Si bien muchas de las figuras de los médicos sabios de la India permanecen en la semioscuridad de la Historia, en el caso que nos ocupa, el médico real Jīvaka, hay pocas dudas sobre su biografía.
No solo desarrolló su práctica al lado del rey Bimbisara, sino que atendió al propio Buda, convirtiéndose en su médico personal. Nació en Rajgir; se dice que era el resultado de la unión ilegítima de Salvati, una cortesana, y del propio rey Bimbisara, aunque, según otros relatos, el padre habría sido el príncipe Abhaya.
Salvati abandonó a su hijo inmediatamente después de nacer y lo dejó en manos de una sirviente, quien arrojó la cesta que lo contenía a las puertas del palacio real. Cuando fue encontrado, informaron inmediatamente al príncipe Abhaya, quien, al comprobar que todavía estaba vivo, ordenó que fuera puesto al cuidado de las mujeres del palacio.
Se le dio el nombre de Jīvaka, que significaba «vivía». Todavía muy joven, apenas un adolescente, decidió estudiar medicina y, sin que nadie lo supiera, abandonó el palacio para dirigirse a Taxila (Peshawar), una gran universidad de la época en la que se decía que se congregaban más de 10.000 estudiantes.
Takshasila, tal como los griegos la llamaron, estaba situada en el noroeste de la India. Su nombre aparece incluso mencionado en el Ramayana y en otros Puranas, y constituyó uno de los focos de esplendor de la cultura india. Su posición privilegiada, a los pies del Hindukush y de los Himalayas, la convirtió no solo en un importante puesto de intercambio comercial, sino también en un centro de estudios de gran importancia. Se dice que el rishi Atreya enseñó allí, así como Panini, el gran sanscritista y gramático, y el famoso médico Charaka.
LA CUALIDAD DE LA OBSERVACIÓN Y LA DEDUCCIÓN
La despierta inteligencia de Jīvaka, de la que tenemos noticias a través de un gran número de anécdotas, pudo desarrollarse en aquel ambiente hasta sus límites.
Se cuenta, en relación con su habilidad para la observación y el razonamiento, que en cierta ocasión un grupo de estudiantes observó las huellas de un elefante en medio del camino que transitaban. Jīvaka, que formaba parte del grupo, comentó entonces:
«Ciertamente, estas son las huellas de los pasos de un elefante, y aún puedo decir algo más: de un elefante hembra, ciega de su ojo derecho y a punto de dar a luz».
Ante la duda de los demás, no solo reafirmó lo que había dicho, sino que además añadió que una mujer montaba el elefante y que ella también estaba ciega del ojo derecho y se encontraba en estado de buena esperanza.
A su vuelta, los estudiantes le contaron al profesor lo que Jīvaka había dicho y, al ser preguntado, Jīvaka dio la siguiente explicación:
«Yo fui criado en palacio, por lo tanto, conozco bien que las huellas de un elefante macho son redondas y las de un elefante hembra son oblongas. El elefante comía en el camino solo de las hojas del lado izquierdo, porque no podía ver las del lado derecho. Estaba embarazada porque presionaba con más fuerza en el lado derecho con sus pies.
»Acerca de la conductora del elefante, se pueden ver sus pasos cuando descendió del mismo. Recogía flores solo del lado izquierdo y sus talones se marcaban fuertemente, por lo que deduzco que también era ciega del ojo derecho y que estaba embarazada. Señor, si no me cree, mande a alguien al lugar para saber la verdad».
Las deducciones de Jīvaka fueron ciertas.
NO HAY LÍMITES AL CONOCIMIENTO
Después de siete años, finalizó sus estudios en Taxila. Se dice que el joven estudiante había asimilado todos los conocimientos y, aun así, no veía que hubiese un final para ellos. Preguntó, pues, a su profesor:
«Señor, he estudiado durante los últimos siete años y, aun así, ¿no hay final para este estudio?».
El profesor, entendiendo su problema, le dijo:
«Hijo mío, todavía hay una prueba más que tendrás que pasar antes de ir al mundo a practicar la medicina. Tendrás que recorrer veinte kilómetros en cada dirección desde Taxila y traerme algo que no sirva como remedio para la medicina».
Jīvaka empleó más de un mes en aquella tarea. Al final, regresó con las manos vacías y le dijo a su profesor:
«Señor, no pude encontrar nada».
Su profesor aprobó lo que había hecho y lo envió de vuelta a su casa para que comenzara su carrera médica. Incluso se dice que le dio algún dinero para el viaje, aunque parece ser que dicha cantidad no fue suficiente, pues en cierto momento se encontró en mitad de su viaje y sin fondos.
Y como no hay mejor aliciente para el ingenio que el hambre, Jīvaka buscó la forma de utilizar sus habilidades. Había oído decir que cierta señora muy rica de la ciudad de Saket sufría de indecibles dolores de cabeza desde hacía varios años y que ningún médico había conseguido curarla.
Sin dilación, mandó informar, por medio de sus sirvientes, de su presencia, pero la señora, desconfiando de lo que un joven médico pudiera ofrecerle, rechazó recibirlo. Jīvaka insistió y propuso curarla sin recibir nada a cambio de sus servicios. Si tenía éxito, la señora podría pagarle con lo que ella quisiera.
Finalmente, ella aceptó. Jīvaka preparó con grasa y ciertas hierbas hervidas un líquido que administró a la paciente a través de la nariz. El líquido fue expulsado por la boca, la señora fue curada y le dio a Jīvaka no solo una buena cantidad de dinero, sino también un sirviente y un coche con un caballo.
De esta suerte, regresó de nuevo a Rajgir, ofreciendo sus ganancias al príncipe como pago por haber sido criado en palacio. El príncipe rechazó la oferta y le pidió que se quedase a practicar en la corte.
Poco tiempo después, el rey Bimbisara, quien padecía de una fístula crónica que sangraba ocasionalmente, pidió sus servicios. Jīvaka consiguió curar la fístula con la simple aplicación de un ungüento. El rey lo recompensó haciéndole médico real y médico de la fraternidad de los monjes budistas, además de médico personal de Buda.
TODO SIRVE EN MEDICINA
Se dice que en Vaisali había un hombre que sufría un intenso dolor en el oído, producido por un ciempiés que había penetrado en su interior y había hecho allí su nido.
Jīvaka pidió al hombre que construyera una cabaña hecha de follaje, pusiera una alfombra azul en medio de ella, colocara un tambor y calentara la habitación. Cuando todo ello estuvo dispuesto, Jīvaka mandó al hombre que se echara en el interior. Luego roció con agua el suelo e hizo sonar el tambor, como se acostumbraba en las fiestas durante la época de las cosechas.
El ciempiés creyó que el verano había llegado y se asomó hacia afuera del oído. Entonces Jīvaka colocó cerca de la oreja un pedacito de carne. El insecto volvió a entrar y después salió de nuevo, trayendo consigo a sus crías para alimentarlas. Así fue como el hombre fue curado.
CONVENCER AL PACIENTE PARA SEGUIR EL TRATAMIENTO
Otra famosa historia nos recuerda la importancia no solo de aplicar el tratamiento correcto, sino también de conseguir que el enfermo lo siga fielmente.
Había un hombre muy rico en Rajgir que sufría de fuertes dolores de cabeza desde hacía largo tiempo.
El médico que lo atendía dijo que moriría en siete días y que no había esperanza de curación. El enfermo era apreciado en la corte, porque había prestado muy buenos servicios tanto al pueblo como al rey. Así que, cuando la historia llegó a oídos del rey, este ordenó a Jīvaka que fuese a atenderlo.
Cuando Jīvaka llegó a la casa del enfermo, lo examinó cuidadosamente y, después de pensar detenidamente, le dijo:
«¿Qué me darás si te curo?».
El hombre le contestó:
«Señor, todo lo que poseo será vuestro y también seré vuestro esclavo».
Jīvaka entonces dijo:
«Bien, ¿serás capaz de permanecer echado sobre un costado durante siete meses?».
El hombre asintió.
Jīvaka le preguntó otra vez:
«¿Serás capaz de permanecer echado sobre el otro lado durante otros siete meses y luego sobre tu espalda durante siete meses más?».
El hombre contestó afirmativamente.
Entonces Jīvaka le pidió que se extendiera sobre la cama y lo ató fuertemente a ella. A continuación, procedió a hacer una incisión en la piel de la cabeza y finalmente extrajo dos gusanos.
Después de terminar la operación, Jīvaka dijo que los médicos que lo habían atendido anteriormente estaban en lo cierto: los gusanos le habrían matado en pocos días.
Después de aquello, el hombre permaneció echado sobre un lado durante siete días, hasta que finalmente le dijo a Jīvaka:
«Señor, no puedo permanecer sobre un lado más tiempo».
Jīvaka le dijo:
«Pero tú me lo prometiste».
Entonces el hombre dijo:
«Cierto, pero no puedo mantener la promesa por más tiempo».
Jīvaka sonrió y dijo:
«Bueno, está bien. Si no te hubiera instruido de la forma en que lo hice, entonces no hubieras sido capaz de permanecer sobre un lado ni siquiera durante siete días».

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