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martes, septiembre 15

La Isla Sagrada II - el Axis Mundi

 

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La Isla Sagrada II

Su evolución histórica y conceptual

En el trabajo precedente hemos intentado ubicar, siguiendo los datos geológicos y paleontológicos, la posible situación de la Prima Terra Vera, el primer lugar donde aparecieron las primeras razas, según las leyendas, del desarrollo prehumano.

El concepto de Isla Imperecedera se confunde en las narrativas existentes con el de la Isla Sagrada. No obstante, aunque en su esencia simbólica serían lo mismo, como realidad actual son diferentes. Esta es una clave fundamental para construir un relato aceptable sobre estas tradiciones.

La Isla Sagrada como símbolo

La «Isla» es el «primer lugar», la primera expresión, el punto en el círculo, el comienzo, adonde todo confluye y de donde todo parte. Es el Centro Primordial: la isla aislada y, al mismo tiempo, conectada, porque es donde confluyen lo visible y lo invisible. Para los antiguos egipcios era la primera Tierra Seca en medio de las Aguas Primordiales del Nun.

La búsqueda del Centro, aunque simbólica y universal, es al mismo tiempo una necesidad vital individual, sentida como búsqueda de la esencia de nuestro ser.

Conforma un verdadero arquetipo. Así, cuando, a la manera platónica, distinguimos cuatro Arquetipos fundamentales, que se corresponden respectivamente con:

  • Justicia: la organización interna del ser humano que le permite ser justo y, en lo externo, la expresión justa de la sociedad.

  • Verdad: la ciencia en la naturaleza y el conocimiento real de las esencias en lo espiritual.

  • Bien: es lo mejor, la dirección que deben seguir nuestros actos y que confluye en la dirección evolutiva de todo el universo.

  • Belleza: la contemplación directa de esos mismos arquetipos señalados más arriba y la percepción de sus infinitas formas manifestadas en el mundo.

El Centro resulta ser el Arquetipo Supremo, la Fuente de los Arquetipos, el Eje de los Arquetipos.

Ya se trate del Centro de Poder Justo en las sociedades humanas o simplemente del Centro Místico del Ser, encontrado en uno mismo, es, en todo caso, el comienzo de todo y el fin último.

Así, inspirados por el Arquetipo Centro, buscamos incesantemente el centro de nuestro ser y, al mismo tiempo, iniciamos, como todos los peregrinos, la búsqueda iniciática del centro sagrado.

Mircea Eliade, filósofo rumano, elaboró este concepto a través de su interpretación de la experiencia religiosa histórica. Desde su punto de vista, el ser humano busca el contacto con la experiencia sobrenatural, y es a partir de ella que se elabora la base de la religión.

Ese lugar de unión con lo sagrado contrasta con todo lo demás, lo profano. El espacio sagrado es donde se realiza el contacto, donde se vive la experiencia radical; el espacio profano es donde transcurre la vida común. Desde su concepción, afirma que los rituales y la memoria repetida de los mitos reconstruyen la experiencia sobrenatural y permiten la participación extratemporal de los creyentes.

Mircea Eliade concibe el Centro como el lugar sagrado por excelencia. Este Centro lo es en una doble dimensión: horizontal, allá donde afluyen los creyentes, y vertical, donde el Cielo conecta con la Tierra y, aún más, con el Infierno.

Este Centro organiza también el Tiempo, tal como explica en sus obras Imágenes y símbolos y El mito del eterno retorno. Las cosas se suceden: las estaciones, los momentos sagrados dentro del universo particular de cada pueblo o civilización, cuyos mitos fundacionales hacen surgir del caos profano el mundo organizado, el microcosmos organizado alrededor del Centro, evolucionando a través del tiempo, repitiéndose indefinidamente, como una espiral que crece y avanza, pero con puntos comunes por los que pasa en su camino.

Mircea Eliade define una serie de símbolos fundamentales tradicionales: el Axis Mundi o Eje del Mundo, la Montaña Sagrada, el Árbol de la Vida, etc.

Cada templo, cada lugar sagrado que el hombre construye, intenta reproducir ese Eje del Mundo, y sus ceremonias repiten también los momentos míticos de la fundación, lo que explica la «nostalgia del origen», del momento dorado en que mágicamente todo el futuro se engendró.

Así, la Tierra Imperecedera, de la que hablamos en momentos anteriores, posee una cualidad especial: a diferencia de las masas continentales sujetas a cataclismos geológicos, esta región permanece inalterable desde el inicio del Manvántara hasta el fin del Manvántara. Es el núcleo axial que sostiene la estructura de la realidad.

Sin embargo, a pesar de ser la cuna del primer hombre, sin compartir el destino de los demás continentes, siendo al mismo tiempo la morada del último mortal divino, según H. P. Blavatsky, esta concepción no puede corresponder con una descripción puramente geológica, sino que también es simbólica (ver más adelante, «La Isla Sagrada como lugar»), pues afirma que persiste hasta el final del Manvántara, es decir, 306.720.000 años humanos.

Ahora bien, la Ciencia explica que la Tierra tiene una antigüedad de 4.540 millones de años, con un margen de error del 1 %. Es decir, suponiendo que la Tierra «renaciera» o se «recreara» en la misma órbita que ocupa ahora, en un Manvántara habría al menos unas 60.000 recreaciones de la Tierra.

Expongo estas cifras, exorbitantes, para que entendamos que ciertas tradiciones tienen un componente simbólico y que no deben ser tomadas al pie de la letra de ninguna manera. A menos que exista otra explicación.

Por ejemplo, si la Isla Sagrada, es decir, el Centro Sagrado, al igual que hemos afirmado que se encuentra en algún «lugar» mítico y que también se encuentra en el interior de cada ser humano, entonces podríamos afirmar también que el Centro Sagrado es el Centro Sagrado del Universo entero. Sería tan antiguo como la misma manifestación del Universo, desde su comienzo hasta su final.

Las diversas tradiciones han asignado un centro mítico-religioso a ciertas ciudades o templos (por ejemplo, Jerusalén), y también han atribuido esa cualidad a ciertas configuraciones celestes, como el Polo, la Osa Mayor y la Osa Menor, tanto en Egipto como en China, etc. Las Pléyades, situadas en la dirección de la constelación de Tauro, serían otro Centro especial. Para los egipcios, la estrella Sirio fue otro centro fundamental alrededor del cual imaginaban que nuestro Sol rotaba.

Blavatsky, en su Doctrina Secreta, refiere la existencia de siete centros en el Universo, cada uno de ellos más elevado y en correspondencia con los principios humanos septenarios.

Pero antes de adentrarnos en diversas formas de Islas Sagradas o Centros más elaboradas, convendría observar la siguiente tabla:

Tabla comparativa de las representaciones del Centro Sagrado

Continuará

Monte Meru, Dvipas, Extensión de la Cuerda, Seshat, Atum, la Colina Primordial


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