EL INFIERNO EN EL QUE VIVIMOS
El mundo, hasta donde alcanza nuestra memoria, ha sido un campo de batalla casi ininterrumpido, un escenario de conflicto permanente en el que los períodos de paz entre guerras parecen ser poco más que el tiempo necesario para preparar la siguiente. ¿Es esta la condición normal de la humanidad o se trata simplemente de una sucesión de episodios excepcionales?
Basta con echar un vistazo a los libros de historia para comprobar, con cierta sorpresa, que esa situación ha sido, precisamente, la norma. Solía comentar entre mis conocidos que resultaba extraordinario que España hubiera disfrutado de tantas décadas sin una guerra en su propio territorio, porque prácticamente no existe generación que no haya conocido alguna. Y cuando no es la guerra, parece que la humanidad siempre encuentra otra calamidad con la que atormentarse: epidemias, hambrunas, terremotos, cólera, COVID o cualquier otra desgracia colectiva.
Existe una serie de televisión titulada The Good Place. En ella, un grupo de personas despierta en lo que parece ser un vecindario perfecto, diseñado como un paraíso hecho a la medida de cada uno. Sin embargo, poco a poco descubren que no se encuentran en el cielo, sino en una versión extraordinariamente sofisticada del infierno, donde los habitantes se torturan mutuamente mediante conflictos psicológicos cuidadosamente planificados.
Tras su muerte, Eleanor Shellstrop, la protagonista, es recibida por Michael en «el Lado Bueno». Michael se presenta como un arquitecto inmortal que ha diseñado una comunidad ideal para aquellos que merecían la felicidad eterna. Pero, lentamente, la realidad se impone: todos ellos se encuentran, en realidad, en las calderas de «Pedro Botero», es decir, en el auténtico infierno.
Y entonces surge una pregunta inevitable:
¿Dónde crees que estamos ahora?
En numerosas civilizaciones, mitologías y tradiciones religiosas aparece la idea de un mundo de sufrimiento, con distintos grados de dolor y tormento. A veces se representa como un reino subterráneo o paralelo, un «inframundo». Entre los antiguos egipcios era la Duat, donde la barca de Ra, el dios solar, recorría cada noche un río subterráneo enfrentándose a innumerables fuerzas hostiles, entre ellas la gigantesca serpiente Apep, símbolo del caos y del mal en todas sus manifestaciones.
Los griegos concebían el Hades como un lugar donde las almas vagaban desorientadas, privadas de un propósito claro y de verdadera comprensión.
El budismo describe seis grandes reinos de existencia en los que puede renacer un ser tras la muerte. Ninguno de ellos está completamente libre del sufrimiento. Todos permanecen sometidos, en mayor o menor medida, al deseo, al apego, a las pasiones o a la ignorancia. Incluso existen los llamados «fantasmas hambrientos», seres consumidos por un deseo perpetuamente insatisfecho, así como estados infernales reservados a quienes han generado un karma extremadamente negativo.
El cristianismo, además del infierno propiamente dicho, reconoce estados intermedios como el purgatorio, donde el alma todavía puede purificarse antes de alcanzar la redención definitiva. Durante siglos también se habló del limbo, una condición que, en ciertos aspectos, recuerda al estado de inconsciencia descrito por los antiguos griegos.
Si despojamos todas estas tradiciones de sus elementos estrictamente religiosos —algunos surgidos como instrumentos pedagógicos o incluso de control social, otros como intentos de explicar lo desconocido— descubrimos que todas parecen describir una misma realidad psicológica y espiritual. Es el mismo principio que aparece representado en The Good Place: un «lugar no tan malo» y, a la vez, un «lugar realmente malo»; distintas versiones de un mismo escenario donde el sufrimiento nace, sobre todo, del estado de conciencia de quienes lo habitan.
Quizá, en realidad, todas estas narraciones estén hablando de este mismo mundo.
Porque no existe un infierno más evidente que aquel en el que vivimos cuando permanecemos dominados por la ignorancia, el deseo, el miedo y el egoísmo. Y este mismo mundo funciona también como un purgatorio: un lugar donde aprendemos, sufrimos las consecuencias de nuestros actos y tenemos la oportunidad de transformarnos. Dependiendo del karma que cada uno haya acumulado y de la actitud con la que afrontemos la existencia, la Tierra puede convertirse para unos en un auténtico infierno, para otros en un purgatorio y, en ocasiones, incluso en un verdadero paraíso.
Nuestro hogar no es un lugar absolutamente terrible, aunque a veces lo parezca. Tampoco es un mundo perfecto. Es, sobre todo, un inmenso campo de aprendizaje donde existen innumerables oportunidades para crecer y evolucionar.
Pero ese aprendizaje está lleno de trampas.
Ante todo, somos una conciencia que piensa, interpreta y elige. Si comprendemos esto, podremos relacionar nuestra estancia en el mundo con las tres Salas descritas en La Voz del Silencio:
«Tres salas, viajero cansado, conducen al fin del sufrimiento. Tres salas, conquistador de la ilusión, te guían a través de tres etapas de crecimiento hacia una cuarta, y luego más allá, hacia los siete mundos de paz eterna.
Si deseas conocer sus nombres, escucha atentamente y recuérdalos.
La primera es la Sala de la Ignorancia.
Es la sala donde viste por primera vez la luz de la vida; donde ahora habitas y donde, finalmente, morirás.
La segunda es la Sala del Aprendizaje.
Allí tu alma descubre las flores de la vida, pero bajo cada flor se oculta una serpiente.
La tercera es la Sala de la Sabiduría.
Más allá de ella se extienden las aguas infinitas de Akshara, la fuente imperecedera de todo conocimiento.
Esta enseñanza es extraordinariamente profunda. El mundo de Maya —el mundo de las apariencias, de las ideologías enfrentadas, de los debates interminables y de los conflictos sociales y políticos— posee una enorme capacidad para absorber nuestra atención. Despertar significa aprender a contemplarnos a nosotros mismos y a la realidad desde una perspectiva mucho más amplia.
El simbolismo cumple precisamente esa función: despertar en la mente la capacidad de interpretar el mundo, mirar más allá de las apariencias y descubrir niveles de significado que permanecen ocultos para una visión superficial.
Sin embargo, como advierte La Voz del Silencio, la Sala del Aprendizaje es probablemente la más peligrosa. ¿Cuántos de nosotros permanecemos atrapados durante años en pequeños círculos donde, con el pretexto de ayudar a la humanidad, terminamos sacrificando nuestra libertad y nuestra dignidad para convertirnos en seguidores de otros, esperando unas enseñanzas que nunca llegan? ¿Cuántas veces creemos haber descubierto un gran misterio y nos dejamos seducir por el orgullo, convencidos de ser especiales porque alguien nos ha concedido el papel de «maestrillo»?
Esa es, precisamente, la serpiente que se esconde bajo las flores.
Sí, el mundo que nos rodea suele ser duro y, siempre que esté en nuestra mano, debemos aliviar el sufrimiento ajeno. Pero cuando las circunstancias escapan completamente a nuestro control, una de las formas más profundas de servir a la humanidad consiste en trabajar sobre nosotros mismos.
Aprender, desarrollar la sabiduría, fortalecer el carácter y conquistar una auténtica libertad interior nos convierte en personas capaces de ejercer una influencia mucho más beneficiosa sobre quienes nos rodean. Solo quien verdaderamente crece puede ayudar a otros a elevarse.
Porque la mejor manera de sacar a alguien del infierno es haber aprendido, antes, a salir del propio.
