarse si el médico continúa ignorando los aspectos espirituales y psicológicos del paciente y de sí mismo. En este caso, tampoco se trata de utilizar mecanismos religiosos o creencias específicas para tratar al paciente, ya que esto, además de ser perjudicial, contradice la independencia y el desarrollo espiritual tanto del médico como del paciente. Se trata, en cambio, de tener un sentido de unidad con uno mismo y con el paciente, porque esto es la religión auténtica: una re-conexión con la conciencia divina de uno mismo. Esto nos brinda otra perspectiva, otro sentimiento, otra humanidad inmaterial que nos permite abordar al ser humano a un nivel profundo.

Esta conexión con el alma también implica conectar con la naturaleza y sus poderes curativos. De ahí la necesidad de investigar los recursos naturales disponibles en la región donde vive el médico: estudiar el clima local, buscar aguas puras y sanadoras e integrar la nutrición tradicional con el conocimiento científico.

Necesitamos cambiar gradualmente el paradigma del médico que trata al médico que previene, que aconseja sobre la salud y la promueve.

En cada región, es necesario identificar, de forma gradual y constante, las plantas medicinales que se encuentran allí y sus efectos a diversos niveles. Se debe comenzar con pequeños estudios de las hierbas utilizadas por la población local desde la antigüedad, ya que estos son quizás remedios efectivos.

Es esencial estudiar sus efectos fisicoquímicos, sus componentes, etc., lo que nos guiará hacia su funcionamiento a un nivel más físico. Pero también debemos recopilar los mitos, leyendas y símbolos asociados a las plantas, ya que a veces contienen claves para usos específicos.

Algunos de los sistemas bioenergéticos que hemos heredado del pasado deben estudiarse, no superficialmente, sino en profundidad, porque contienen claves importantes para comprender el nivel bioenergético humano. Al mismo tiempo, alejándonos de las escuelas "homeopáticas" actuales, que han fallado en los sistemas de diagnóstico y en la búsqueda de los remedios homeopáticos adecuados para cada caso. Debemos examinar con nuevos ojos y considerar cuidadosamente la realidad detrás de esta ciencia, rastreando sus raíces hasta Pitágoras y redescubriendo las Leyes de Correspondencia que se encuentran en los textos de Paracelso, Agripa de Nettesheim y otros.

También debemos redescubrir la antigua medicina china, pero dejando atrás la "acupuntura" mecánica y sencilla para dolores y molestias, practicada tanto en Occidente como en el Oriente moderno, y en su lugar buscar las raíces profundas de la energía china, una de las formas más sofisticadas de medicina, cuyos elementos casi se han perdido. Son medicinas que contienen un profundo conocimiento del ser humano, pero que no tiene relación con la medicina china que se practica actualmente en la mayoría de las consultas.

Es un programa que puede parecer amplio, pero es un camino particular que debemos recorrer poco a poco y que nos ayudará a conectar con la naturaleza humana y con nosotros mismos.

Para algunos, estas recomendaciones pueden parecer fantásticas o poco realistas; Sin embargo, es un camino útil cuando todo lo demás falta, cuando los sistemas ya no pueden proporcionar a la gente medicamentos químicos sofisticados, por ser excesivamente caros. Por otro lado, al acercarnos a la naturaleza y a nuestra naturaleza interior, jamás podremos equivocarnos, porque no hay otro camino hacia la sabiduría médica que la verdadera interiorización en nosotros mismos, que nos permite ver más allá del espejo oscuro que oculta al hombre real.

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lunes, diciembre 1

El Liderazgo Neanderthal

 

Es invierno. Fuera de la cueva todo está cubierto de nieve. Los pequeños se refugian junto a su madre, bajo mantas de piel, en lo más profundo del refugio. Tras abrigarte con gruesas vestimentas, tomas el hacha y la lanza y, sin apenas mirar atrás, sales a enfrentarte a la naturaleza. Apartas el cabello desordenado que cae sobre tu frente y observas, hasta donde te alcanzan los ojos, el horizonte hostil. Allí está la comida; allí está la posibilidad de sobrevivir un día más, quizá unas lunas más. Pero también están los lobos, tan hambrientos como tú, los osos pardos —poderosos y peligrosos— y los precipicios sin fondo junto a los cuales tendrás que avanzar sin resbalar y caer en la sima profunda. El viento furioso puede dejarte helado en cuanto te detengas.

Tu presa, esos enormes mamuts, a pesar de su tamaño se mueven con agilidad; son astutos y peligrosos. La última vez, cuatro de los que integraban la partida resultaron heridos; tres murieron entre grandes dolores y congelados. Tú sobreviviste, pero te cuesta mover las piernas, y la herida persistente del brazo casi te impide levantar el hacha. Aun así, hay que sobrevivir a toda costa. Lanzas una última mirada triste hacia la cueva desde la distancia, porque presientes que no volverás...

... 

Dejemos por el momento a nuestro hombre primitivo en su lucha diaria. La pregunta es cómo pudimos sobrevivir y llegar hasta aquí, hasta el lugar preferente que ocupamos los seres humanos frente al resto de la naturaleza. La respuesta es que todo el potencial de nuestra mente se dirigió a prever el peligro, adelantarse a las dificultades, evitarlas, superarlas o inventar herramientas que nos ayudasen a vencer en la batalla diaria. En esa guerra interminable por la subsistencia desarrollamos un instinto “negativo”: una enorme capacidad para prever el desastre, detectar amenazas y analizar de antemano todos los factores en contra.

Y así hemos llegado hasta aquí, arrastrando con nosotros una mente temerosa, agresiva y pesimista, con un profundo miedo al fracaso y una gran falta de confianza. Esa mente nos fue muy útil, pero hoy se ha convertido en una carga pesada: somos el ser más avanzado del planeta y, sin embargo, somos incapaces de estar satisfechos, de ser felices, de confiar y de ver el lado positivo de las cosas.

Nunca se vendieron tantos libros de autoayuda que supuestamente nos harán más “positivos”; libros de autoafirmación, de autoconfianza, de asertividad; en definitiva, de superación de esa sensación incómoda que nos susurra que no estamos a la altura, que no somos lo suficientemente inteligentes, que fracasaremos, que no estamos preparados y que, aun esforzándonos, nada mejorará.

Es importante reconocer esta trampa instalada en nuestro interior. Es un fallo de “diseño”; o quizá un diseño obsoleto que ya no responde a nuestras necesidades. Para un hombre peludo y primitivo, ser positivo y confiado, vivir plenamente, compartir y amar a los demás habría significado su destrucción inmediata. El problema es que, aunque hoy podemos permitirnos esas cosas, el “peludito” sigue vivo dentro de nosotros. Aceptemos esta realidad.

Por eso, en los grupos humanos que se forman para una tarea, una empresa o cualquier proyecto, surge el dilema de escuchar al “peludín” o al “hippy amoroso”. ¿Qué liderazgo necesitamos?

El liderazgo “hippy amoroso y libertario” propone un “haz lo que quieras”, sé creativo, deja volar tu imaginación (sobre todo si va acompañada de algún porro). Este enfoque puede llevarnos a formar un bonito campamento hippy, anárquico y funcional solo mientras las mariposas vuelen, el cannabis abunde y el resto de la sociedad los siga proveyendo de lo que no producen. En definitiva, ignora la realidad del salvaje tirano que llevamos dentro.

En el polo opuesto está el liderazgo neandertal. La tremenda inseguridad, ignorancia y desconfianza del “peludo interior” nos hace comportarnos como neandertales: no se admiten réplicas ni aportaciones; las órdenes se cumplen a rajatabla; cualquier sugerencia se interpreta como un ataque personal o una falta de respeto. Es el “yo mando, tú obedeces”.

Pero entre ambos extremos existe un liderazgo más natural: el basado en la confianza propia, en haber superado los miedos e inseguridades del mono peludo y también la ingenuidad alegre —y a veces cínica— del hippy. Necesitamos un liderazgo realmente humano y participativo. Humano porque el líder se entiende a sí mismo y, por ello, entiende a los demás; y participativo no en el sentido de “democrático”, pues lo que suele llamarse liderazgo democrático tiende a convertirse en un gallinero agresivo. Participativo significa respetar a todos, incluso al más nuevo e ignorante del grupo, y demostrar ese respeto escuchando y valorando cada aporte útil.

Decía el sabio egipcio Ptahotep:

No te vanaglories de tu conocimiento,
ni te enorgullezcas por ser un sabio.
Toma consejo del ignorante
del mismo modo que del sabio,
pues no se han alcanzado los límites del arte,
ni existe un artesano que haya alcanzado la perfección.

Y después de escuchar con respeto, sin sentirse ofendido por opiniones distintas, el líder decide —porque debe decidir—, pero todos se sentirán partícipes, especialmente si ha tenido la delicadeza de explicar el porqué y para qué de cada acción. En el momento adecuado, hay que incluir a los demás en el plan general y compartir la ilusión de construir algo juntos.

Entonces todos se sentirán parte del proyecto: unos barrerán las escaleras, otros atenderán el teléfono, otros mapearán el proyecto en la oficina, otros entrenarán a los demás, pero TODOS —del primero al último— se sentirán parte del mismo esfuerzo. Y tendrán la alegría de encontrarse cada día sabiendo que TRABAJAMOS JUNTOS. Y entonces quizá no solo habrá empleados, directivos, consejeros y jefecitos, sino también, y sobre todo, armonía y hasta amor entre todos.

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